A la fuerza del deseo

Capítulo 15: Terreno Peligroso

El beso no terminó cuando se separaron.

Terminó cuando la realidad volvió a golpearles al mismo tiempo.

Valeria fue la primera en reaccionar. Se apartó un paso, respirando hondo, como si necesitara aire nuevo.

—Tenemos que ser inteligentes —dijo—. Esto… no puede ser público.

Damián asintió despacio.

—Lo sé.

—No por vergüenza —añadió ella—. Por el proyecto. Por todo lo que está en juego.

—Y porque todavía no sabemos qué somos —completó él.

Valeria lo miró, agradecida por no romantizarlo.

—Exacto.

Acordaron lo mínimo indispensable: profesionalismo absoluto en público, distancia medida, nada que pudiera levantar sospechas. Un pacto frágil, sostenido más por necesidad que por convicción.

Porque ambos sabían que el problema no era ocultarlo.

El problema era contenerlo.

Los días siguientes fueron un ejercicio constante de autocontrol.

Reuniones largas donde evitaban mirarse demasiado. Correos estrictamente formales. Bromas inexistentes. Todo correcto.

Demasiado correcto.

Pero en los pasillos, en los silencios compartidos, en los mensajes que no enviaban… algo vibraba.

Valeria se sorprendió pensando en Damián en momentos absurdos: al servirse café, al corregir un informe, al escuchar una canción cualquiera. No era distracción; era presencia.

Y eso la inquietaba.

El error ocurrió una tarde lluviosa.

La oficina estaba casi vacía cuando Valeria entró a la sala de archivos. Damián ya estaba allí, revisando carpetas.

—No sabía que seguías aquí —dijo ella.

—Tampoco yo —respondió él—. Hasta que vi luz.

Sonrieron. Una sonrisa pequeña, peligrosa.

—Cinco minutos —dijo Valeria—. Luego me voy.

—Cinco —repitió él.

No hicieron nada indebido. No se tocaron. No se besaron.

Solo se quedaron demasiado cerca.

—No pensé que sería así —confesó Damián en voz baja—. Esto de tenerte cerca y no poder…

—Yo tampoco —admitió Valeria—. Me cuesta más de lo que esperaba.

Damián levantó la mano, dudó… y la bajó.

—Lo estamos haciendo bien —dijo—. Aunque duela un poco.

Valeria asintió.

Y entonces la puerta se abrió.

—Ah… —dijo una voz conocida—. Perdón.

Lucía.

El silencio fue inmediato.

—No pasa nada —añadió ella, observándolos con atención—. No sabía que la sala estaba ocupada.

Valeria dio un paso atrás, marcando distancia.

—Ya nos íbamos —dijo.

Lucía sonrió. Pero no era una sonrisa amable.

—Claro —respondió—. Solo buscaba unos documentos.

Su mirada pasó de Valeria a Damián. Se detuvo un segundo más de lo necesario.

—Interesante —añadió—. No sabía que trabajaban tan… cerca.

Damián no dijo nada.

Valeria sostuvo la mirada de Lucía.

—Es trabajo.

Lucía inclinó la cabeza.

—Por supuesto.

Cuando salió, el aire quedó pesado.

—Nos vio —dijo Valeria.

—Nos notó —corrigió Damián—. Y eso es peor.

Valeria cerró los ojos un instante.

—Esto se va a complicar.

—Sí —respondió él—. Y Lucía no juega para perder.

Se miraron, conscientes de que el secreto acababa de volverse frágil.

Muy frágil.

Y que, a partir de ahora, cada gesto tendría consecuencias.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.