El silencio entre nosotros era más peligroso que cualquier discusión.
No era un silencio cómodo, ni uno de esos que se apoyan en la confianza. Era denso. Cargado. Como si cada respiración pudiera detonar algo que llevábamos semanas evitando nombrar.
—No deberías estar aquí —dije, sin mirarlo.
Estaba apoyada contra la barra de la cocina, con los brazos cruzados, fingiendo una firmeza que no sentía. Lo escuché moverse detrás de mí. No se acercó de inmediato. Eso fue peor.
—Tú me llamaste —respondió al fin.
Cerré los ojos.
Sí. Yo lo había hecho. A medianoche. Sin pensar. O pensando demasiado.
Me giré despacio. Ahí estaba: cansado, con la camisa arrugada, el gesto duro… y esos ojos que siempre parecían leerme incluso cuando yo misma no sabía qué sentía.
—Fue un error.
Una sonrisa breve, amarga, cruzó su rostro.
—No —dijo—. Los errores no duelen así.
El aire se volvió más estrecho. Sentí el latido en la garganta, en las sienes, en ese punto exacto del pecho donde él siempre lograba tocar algo que nadie más alcanzaba.
—Esto no puede seguir —continué—. Trabajamos juntos. Nos odiamos la mitad del tiempo. Competimos. Nos lastimamos.
—Y la otra mitad… —dio un paso hacia mí— fingimos que no nos importa.
Ahí estaba. La verdad, dicha sin levantar la voz.
—No finjas que no sientes nada —añadió—. No conmigo.
Mi orgullo quiso reaccionar. Mi cabeza también. Pero el cuerpo… el cuerpo ya había perdido la batalla.
—Siento demasiadas cosas —admití en un susurro—. Y eso es exactamente el problema.
Estaba tan cerca ahora que podía sentir su calor. No me tocó. No todavía. Esa contención era casi cruel.
—Entonces dime que me vaya —dijo—. Mírame a los ojos y dime que no quieres esto.
Lo miré.
Y fue como mirarme en un espejo que no mentía.
No lo hice.
Su mano rozó la mía. Solo eso. Un contacto mínimo, pero suficiente para que todo lo que habíamos contenido durante meses se incendiara bajo la piel.
—Si cruzamos esta línea —murmuré— no hay vuelta atrás.
—Nunca la hubo —respondió—. Solo tardamos en aceptarlo.
No hubo beso. No todavía. Pero cuando apoyó su frente contra la mía, cuando respiramos el mismo aire, entendí algo con una claridad que me asustó:
Ya no éramos enemigos.
Y eso daba mucho más miedo que el odio.
Porque ahora, perderlo… sería perderlo todo.
#1809 en Otros
#368 en Joven Adulto
enemiestolover, rivalidades enemiestolovers, enemigos y romance
Editado: 31.01.2026