El silencio volvió a instalarse, pero esta vez no era hostil.
Era expectante.
Seguíamos así, frente con frente, respirando el mismo aire, como si el mundo hubiera reducido su tamaño hasta caber entre nuestros cuerpos. No sabía quién de los dos se movió primero, solo supe que de pronto su mano estaba en mi cintura, no apretando, no reclamando… solo ahí. Presente.
—Esto es una mala idea —dije, casi sin voz.
—Sí —respondió.
No se apartó.
Ese fue el problema.
Cerré los ojos un segundo, intentando recordar todas las razones por las que debía detenerlo: el trabajo, Lucía, el riesgo, el futuro. Pero cuando los abrí, lo único que vi fue a Damián mirándome como si yo fuera la única decisión que no estaba dispuesto a negociar.
—No voy a tocarte si no quieres —dijo—. Pero no me pidas que finja que no siento esto.
Mi respiración se volvió irregular. No por miedo. Por reconocimiento.
—Tengo miedo de que esto nos destruya —confesé.
Su pulgar se movió apenas, un roce mínimo sobre mi costado.
—A mí me asusta más que no lo intentemos.
Me aparté un poco, lo suficiente para pensar. Para no perderme del todo. Él respetó la distancia sin reclamarla, y eso hizo que doliera más.
—Si alguien se entera… —empecé.
—No vamos a hacer nada que nos exponga —me interrumpió—. Ni hoy. Ni ahora.
Asentí, agradecida por ese límite que él mismo estaba marcando, aunque nos costara.
Nos sentamos en el sofá, dejando un espacio prudente entre los dos. Ridículo, considerando lo que acababa de pasar, pero necesario. Mis manos temblaban ligeramente. Las escondí entre las piernas.
—Odiarte era más fácil —dije, intentando sonreír.
Damián soltó una risa baja.
—Extraño eso también —admitió—. Al menos entonces sabía dónde estaba parado.
Lo miré de reojo.
—Ahora estamos en terreno desconocido.
—Pero juntos.
Esa palabra se quedó flotando entre nosotros.
No hubo besos. No hubo promesas. Solo miradas largas, confesiones pequeñas y una cercanía que ya no podía deshacerse.
Cuando se levantó para irse, lo acompañé hasta la puerta.
—Damián —lo llamé antes de que saliera.
Se giró.
—Esto no significa que mañana vaya a ser fácil.
—Nunca lo es contigo —respondió—. Y aun así…
Esperó.
—Aquí estoy.
Lo vi irse sabiendo algo con una certeza peligrosa:
habíamos elegido sentir.
Y eso, tarde o temprano, iba a exigirnos un precio.
#1809 en Otros
#368 en Joven Adulto
enemiestolover, rivalidades enemiestolovers, enemigos y romance
Editado: 31.01.2026