Valeria no volvió a casa esa noche.
Condujo sin música, sin rumbo, hasta que terminó frente a un bar pequeño, escondido entre luces tenues y ruido ajeno. Un lugar donde nadie la conocía. Donde no tenía que ser la jefa, la estratega, la mujer que siempre tenía el control.
Pidió un whisky.
Luego otro.
No estaba huyendo de Damián.
Estaba huyendo de sí misma.
Cuando su celular vibró, no necesitó mirar la pantalla para saber quién era.
Damián.
No respondió.
Minutos después, volvió a vibrar.
No sé si esto es un error, pero necesito verte.
Valeria cerró los ojos. El orgullo le gritaba que no fuera. El miedo le pedía que se quedara. El deseo… el deseo no pidió permiso.
Salió del bar.
Cuando llegó al departamento de Damián, él ya la estaba esperando. Como si supiera que iba a ir.
No hubo reproches.
No hubo discursos.
Solo una mirada cargada de todo lo que se habían negado.
—No podemos seguir haciendo esto —dijo él, apenas.
—Entonces no sigamos —respondió ella—. Hagámoslo bien… o rompámoslo de una vez.
Damián dio un paso hacia ella.
—Di la verdad —murmuró—. Solo una.
Valeria tragó saliva.
—Tengo miedo de perderte.
Eso fue suficiente.
La besó con rabia contenida, con necesidad, con años de tensión acumulada. No fue tierno. Fue urgente. Como si el tiempo se estuviera acabando.
Entre besos y respiraciones agitadas, Valeria entendió algo peligroso:
Esto no era una noche impulsiva.
Era una rendición.
Cuando despertó, la luz del amanecer entraba por la ventana. Damián dormía a su lado, el brazo pesado sobre su cintura, como si temiera que desapareciera.
Por primera vez, no quiso irse.
Pero su celular vibró.
Un correo.
Asunto: Reestructuración interna.
Valeria lo abrió… y palideció.
El documento era claro.
Uno de los dos debía irse del proyecto.
Y la decisión…
era suya.
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Editado: 31.01.2026