Valeria no durmió esa noche.
Releyó el correo una y otra vez, como si las palabras fueran a cambiar. No lo hicieron. Seguía ahí, implacable: uno debía salir. El proyecto no admitía vínculos. No admitía dudas.
A la mañana siguiente, antes de llegar a la oficina, recibió una llamada inesperada.
—¿Valeria Ríos? —preguntó una voz masculina, firme—. Habla Sebastián Ibarra, del corporativo central.
Su estómago se contrajo.
—Sí, soy yo.
—Necesitamos vernos hoy. Es urgente. Preferiblemente… a solas.
Eso nunca era buena señal.
La reunión no fue en la oficina. Fue en un restaurante elegante, neutral. Territorio ajeno.
Sebastián fue directo.
—Sabemos de su relación con Damián —dijo sin rodeos.
Valeria no intentó negarlo.
—No ha afectado el rendimiento del proyecto.
—No aún —respondió él—. Pero afecta la percepción. Y este proyecto es la antesala de algo más grande.
Valeria levantó la vista.
—¿Más grande?
Sebastián sonrió.
—Queremos ofrecerle la dirección regional. Es un ascenso inmediato. Poder real. Pero con una condición.
Ahí estaba. Siempre había una.
—Debe desvincularse completamente del proyecto actual. Y de cualquier relación que comprometa su objetividad.
Valeria entendió al instante.
—¿Me está pidiendo que lo deje… o que lo saque?
—Le estoy ofreciendo una carrera que pocas personas alcanzan —corrigió Sebastián—. Lo demás… es personal.
Cuando regresó a la oficina, Damián la esperaba.
—Te ves distinta —dijo—. Como si ya hubieras decidido algo.
—No decidí —respondió ella—. Me dieron otra opción.
Le contó todo. Cada palabra fue un golpe.
Damián escuchó en silencio.
—¿Dirección regional? —repitió—. Eso no es una oportunidad… es un salto.
—Lo sé.
—Entonces acéptalo.
Valeria lo miró, sorprendida.
—¿Así de fácil?
—No es fácil —dijo él—. Es justo. Yo siempre supe que tu ambición no era un defecto. Es parte de ti.
—¿Y nosotros?
Damián respiró hondo.
—Nosotros… no podemos ser la razón por la que renuncies a quien eres.
Ese fue el momento exacto en que Valeria quiso gritar.
—¿Y si no quiero elegir entre una cosa y la otra?
Damián se acercó, tomó su rostro con cuidado.
—Entonces elige crecer —susurró—. Si esto es real, nos encontrará de nuevo.
Ella cerró los ojos, con lágrimas contenidas.
Porque por primera vez…
amarlo significaba dejarlo ir.
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Editado: 31.01.2026