Valeria firmó el documento sin ceremonia.
No hubo aplausos. No hubo sonrisas. Solo el sonido seco del bolígrafo marcando el final de una etapa que aún no estaba lista para terminar.
—Felicidades —dijo Sebastián—. La dirección regional es suya. El anuncio será mañana.
Valeria asintió.
No se sentía como una victoria.
Cuando salió de la sala, Damián estaba esperándola en el pasillo. No preguntó. No hizo falta.
—¿Cuándo te vas? —dijo.
—En dos semanas.
Damián bajó la mirada. Asintió una sola vez.
—Es rápido.
—Siempre lo es cuando se trata de huir —respondió ella, con amargura.
—No estás huyendo —dijo él—. Estás avanzando.
Caminaron juntos hasta la azotea del edificio. El mismo lugar donde todo había empezado con discusiones, ironías, choques de orgullo.
Ahora no había nada que defender.
—No quiero que esto termine así —dijo Valeria.
—No está terminando —respondió Damián—. Está pausándose.
Ella negó con la cabeza.
—Eso es una mentira bonita.
Damián se acercó, la abrazó sin fuerza, como si temiera romperla.
—Mírame —dijo.
Valeria levantó la vista.
—No te voy a pedir que te quedes —continuó—. Porque si lo hiciera, me odiarías. Y yo… prefiero perderte que convertirme en alguien que te encadena.
Las lágrimas le nublaron los ojos.
—No quiero olvidarte.
—No lo harás —dijo él—. Y yo tampoco. Eso es lo que duele.
Se besaron. No con urgencia. No con fuego.
Con despedida.
Un beso largo, contenido, lleno de todo lo que no dijeron.
Cuando se separaron, Damián dio un paso atrás.
—Vete —dijo—. Antes de que me arrepienta de ser fuerte.
Valeria no miró atrás al salir.
Porque si lo hacía…
no se iba.
Y ambos lo sabían.
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Editado: 31.01.2026