Valeria no planeaba verlo fuera del trabajo.
Ese era el acuerdo tácito: salas de juntas, correos formales, miradas afiladas. Nada más.
Por eso, cuando entró al restaurante y lo vio ahí —apoyado en la barra, sin traje, sin corbata, demasiado familiar—, su cuerpo reaccionó antes que su cabeza.
Damián la vio al mismo tiempo.
No sonrió. No se acercó. Solo sostuvo su mirada como si el año de silencio se comprimiera en ese segundo.
—No sabía que venías aquí —dijo Valeria cuando, inevitablemente, terminaron frente a frente.
—No vengo —respondió él—. Me iba.
Mentía. Ambos lo sabían.
Pidieron una copa. Luego otra. La conversación empezó con trivialidades y terminó, como siempre, en el terreno peligroso.
—Te ves… distinta —dijo él.
—Tú también —respondió ella—. Más seguro. Más duro.
—Aprendí a no esperar.
Valeria giró el vaso entre los dedos.
—¿Eso incluye no esperarme a mí?
Damián la miró con una intensidad que le cerró el pecho.
—Eso fue lo primero que aprendí.
El aire se volvió espeso.
—No deberíamos hacer esto —dijo ella, aun así.
—Lo sé —respondió él—. Por eso duele.
Salieron juntos. No tomaron taxis distintos. No se despidieron en la puerta.
El departamento de Damián seguía siendo el mismo… excepto por la ausencia de ella.
Esta vez no hubo prisa. Tampoco promesas.
Solo una cercanía inevitable, un beso que empezó contenido y terminó rompiendo el último resto de autocontrol.
Cuando todo se aquietó, Valeria apoyó la cabeza en su pecho.
—Esto no cambia nada —dijo.
Damián pasó los dedos por su espalda.
—Lo sé.
—Mañana volveremos a ser rivales.
—Siempre lo fuimos.
Valeria cerró los ojos.
Porque lo que no dijo fue lo más peligroso:
Que perderlo otra vez
iba a doler más que la primera.
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Editado: 31.01.2026