La renuncia se anunció al amanecer.
No con un comunicado ruidoso. No con explicaciones largas.
Solo una línea escueta en el boletín interno:
Sebastián Ibarra deja su cargo por “razones personales”.
Valeria leyó el mensaje tres veces.
—Cayó —dijo en voz baja.
Damián negó con la cabeza.
—No del todo. Se fue antes de que lo empujaran. Eso le da margen… y enemigos.
Las consecuencias no tardaron.
Auditorías externas. Revisión de contratos. Nombres arrastrados al escrutinio público. Y entre ellos, inevitablemente, el de Valeria.
—Quieren tu cabeza —dijo el abogado—. No porque seas culpable, sino porque necesitan un símbolo de “orden restaurado”.
Valeria escuchó en silencio.
—Puedo pelearlo —continuó—. Pero será largo. Sucio. Y no hay garantía.
Damián la miró.
—¿Qué quieres hacer?
Valeria levantó la vista.
—Parar.
Esa palabra cayó como un trueno.
—¿Parar? —repitió él.
—Renunciar —dijo—. No huir. Elegir salir antes de convertirme en algo que no reconozco.
Damián guardó silencio. No intentó convencerla.
—Siempre pensaron que mi ambición me definía —continuó Valeria—. Y lo permití. Pero ya no quiero ganar a cualquier costo.
—¿Y nosotros? —preguntó él, con cuidado.
Valeria lo miró. Sin defensas. Sin estrategia.
—Quiero saber quién soy contigo… sin un cargo de por medio.
La renuncia se hizo efectiva una semana después.
Sin discursos. Sin aplausos. Solo una caja con objetos personales… y una puerta que se cerraba.
Esa noche, sentados en el suelo del departamento de Damián, rodeados de silencio, Valeria habló:
—Tengo miedo.
—Yo también —respondió él.
—¿Y si ahora que todo se detuvo… no sabemos qué hacer?
Damián tomó su mano.
—Entonces aprendemos —dijo—. Esta vez sin competir.
Valeria apoyó la cabeza en su hombro.
Por primera vez en años, no había plan.
No había estrategia.
Solo una pregunta real:
¿Quiénes eran…
cuando ya no tenían nada que probar?
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Editado: 10.02.2026