Valeria volvió al departamento al anochecer.
No porque hubiera tomado una decisión.
Sino porque huir también cansa.
Damián estaba ahí, sentado en el sofá, sin portátil, sin teléfono, sin el traje que lo blindaba del mundo. Solo él. Esperando sin exigir.
—Pensé que no volverías hoy —dijo.
—Yo también —admitió ella, dejando las llaves sobre la mesa—. Pero aún no sé irme sin entender por qué me quedo.
Damián no intentó tocarla.
—No voy a pedirte nada —respondió—. Ni tiempo. Ni perdón. Ni fe.
Eso la desarmó más que cualquier súplica.
—Ella tenía razón en algo —dijo Valeria, rompiendo el silencio—. Tú sabes huir cuando amar se vuelve incómodo.
Damián bajó la mirada.
—Sí —aceptó—. Y contigo fue la primera vez que quise quedarme… aun con miedo.
Valeria se sentó frente a él.
—No quiero ser el lugar donde te escondas —dijo—. Quiero ser el lugar que eliges incluso cuando duele.
Damián levantó la vista. Sus ojos no pedían. Prometían sin exagerar.
—Entonces mírame ahora —dijo—. Sin defensas. Sin planes alternos. Esto soy.
Valeria sintió el vértigo de quien entiende que el amor real no se parece a los libros.
Se parece más a un salto sin garantías.
—No me quedo porque sea fácil —dijo finalmente—. Me quedo porque, aun con todo, no quiero imaginar este camino sin ti.
Damián cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, no había triunfo. Había responsabilidad.
—No te voy a fallar a propósito —dijo—. Y si alguna vez lo hago sin querer… me quedaré a enfrentarlo.
Valeria se inclinó y lo besó.
No fue urgente.
No fue voraz.
Fue un beso que decía seguimos, no ya ganamos.
Y por primera vez, ambos entendieron que quedarse también tiene un precio.
Pero huir… cuesta mucho más.
#649 en Otros
#2087 en Novela romántica
enemiestolover, rivalidades enemiestolovers, enemigos y romance
Editado: 10.02.2026