La mañana llegó sin dramatismo.
Y eso, para Valeria, fue lo más inquietante.
No hubo discusiones.
No hubo promesas exageradas.
Solo café compartido y miradas largas, como si ambos estuvieran aprendiendo a habitar un territorio nuevo.
—Tenemos que poner reglas —dijo ella, rompiendo el silencio.
Damián levantó la vista de la taza.
—Dime.
—Nada de desaparecer cuando algo te asuste.
—De acuerdo.
—Nada de decidir por mí “para protegerme”.
—Aceptado.
—Y si algo del pasado vuelve a tocar la puerta… lo hablamos. No después. No a medias.
Damián asintió sin discutir.
—Mi regla —añadió él— es que no huyas sola. Si decides irte algún día, quiero saberlo de frente.
Valeria sostuvo su mirada.
—Eso es justo.
El momento se vio interrumpido por el sonido del teléfono de Damián. Un mensaje. Luego otro. Su expresión cambió.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—La empresa —respondió—. El proyecto que lideramos… alguien filtró información.
Valeria frunció el ceño.
—Eso no es casualidad.
—No —admitió él—. Y hay personas a las que no les conviene que sigamos trabajando juntos.
Ahí estaba.
La amenaza externa.
El conflicto que no se resolvía con besos ni decisiones íntimas.
—¿Esto nos va a poner en bandos opuestos otra vez? —preguntó Valeria.
Damián negó con firmeza.
—No esta vez. Si esto se vuelve una guerra… la peleamos del mismo lado.
Valeria respiró hondo. Parte de ella quería dudar.
Otra parte —la que ya había cruzado demasiadas líneas— decidió creer.
—Entonces prepárate —dijo—. Porque no pienso ser suave.
Una sonrisa leve apareció en el rostro de Damián.
—Nunca lo fuiste.
Y mientras salían juntos del departamento, Valeria entendió algo con claridad brutal:
El amor ya no era el problema.
El mundo alrededor… sí.
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Editado: 10.02.2026