A la fuerza del deseo

Capítulo 57: Lo Que No Se Pide También Duele

Valeria aprendió tarde que había dolores que no hacían ruido.

No explotaban en discusiones.
No dejaban palabras filosas en el aire.
No exigían explicaciones inmediatas.

Solo se acumulaban.

Esa mañana despertó antes que Damián. Se quedó observándolo mientras dormía, el ceño levemente fruncido incluso en reposo, como si su mente no supiera apagar del todo. Antes, esa imagen la enternecía. Ahora le despertaba una inquietud incómoda.

Había algo que quería decirle.
Algo que necesitaba.
Pero no sabía cómo pedirlo sin sentir que estaba reclamando demasiado.

Se levantó con cuidado, fue a la cocina y preparó café. El ritual seguía siendo el mismo, pero ya no tenía el peso simbólico de antes. Era solo café.

Cuando Damián apareció, todavía con el cabello desordenado y la camisa a medio abotonar, la besó en la sien.

—Buenos días.

—Buenos días.

Silencio.

Él sirvió su taza, revisó el teléfono, frunció el ceño.

—Hoy tengo que irme temprano —dijo—. Surgió algo en la oficina.

Valeria asintió. Otra vez.

—Está bien.

Y ahí estaba.
Ese momento exacto en el que podría haber dicho: quédate un poco más, te extraño incluso cuando estás aquí, necesito sentir que todavía somos prioridad.

Pero no dijo nada.

Porque pedirlo la hacía sentir vulnerable.
Porque temía escuchar un “no ahora”.
Porque, en el fondo, le aterraba confirmar que ya no era tan necesaria como antes.

Damián se fue con un beso rápido y una promesa vaga de llamar más tarde. La puerta se cerró y el departamento volvió a ese silencio espeso que ya no parecía descanso.

Valeria se sentó en la mesa con la taza entre las manos. El café estaba caliente, pero no reconfortaba.

Pensó en todas las veces que había sido fuerte. En cómo había construido su identidad sobre no necesitar demasiado de nadie. En cómo amar a Damián había sido, por primera vez, bajar esa armadura.

Y ahora… ahora no sabía si estaba volviendo a ponérsela o si simplemente había aprendido a esconder mejor lo que dolía.

Más tarde, en el trabajo, la sensación no mejoró. Respondía correos, asistía a reuniones, sonreía cuando debía. Pero cada notificación que no era de él pesaba un poco más de lo necesario.

No tienes que depender, se decía.
Esto es lo sano.

Pero lo sano también podía doler si se llevaba al extremo.

Por la noche, Damián llegó tarde otra vez. Cansado. Distraído. Con la mente en otro lado.

—Perdón —dijo—. Fue un día imposible.

Valeria le sirvió la cena sin reproches. Se sentaron frente a frente. Comieron en silencio unos minutos.

—¿Quieres hablar de eso? —preguntó ella.

—No hoy —respondió él—. Estoy agotado.

No fue una negativa cruel.
Fue honesta.

Y aun así, dolió.

Porque Valeria entendió algo con una claridad incómoda:
no siempre duele lo que el otro hace, sino lo que uno deja de pedir para no incomodar.

—Está bien —dijo.

Pero ya no lo estaba.

Esa noche, se acostaron espalda con espalda. No distantes. No peleados. Simplemente… desconectados en una frecuencia nueva.

Valeria miró el techo, contando las grietas imaginarias, pensando en todo lo que no había dicho ese día. En cómo el amor también podía desgastarse no por falta de sentimiento, sino por exceso de contención.

No pedir también es una forma de mentir, pensó.

Y se preguntó cuántas noches más podría callar antes de empezar a romperse por dentro.

A su lado, Damián respiraba lento, como si el sueño lo hubiera vencido sin resistencia. Valeria estiró la mano, rozó apenas su espalda. No lo despertó.

No era el momento.

Pero supo que pronto tendría que serlo.
Porque el amor no se sostenía solo con silencios bien intencionados.

Y lo que no se pide… también duele.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.