A la fuerza del deseo

Capítulo 64: Elegirse También Es Perder

Valeria no durmió esa noche.

No porque estuviera pensando en irse, sino porque por primera vez pensó seriamente en quedarse y no supo si eso también implicaba perder algo de sí misma.

Damián tampoco durmió.

La casa, que siempre había sido un refugio compartido, se sintió demasiado grande, como si cada habitación guardara una versión de ellos que ya no encajaba del todo con la actual.

A la mañana siguiente, ninguno mencionó la conversación.
No por evasión.
Sino porque ambos sabían que ya estaba ahí, latiendo entre cada gesto.

El café se enfrió sobre la mesa.

—Hoy tengo reunión con el equipo —dijo Damián, rompiendo la quietud—. Van a definir fechas.

Valeria asintió.

—¿Ya sabes cuándo te irías?

Él dudó apenas un segundo.

—En tres meses.

La respuesta fue directa. Demasiado clara para no doler.

—¿Y yo dónde entro en ese calendario? —preguntó ella.

No fue reproche. Fue una pregunta honesta.

Damián apoyó la taza y se pasó la mano por el rostro.

—No lo sé —admitió—. Y eso me asusta más de lo que debería.

Valeria respiró hondo.

—A mí me asusta que no lo sepas —dijo—. Porque significa que en tus planes… sigo siendo una variable.

—No es eso.

—Sí lo es —insistió—. Y no te culpo por tener sueños. Te culpo por no dejarme ser parte de cómo los construyes.

Damián la miró con una mezcla de cansancio y miedo.

—Tengo la sensación de que, si te elijo del todo, voy a perder algo importante —dijo.

Valeria bajó la mirada.

—Y yo tengo la sensación de que, si te sigo esperando, voy a perderme a mí.

Eso fue lo que ninguno quería admitir.

Que elegirse no significaba ganar sin costo.
Significaba renunciar a versiones posibles de la vida.

—¿Crees que el amor siempre debería ser suficiente? —preguntó él.

Valeria pensó un momento.

—Creo que el amor es la base —respondió—. Pero no sostiene solo. Necesita decisiones coherentes. Presencia. Riesgo compartido.

Damián se sentó frente a ella.

—No sé cómo hacerlo bien —confesó—. No sé cómo elegirte sin sentir que me estoy traicionando a mí mismo.

Valeria alzó la mirada.

—Y yo no sé cómo quedarme sin sentir que me estoy reduciendo —dijo—. Eso es lo que nadie nos enseñó: que amar no siempre se siente heroico. A veces se siente como perder algo que también querías.

El silencio volvió, pero ya no era hostil. Era pesado. Lúcido.

—¿Y si no hay una forma correcta? —preguntó él—. ¿Y si solo hay elecciones imperfectas?

—Entonces habrá que decidir cuál pérdida podemos soportar —respondió ella.

Damián cerró los ojos.

En su mente aparecieron dos imágenes:
una ciudad nueva, oportunidades, reconocimiento…
y Valeria, en la cocina, hablándole de libros, de miedos, de planes pequeños pero reales.

—No quiero que seas una consecuencia de mi vida —dijo—. Quiero que seas una elección.

Valeria se levantó despacio.

—Entonces demuéstralo —dijo—. No con promesas. Con acciones que me incluyan desde el principio.

—¿Y si lo intento y aun así fallamos?

Ella lo miró con una tristeza serena.

—Fracasar juntos sigue siendo distinto a triunfar solos.

Damián sintió un nudo en el pecho.

—Tengo miedo de arrepentirme.

—Yo también —admitió—. Pero me daría más miedo mirar atrás y saber que nunca intentamos elegirnos de verdad.

Se acercaron. No se abrazaron. No era momento de consuelos.

Era momento de verdad.

—No te voy a pedir que renuncies hoy —dijo Valeria—. Pero tampoco voy a quedarme en pausa mientras decides si encajo en tu futuro.

Damián asintió lentamente.

—Entonces dame tiempo —pidió—. No para huir. Para aprender a elegir sin esconderme.

Valeria tomó su bolso.

—El tiempo no es infinito —dijo—. Y el amor tampoco es invencible.

Se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró.

—Elegirme va a costarte algo —dijo—. Igual que elegirme a mí me ha costado partes que todavía estoy aprendiendo a soltar.

Damián la vio irse.

Y por primera vez entendió que amar no era aferrarse…
sino aceptar que cada elección real deja cicatrices.

No sabía aún qué iba a perder.

Pero sí sabía algo nuevo y aterrador:
no decidir también era una forma de perderla.




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