A la fuerza del deseo

Capítulo 65: El Peso De No Decidir

Valeria no volvió esa noche.

No porque quisiera castigar a Damián, sino porque entendió algo incómodo: quedarse mientras él pensaba era empezar a borrarse poco a poco. Y ya había pasado por eso antes. No con él, pero sí consigo misma.

Durmió en casa de Julia.
El sofá era incómodo, la manta olía a detergente ajeno y el techo tenía una mancha de humedad que parecía crecer cada vez que la miraba. Aun así, durmió mejor que en semanas.

Porque no estaba esperando nada.

Damián, en cambio, pasó la noche caminando de un lado a otro del departamento.
Cada objeto parecía reprocharle algo: la taza que ella usaba siempre, el libro que dejó a medias, el suéter colgado en la silla.

No era su ausencia lo que más dolía.
Era la certeza de que él la había empujado a irse sin decirlo en voz alta.

Al día siguiente, la ciudad siguió como siempre.
El tráfico, las reuniones, los mensajes urgentes. Todo avanzaba sin preguntarle si estaba listo.

En la junta, alguien habló de plazos, de traslados, de nuevas oficinas.
Damián asentía mecánicamente.

—Entonces, ¿confirmamos que te mudas en julio? —preguntó su jefe.

El silencio fue breve, pero pesado.

—Aún no —respondió—. Necesito unos días más.

Algunos intercambiaron miradas. Otros anotaron algo. Nadie discutió, pero el mensaje quedó claro: el mundo no se detiene por indecisiones personales.

Horas después, Damián revisó su celular.
No había mensajes de Valeria.

Eso era nuevo.
Antes, incluso en los silencios, había señales: un “llegué bien”, un emoji, una pregunta trivial.

Ahora no.

Le escribió primero.

¿Estás bien?

Pasaron diez minutos.
Luego veinte.

Hablemos hoy.

Nada.

Valeria estaba en una cafetería pequeña, con el portátil abierto, fingiendo trabajar.
Había recibido los mensajes. Los había leído. Pero no respondió.

No por orgullo.
Sino porque ya no sabía qué decir sin traicionarse.

Julia la observaba desde la mesa de enfrente.

—No tienes cara de alguien que esté dudando —dijo—. Tienes cara de alguien que ya entendió algo.

Valeria cerró la computadora.

—Entendí que no quiero convencer a nadie de quedarse conmigo —respondió—. Quiero que se queden porque no conciben irse sin mí.

Julia asintió.

—Eso no te hace exigente. Te hace adulta.

Valeria sonrió apenas.

—Me da miedo que esto sea el principio del final.

—O el final de algo que ya no te alcanzaba —corrigió Julia.

Mientras tanto, Damián llegó al departamento y se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá.
El lugar seguía siendo suyo, pero ya no se sentía como hogar.

Pensó en llamar.
Pensó en ir a buscarla.
Pensó en mil escenarios.

Pero cada pensamiento chocaba contra la misma pared:
no sabía qué ofrecerle sin mentir.

Esa noche, Valeria volvió tarde.
No al departamento.
Solo pasó a recoger algunas cosas.

Damián estaba ahí.

Se miraron en silencio.

—No quería que esto se sintiera como una huida —dijo ella, rompiendo la quietud.

—Lo sé —respondió él—. Se siente como una consecuencia.

Eso dolió más.

Valeria comenzó a guardar ropa en una mochila.

—No me voy para siempre —aclaró—. Me voy mientras decides. No quiero vivir en suspenso.

—Cada día sin ti se siente como una pérdida —admitió Damián.

Ella se detuvo.

—Cada día conmigo, sin una elección clara, también lo era —dijo.

Damián se acercó.

—Estoy intentando hacerlo bien.

—Lo sé —respondió ella—. Pero hacerlo bien para ti no siempre es hacerlo bien para nosotros.

Él apretó la mandíbula.

—No quiero perderte.

Valeria lo miró con una mezcla de ternura y cansancio.

—Entonces deja de postergarme.

Silencio.

No hubo besos.
No hubo promesas.
Solo una distancia nueva, incómoda, real.

Valeria salió con la mochila al hombro.

Damián cerró la puerta despacio.

Por primera vez entendió que no decidir también era una elección.
Y que esa elección pesaba más de lo que había imaginado.

Porque no elegirla no la alejaba de golpe…
la desgastaba lentamente.

Y eso, supo en el fondo, era una forma cruel de perder a alguien que todavía amaba.




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