A la fuerza del deseo

Capítulo 80: Cuando Amar No Es Suficiente

Esa noche casi no hablaron.

No porque no hubiera cosas que decir.

Sino porque había demasiadas.

El departamento estaba en silencio, pero no era el mismo silencio tranquilo de semanas atrás. Este tenía peso, como si cada pared hubiera absorbido las palabras que ninguno se atrevía a decir todavía.

Valeria estaba en la cocina, apoyada contra la encimera, mirando una taza de café que ya se había enfriado.

No recordaba haberlo preparado.

Damián estaba en la sala, sentado en el sofá con los codos sobre las rodillas, mirando el suelo.

Ambos sabían que el mundo acababa de cambiar.

Y ninguno sabía exactamente cómo reaccionar.

Finalmente fue Damián quien rompió el silencio.

—Voy a hacerme la prueba.

Valeria levantó la mirada.

—¿De paternidad?

—Sí.

La palabra quedó flotando en el aire.

No era un tema hipotético.

Era real.

Valeria asintió lentamente.

—Tiene sentido.

Damián se pasó la mano por la cara, como si estuviera intentando despertarse de una realidad que todavía no terminaba de aceptar.

—No puedo quedarme con la duda.

—No deberías.

—Y si es mío…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Valeria sabía lo que significaba.

Un hijo cambia todo.

Las prioridades.

Las decisiones.

La dirección completa de una vida.

Valeria caminó lentamente hacia la sala y se sentó frente a él.

—¿Cuándo?

—Clara dijo que podemos hacerlo esta semana.

Valeria asintió.

Durante unos segundos ninguno habló.

Damián levantó la mirada hacia ella.

—No sé qué hacer con todo esto.

Valeria dejó escapar una pequeña exhalación.

—Yo tampoco.

Y esa fue la primera vez desde que comenzó toda esa cadena de eventos que ambos admitieron algo importante:

No tenían el control.

Antes, su historia siempre había estado llena de decisiones impulsivas, de orgullo, de discusiones que nacían del miedo.

Pero ahora el problema era distinto.

Ahora la vida les estaba exigiendo decisiones adultas.

Responsables.

Complejas.

Valeria apoyó los codos sobre sus rodillas.

—Hoy hablé con recursos humanos.

Damián levantó ligeramente la cabeza.

—¿Sobre el contrato?

—Sí.

—¿Hay forma de cambiarlo?

Valeria negó suavemente.

—No.

Damián cerró los ojos un momento.

—Dos años…

—Mínimo.

La palabra pesó más de lo que cualquiera de los dos esperaba.

Damián se levantó y caminó hacia la ventana.

Las luces de la ciudad parpadeaban en la distancia.

La vida de millones de personas seguía su curso, completamente ajena al caos que se estaba desarrollando dentro de ese departamento.

—Siempre supimos que tu carrera iba a llevarte lejos —dijo finalmente.

Valeria lo miró.

—Sí.

—Solo que nunca pensamos que sería tan literal.

Valeria dejó escapar una pequeña risa sin humor.

—Supongo que no.

Damián se giró hacia ella.

—¿Cuándo tendrías que irte?

—Tres semanas.

El silencio volvió a llenar el espacio.

Pero esta vez había algo más dentro de él.

Frustración.

No dirigida el uno al otro.

Sino a las circunstancias.

Damián volvió a sentarse frente a ella.

—Quiero preguntarte algo.

Valeria lo miró con atención.

—¿Qué?

—Si esto no estuviera pasando… —dijo señalando el aire entre ellos— ¿igual te irías?

Valeria no respondió inmediatamente.

Pensó la pregunta con cuidado.

Luego respondió con honestidad.

—Sí.

Damián asintió lentamente.

No parecía sorprendido.

—Eso pensé.

Valeria frunció ligeramente el ceño.

—¿Te molesta?

—No.

—¿Seguro?

Damián la miró directamente.

—Me molesta que la vida tenga tan mal sentido del timing.

Valeria bajó la mirada.

—Sí… a mí también.

Un silencio largo se instaló entre ellos.

Esta vez más pesado que los anteriores.

Y fue ahí cuando ocurrió algo que no había pasado en mucho tiempo.

Damián habló con una emoción que no estaba completamente controlada.

—¿Alguna vez te preguntas si estamos intentando demasiado?

Valeria levantó la cabeza.

—¿A qué te refieres?

—A nosotros.

La palabra se quedó suspendida.

Valeria sintió un pequeño nudo en el pecho.

—Damián…

Él continuó antes de perder el impulso.

—Siempre hay algo. Siempre hay un obstáculo nuevo, una distancia, una crisis, una decisión imposible.

Valeria lo miró fijamente.

—¿Estás diciendo que rendirnos sería más fácil?

—No.

—Entonces ¿qué estás diciendo?

Damián respiró profundo.

—Que tal vez estamos intentando que algo funcione… en medio de una vida que no está diseñada para que funcione así.

El silencio que siguió fue completamente diferente a los anteriores.

Porque ahora la conversación había cruzado una línea.

Valeria se levantó lentamente.

—Eso suena mucho a una despedida.

Damián negó de inmediato.

—No es eso.

—¿Entonces qué?

—Es miedo.

La palabra fue honesta.

Cruda.

—Miedo de que nos estemos preparando para perder algo que no queremos perder.

Valeria caminó hacia la ventana.

Su reflejo se mezclaba con las luces de la ciudad.

—Yo también tengo miedo.

Damián se levantó.

—¿De qué?

Valeria tardó unos segundos en responder.

Cuando lo hizo, su voz fue tranquila.

Pero había algo vulnerable en ella.

—De que el amor no siempre sea suficiente.

La frase quedó suspendida en el aire.

Porque ambos sabían que era verdad.

A veces amar profundamente a alguien no solucionaba las distancias.

Ni las responsabilidades.

Ni los cambios inevitables de la vida.

Damián se acercó un poco más a ella.

—¿Y qué hacemos entonces?




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