A la fuerza del deseo

Capítulo 82: La Llamada

La llamada llegó dos días antes.

Damián estaba en la oficina cuando su teléfono vibró sobre el escritorio.

Número desconocido.

Durante un segundo pensó en ignorarlo. Tenía correos sin responder, una reunión en veinte minutos y una cabeza llena de pensamientos que no lograban acomodarse.

Pero contestó.

—¿Damián Rivas?

—Sí.

—Le llamo del laboratorio. Tenemos los resultados de la prueba.

El mundo pareció reducirse a esa frase.

El resto de la oficina desapareció.

—¿Ya? —preguntó.

—Sí, señor. Si puede pasar hoy, se los entregaremos personalmente.

Damián miró el reloj.

Las 11:42.

Sintió algo extraño en el pecho.

—Voy en camino.

Colgó.

Y durante unos segundos no se movió.

No porque no supiera qué hacer.

Sino porque sabía exactamente lo que esa decisión significaba.

Tomó las llaves.

Valeria estaba en una reunión cuando vio el mensaje.

Damián:
"El laboratorio llamó. Ya tienen el resultado."

Sintió que el estómago se le tensaba.

Durante días había intentado no pensar demasiado en eso.

En el "qué pasaría si".

En el futuro que podía abrirse… o cerrarse.

Salió de la sala con una excusa rápida y llamó.

Damián contestó al segundo tono.

—Voy para allá —dijo él antes de que ella hablara.

—¿Quieres que vaya?

Hubo un pequeño silencio.

—No lo sé.

Valeria entendió lo que significaba esa respuesta.

—Está bien.

—Te llamo cuando salga.

—Está bien.

Pero cuando colgó, Valeria se dio cuenta de algo.

No iba a poder concentrarse en nada.

El laboratorio estaba tan silencioso como la primera vez.

La recepcionista lo reconoció y le entregó un sobre.

—El resultado está dentro.

Nada más.

Ningún discurso.

Ninguna preparación.

Solo un sobre blanco.

Damián lo sostuvo entre las manos.

Durante un momento no lo abrió.

No porque tuviera miedo.

Sino porque sabía que ese instante era el último momento de incertidumbre.

Una vez que leyera el resultado…

La realidad sería definitiva.

Respiró profundo.

Abrió el sobre.

Sus ojos recorrieron el papel.

Una línea.

Una frase.

Un porcentaje.

Y el mundo cambió.

Valeria estaba caminando por la calle cuando el teléfono vibró.

Damián.

Contestó de inmediato.

—¿Sí?

Del otro lado hubo silencio.

No largo.

Pero suficiente para que su corazón empezara a latir más rápido.

—Damián…

Él habló finalmente.

Su voz era tranquila.

Pero diferente.

—Es mío.

Valeria cerró los ojos.

El ruido de la ciudad siguió alrededor de ella.

Autos.

Personas.

Un camión pasando.

Pero todo parecía lejano.

—¿Estás bien? —preguntó.

Damián tardó un segundo.

—No lo sé.

—¿Dónde estás?

—Afuera del laboratorio.

Valeria miró la hora.

—Voy para allá.

—No hace falta.

—Damián…

—De verdad.

Hubo un pequeño silencio.

—Necesito caminar un poco.

Valeria entendió.

—Está bien.

Antes de colgar, él dijo algo más.

—Valeria…

—¿Sí?

—Mi vida acaba de cambiar.

Ella respiró profundo.

—Lo sé.

Otro segundo de silencio.

—Y la tuya también —añadió él.

La llamada terminó.

Valeria bajó el teléfono lentamente.

Porque ahora la historia había entrado en una fase completamente distinta.

Ya no era una posibilidad.

Ya no era un miedo.

Era una realidad.

Damián iba a ser padre.

Y en tres semanas…

Valeria se iría del país.

Esa noche ninguno sabía qué decir.

Pero ambos entendían algo:

El amor entre ellos seguía ahí.

Fuerte.

Real.

Pero ahora había una nueva pregunta flotando entre los dos.

Una que no podían ignorar.

¿Se puede construir un futuro juntos cuando sus vidas empiezan a ir en direcciones diferentes?




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