A la fuerza del deseo

Capítulo 86: Cuenta Regresiva

El sonido de la maleta al cerrarse fue más fuerte de lo que debía.

Valeria se quedó mirando el cierre como si acabara de sellar algo más que ropa.

No estaba lleno del todo.
Pero ya no estaba vacío.

Como ella.

Como ellos.

Damián estaba apoyado en el marco de la puerta, observándola sin interrumpir.

Había aprendido algo en todo ese tiempo:
no todo silencio necesitaba romperse.

—Cinco días —dijo ella sin mirarlo.

Damián asintió.

—Cinco días.

La forma en que lo repitió hizo que sonara más corto.

Más real.

Más peligroso.

Los días empezaron a medirse distinto.

Ya no eran semanas.
Ni planes a futuro.

Eran momentos.

Pequeños.

Contados.

Irrepetibles.

Esa misma tarde salieron a comprar algunas cosas que Valeria necesitaba.

Nada importante.

Cargadores.
Libretas.
Cosas que normalmente no significaban nada.

Pero todo se sentía diferente.

Cada tienda.
Cada decisión.
Cada paso al lado del otro.

—¿Este o este? —preguntó ella, sosteniendo dos cuadernos.

Damián los miró.

—El negro.

—¿Por qué?

—Porque no te distrae.

Valeria sonrió apenas.

—Sigues creyendo que necesito menos distracciones.

—Sigo creyendo que te gusta fingir que no.

Ella soltó una risa baja.

Y por un momento…
todo se sintió normal.

Como si no hubiera una cuenta regresiva corriendo debajo de todo.

Esa noche cenaron en casa.

Nada elaborado.

Nada especial.

Pero no encendieron la televisión.

No revisaron el celular.

No evitaron mirarse.

—Esto es raro —dijo Valeria.

—¿Qué cosa?

—Que no estemos peleando.

Damián sonrió ligeramente.

—Supongo que evolucionamos.

Valeria negó con suavidad.

—No. Es porque sabemos que no hay tiempo para tonterías.

La frase no fue cruel.

Fue honesta.

Y eso la hizo más pesada.

Damián dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Te arrepientes?

Valeria lo miró de inmediato.

—No.

—¿Nada?

Ella dudó.

—Me duele… pero no me arrepiento.

Damián asintió.

—A mí también.

Silencio.

Pero no incómodo.

Era el tipo de silencio que no necesitaba ser llenado.

Los días siguieron avanzando.

Y con ellos, la forma en que se miraban.

Ya no había tensión sin resolver.

Ni palabras guardadas.

Solo una especie de… claridad.

Dolorosa.

Pero limpia.

El tercer día, Valeria encontró a Damián armando una cuna portátil en la sala.

Se detuvo en seco.

—¿Eso es…?

—Sí.

No hizo falta más explicación.

Valeria observó cada movimiento.

Las piezas encajando.
La estructura tomando forma.

Realidad.

—Se siente más… real —dijo en voz baja.

Damián no dejó de trabajar.

—Lo es.

Valeria se acercó lentamente.

—¿Te asusta?

Damián soltó una pequeña exhalación.

—Sí.

—No pareces asustado.

Él levantó la mirada.

—Es que ya no puedo darme el lujo de parecerlo.

Esa frase se le quedó a Valeria más de lo que esperaba.

Esa noche no durmieron de inmediato.

Estaban acostados, uno frente al otro.

Sin tocarse al principio.

Solo mirándose.

Como si quisieran memorizarse.

—¿Te vas a acostumbrar rápido? —preguntó ella.

Damián frunció ligeramente el ceño.

—¿A qué?

—A no estar conmigo.

El aire cambió.

Damián tardó en responder.

—No quiero acostumbrarme.

Valeria tragó saliva.

—Pero lo harás.

—Tal vez.

Silencio.

—¿Y tú? —preguntó él.

Valeria miró el techo.

—Creo que voy a estar demasiado ocupada intentando no extrañarte.

Damián se acercó un poco más.

—Eso no va a funcionar.

Ella lo miró.

—Lo sé.

El cuarto día llegó más rápido de lo esperado.

Valeria ya tenía casi todo listo.

Documentos.
Maleta.
Itinerario.

Todo menos lo más importante.

La despedida.

Esa tarde, mientras el sol comenzaba a bajar, salieron a caminar sin rumbo.

Como al principio.

Sin discutir.

Sin competir.

Sin intentar tener razón.

Solo caminando.

—¿Recuerdas la primera vez que discutimos? —preguntó Valeria.

Damián soltó una risa suave.

—¿La primera de muchas?

—La primera de verdad.

Él asintió.

—Sí.

—Pensé que te odiaba.

—Yo estaba convencido de que tú empezaste.

Valeria sonrió.

—Probablemente lo hice.

—Definitivamente lo hiciste.

Se miraron.

Y esa mirada llevaba todo lo que habían sido.

Se detuvieron en una esquina.

El semáforo en rojo.

La ciudad moviéndose alrededor.

Pero ellos… quietos.

—No me arrepiento de nada —dijo Valeria de pronto.

Damián la miró.

—Yo tampoco.

Silencio.

—Ni siquiera de lo que dolió.

Damián asintió.

—Fue lo que nos trajo aquí.

Valeria bajó la mirada un segundo.

—Y aquí estamos… a punto de separarnos.

Damián no corrigió eso.

Porque era verdad.

El semáforo cambió a verde.

Pero ninguno se movió de inmediato.

Porque ambos sabían algo que no necesitaba decirse.

El tiempo no se estaba acabando.

Ya se había acabado.

Esa noche, cuando regresaron al departamento, todo se sentía distinto.

Más lento.

Más consciente.

Más final.

Y sin embargo…

Ninguno dijo “adiós”.

Porque aún quedaba un día.

Y ese día…

iba a cambiarlo todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.