El trayecto al aeropuerto fue silencioso.
No incómodo.
No tenso.
Solo… lleno.
Como si cada segundo estuviera cargado de todo lo que no querían decir demasiado pronto.
Valeria iba mirando por la ventana.
La ciudad pasaba frente a sus ojos como si fuera la primera vez… y la última.
Damián conducía con ambas manos en el volante, concentrado en algo que no era el camino.
Ninguno puso música.
Ninguno intentó llenar el espacio.
Porque ambos sabían…
que ese silencio era parte de la despedida.
Cuando llegaron, el movimiento del aeropuerto contrastó con lo que llevaban dentro.
Gente corriendo.
Anuncios.
Maletas rodando.
Vidas cruzándose sin detenerse.
Y ellos… detenidos.
Damián tomó la maleta de Valeria sin decir nada.
Caminaron juntos hasta la zona de abordaje.
Paso a paso.
Sin prisa.
Como si alargar el camino pudiera cambiar algo.
Se detuvieron.
Ahí donde ya no podían seguir juntos.
El punto exacto donde las historias se separan físicamente.
Valeria sostuvo el pasaporte con fuerza.
No por nervios.
Sino para no soltar lo único que todavía no dolía.
—Supongo que es aquí —dijo.
Damián asintió.
—Sí.
Silencio.
No había una forma correcta de hacer eso.
Valeria levantó la mirada.
—No quiero hacerlo complicado.
Damián soltó una pequeña exhalación.
—Entonces no lo hagamos.
Pero no era tan simple.
Nunca lo había sido entre ellos.
Valeria dio un paso más cerca.
—No quiero promesas que no sabemos si podemos cumplir.
Damián sostuvo su mirada.
—Yo tampoco.
—No quiero un “te voy a esperar”.
—Ni yo quiero pedírtelo.
Silencio.
Pero esta vez…
no era evasión.
Era claridad.
Valeria tragó saliva.
—Pero tampoco quiero irme como si esto no importara.
Damián dio un paso hacia ella.
—Nunca fue algo que no importara.
—Entonces dilo.
La frase salió más suave de lo que parecía.
Pero tenía peso.
Damián no apartó la mirada.
—Esto fue real.
Valeria sintió algo apretarse en su pecho.
—Sí.
—Y no fue un error.
Ella negó de inmediato.
—Nunca lo fue.
Silencio.
Más profundo.
Más honesto.
Damián habló otra vez.
—No sé cómo se ve nuestro futuro.
Valeria lo miró sin parpadear.
—Yo tampoco.
—Pero sé algo.
Dio un paso más cerca.
—No quiero uno donde no existas.
La frase cayó entre ellos.
Y por un segundo…
todo dolió más.
Porque era verdad.
Valeria cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, había algo distinto.
No resignación.
No tristeza pura.
Era… aceptación.
—Entonces no lo definamos hoy.
Damián frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué te refieres?
Valeria sostuvo su mirada.
—A que no necesitamos una respuesta ahora.
Silencio.
—Solo necesitamos saber que esto… no termina aquí.
Damián la observó.
Y por primera vez…
no intentó controlar lo que venía.
—No termina —dijo.
Valeria asintió.
—No termina.
El anuncio del vuelo sonó de fondo.
Última llamada.
Siempre es así.
Sin delicadeza.
Sin pausa.
Valeria apretó un poco más el pasaporte.
—Tengo que irme.
Damián no respondió de inmediato.
Solo la miró.
Como si quisiera recordar cada detalle.
Ella dio un paso atrás.
Luego otro.
Pero antes de girarse, volvió hacia él.
Y en ese momento…
no hubo duda.
No hubo miedo.
Solo verdad.
Se acercó.
Y lo besó.
No fue un beso urgente.
Ni desesperado.
Fue… completo.
Como si en ese instante cupiera todo:
Lo que fueron.
Lo que dolió.
Lo que aprendieron.
Lo que todavía sentían.
Cuando se separaron, no dijeron nada.
Porque ya no hacía falta.
Valeria sonrió apenas.
—Cuida de él.
Damián entendió de inmediato.
—Lo haré.
—Y de ti.
Él asintió.
—Tú también.
Valeria dio un paso atrás.
Luego otro.
Y esta vez sí se giró.
Caminó sin mirar atrás.
No porque no quisiera.
Sino porque si lo hacía…
no se iría.
Damián se quedó ahí.
Sin moverse.
Hasta que desapareció entre la gente.
Y entonces entendió algo.
No era el final.
No se sentía como un final.
No tenía ese peso definitivo.
Era otra cosa.
Algo más incierto.
Más real.
Un “nos vemos” sin fecha.
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Editado: 04.04.2026