A la orilla de los dos mundos

INUYAMA I Parte

El collar de los dragones

Capítulo 1: La esfera

El césped estaba quemado.

No en un círculo perfecto, sino en un extraño óvalo, como si alguien hubiera dejado caer una estrella diminuta y se hubiera marchado. Entre las hojas verdes y frondosas, casi oculta, había una esfera de cristal del tamaño de una sandía. Tenía agujeros. Y a través de ellos latía una luz roja.

Ráfaga.

Pausa.

Ráfaga.

Como un corazón.

Los insectos del prado sintieron el cambio antes de verlo. Huyeron en tropel, escarabajos y hormigas olvidando sus guerras milenarias.

Porque la esfera crecía.

No lentamente, como una planta. Sino con la prisa de algo que ha estado esperando demasiado tiempo. En diez segundos era del tamaño de una maleta. En veinte, de una cabina de teléfono. Y cuando llegó a los dos metros de altura, con un ruido de bisagras que nunca habían existido hasta entonces, se abrió una puerta.

Una casa ovalada de dos pisos. Paredes de vidrio esmerilado pero translúcido. Adentro se movía algo.

Un hombre apareció en el umbral.

Su pelo era de un verde brillante —no teñido, biológico— y lo llevaba trenzado contra la nuca. Vestía una túnica gris que no pertenecía a ningún siglo que Renty conociera. Y Renty conocía muchos siglos.

—Ya estoy aquí —dijo el hombre, pero no a nadie. Hablaba a un pequeño dispositivo en su muñeca, un diamante blanco que se deslizaba bajo su puño como un animal domesticado.

El dispositivo parpadeó.

—Coordenadas verificadas. Planeta Tierra. Año 2024. Zona: despoblada. Bienvenido, Renty.

Renty dio un paso fuera de la casa ovalada.

El césped crujió bajo su bota. Muerto. Calcinado.

Detrás de él, la casa comenzó a encogerse. No se desvaneció, no explotó. Simplemente se hizo más y más pequeña, como si el tiempo corriera hacia atrás, hasta que volvió a ser una esfera del tamaño de una manzana. Renty la guardó en un bolsillo interior de su túnica.

Sopló el viento.

Renty estornudó.

Se quedó un momento en silencio, sorprendido. Los robots no estornudaban. Los robots no tenían alergias. Pero él llevaba tres semanas —tres semanas terrestres, tres siglos en su tiempo— sintiendo cosas que no debería sentir. El calor. El frío. La incomodidad de una etiqueta en el cuello.

Y ahora, el polvo en la nariz.

—Hay algo mal en mí —dijo, y esta vez no era un informe para el dispositivo. Era una confesión.

El cielo, como si hubiera estado esperando esa vulnerabilidad, se quebró en lluvia.

No una llovizna gradual. Un diluvio vertical, como si alguien hubiera volcado un océano sobre su cabeza. Renty levantó la mano y de debajo de su túnica, desplegándose como un origami viviente, apareció un paraguas. No lo sostuvo. Estaba incrustado en su columna vertebral, anclado a sus omóplatos. Un mecanismo limpio, eficiente. Robot.

Pero sus pensamientos no eran limpios ni eficientes.

Pensaba en ella.

La chica rubia del restaurante. La que lo había mirado con esos ojos azules y le había dicho "ni siquiera te has disculpado". Esa voz. Ese fuego. Renty llevaba nueve días —nueve días terrestres, nueve meses en su tiempo— intentando no pensar en Lily.

Y fallando.

Cada vez que fallaba, algo en su pecho se contraía. No era un latido —él no tenía corazón— pero se parecía peligrosamente a uno.

—Concéntrate —se ordenó en voz alta.

Había venido a la Tierra por una razón. La Agencia de Inteligencia Artificial lo había enviado a investigar una fisura temporal. Algo —o alguien— estaba rompiendo el equilibrio entre el pasado y el futuro. Los humanos aún no lo sabían, pero la grieta estaba creciendo.

Y en el centro de esa grieta, según los cálculos de Marina…

Marina. Otro nombre que le generaba estática en el cerebro.

Renty apretó los dientes —podía apretar los dientes, aunque no los necesitara para masticar— y caminó. El paraguas negro sobre su cabeza. Las botas con espuelas de hierro chapoteando en el barro.

Más adelante, apenas visible entre la cortina de agua, había un árbol.

No era un árbol cualquiera. Era un coloso de ramas gruesas como brazos, flores blancas colgando como farolillos chinos. Y en su tronco, a unos ocho metros del suelo, un agujero oscuro.

Renty no necesitaba trepar para saber lo que había dentro. Sus sensores ya lo habían detectado.

Vida.

No una vida humana. Algo más pequeño. Más cálido. Más… antiguo.

Dejó que el paraguas se replegara en su espalda —clic mecánico, tan reconfortante— y comenzó a trepar. Las suelas de sus botas se transformaron en pinchos metálicos que mordían la corteza mojada.

Arriba.

Hasta el borde del hueco.

Se asomó.

Y casi se cae.

Dentro, acurrucada en un rincón, había una criatura que parecía una ardilla naranja. Pero las ardillas no tienen escamas en el lomo. Ni alas plegadas como las de un murciélago. Ni manchas blancas en el pecho que latían al mismo ritmo que la luz roja de la esfera.

Era un dragón.

Un bebé dragón.

Y estaba temblando de miedo.

Renty extendió la mano.

—Ven aquí —dijo, y su voz salió más suave de lo que ningún ingeniero había programado—. No voy a hacerte daño.

La criatura levantó la cabeza. Sus ojos, enormes y negros, lo miraron. Y por un segundo, Renty olvidó que era un robot, olvidó la misión, olvidó la fisura temporal y a Lily y a Marina y todo lo demás.

Solo sintió.

Y esa fue la primera vez que Renty supo, con certeza absoluta, que estaba roto.

Pero también fue la primera vez que no le importó.

Capítulo 2: El collar

El restaurante se llamaba El Mirador, pero nadie miraba nada excepto sus propios platos.

Estaba lleno. Familias, parejas, hombres de negocios solitarios con corbata y mirada perdida. El camarero, un joven de unos veintiséis años con rostro aristocrático y sonrisa de propina fácil, se acercó a la mesa de la rubia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.