Capítulo 12. La rutina feliz
Seis meses después de aquel viaje a la isla estrellada, la vida en La Habana había adquirido un ritmo suave y constante.
Marina se levantaba cada mañana a las seis, preparaba café cubano y se sentaba en el balcón a escribir. Su segundo libro, esta vez una novela inspirada en las historias de su abuela, crecía página a página.
Jorge abría el restaurante «Estrella de Mar» al mediodía. El local, pintado de azul y blanco, se había vuelto un punto de encuentro para los vecinos del barrio. Servía pescado fresco, arroz con frijoles negros y, los fines de semana, cantaba salsa con sus amigos Daniel y Mario.
Lily iba a una escuela común. Aunque sus poderes seguían desarrollándose, aprendió a ocultarlos con la ayuda de la joven profesora que envió Yahún. Por las tardes, entrenaba en secreto en el jardín trasero, moviendo piedras y haciendo flotar el agua de la manguera.
—Mamá, ¿algún día podré mostrárselo a mis amigos? —preguntó una noche.
—Algún día —respondió Marina con una sonrisa—. Cuando estés lista.
Yahún visitaba cada dos meses. Renti se había mudado a una isla del Caribe con su novia, pero mantenía videollamadas semanales. La familia seguía unida, aunque a distancia.
Capítulo 13. La herencia de Talía
Una tarde de lluvia recibieron una llamada inesperada. Talía, la madre de Jorge, había sufrido un desmayo. La llevaron al hospital y los médicos diagnosticaron una arritmia que requería cirugía.
Jorge y Marina viajaron a la casa familiar. Allí, en la gran sala de tres pisos, se reencontraron con el padre de Jorge, un hombre callado y bondadoso que trabajaba como arquitecto.
—Tu madre siempre fue fuerte —dijo el padre, secándose una lágrima—. Pero la edad no perdona.
La operación fue un éxito. Durante la convalecencia, Talía llamó a Marina a su habitación.
—Quiero que sepas algo —le dijo con voz débil pero firme—. Al principio no confiaba en ti. Pensé que eras una aventura más de mi hijo. Pero me equivoqué. Eres la mejor mujer que pudo encontrar.
Le entregó un collar de perlas antiguo, herencia familiar.
—Cuídalo. Y cuida a Jorge y a Lily.
Marina aceptó el collar con lágrimas en los ojos. Desde ese día, lo llevó siempre puesto.
Capítulo 14. El taller de Lily
La profesora especial, llamada Valeria, llegó desde Australia con nuevos métodos. No solo enseñaba a controlar la energía, sino también a entender su origen.
—Los poderes no son magia —explicaba Valeria—. Son una extensión de la conciencia. Lily puede mover objetos porque su mente percibe la materia como algo fluido.
Marina asistía a las sesiones como observadora. Pronto descubrió que ella también tenía una pequeña capacidad: podía percibir emociones ajenas con solo tocar una mano. Era débil, pero real.
—¿Siempre lo tuviste? —preguntó Lily sorprendida.
—Nunca lo supe —respondió Marina—. Tal vez lo heredaste de mí.
Esa noche, madre e hija practicaron juntas en el jardín, bajo la luz de la luna. Jorge los veía desde la ventana, con una mezcla de orgullo y ternura.
Capítulo 15. El regreso de Renti
Un año después, Renti reapareció en La Habana. Había terminado su relación con la chica misteriosa y necesitaba un lugar para recomenzar.
—¿Puedo quedarme unos días? —preguntó con su voz grave de siempre.
Marina le ofreció el sofá del apartamento, pero pronto Renti encontró un pequeño local cerca del restaurante de Jorge y abrió una tienda de tecnología reparando viejas computadoras y teléfonos.
Se reencontró con Yahún en una videollamada, y la amistad revivió como si el tiempo no hubiera pasado.
—Eres un tonto —le dijo Yahún riendo—. Pero bienvenido a casa.
Renti se convirtió en el tío tecnológico de Lily, enseñándole robótica básica. Juntos construyeron una pequeña abeja robot similar a la que él le regaló a Marina años atrás, pero mejorada.
Capítulo 16. El festival de cine
El documental que Marina planeaba filmar al llegar a Cuba seguía siendo un sueño pendiente. Un día recibió un correo inesperado: un festival de cine independiente en La Habana ofrecía un taller para cineastas extranjeros.
Marina se inscribió. Durante tres semanas aprendió a editar, grabar y producir. Al final del taller, presentó un cortometraje de cinco minutos titulado «La estrella de mar», que narraba la historia de una mujer que supera un accidente gracias al amor de un hombre y su hija.
El corto ganó el segundo premio. Marina subió al escenario a recogerlo y vio entre el público a Jorge, Lily, Renti y Yahún (que había viajado desde Australia para sorprenderla).
—Esto va por ustedes —dijo con la voz entrecortada.
Fue su primer reconocimiento público. No sería el último.
Capítulo 17. La adolescencia de Lily
Lily cumplió trece años. Su cuerpo cambiaba y sus poderes también. Ahora podía no solo mover objetos, sino también crear pequeñas esferas de luz que iluminaban habitaciones enteras.
Pero con el poder vino la rebeldía. Lily empezó a cuestionar por qué debía ocultarse.
—¿Por qué no puedo ayudar a la gente con esto? —protestó un día—. Podría iluminar casas sin electricidad, mover escombros en desastres…
—Porque el mundo no está preparado —respondió Marina, recordando su propio miedo inicial.
Jorge intervino con calma:
—Cuando seas mayor, decidirás. Por ahora, confía en nosotros.
Lily aceptó a regañadientes. Esa noche, Marina la encontró llorando en su habitación. La abrazó fuerte y le susurró:
—Ser especial duele a veces. Pero nunca estarás sola.
Capítulo 18. Boda en la playa
Jorge y Marina nunca habían tenido una ceremonia formal. Vivían juntos, criaban a Lily, pero el matrimonio legal seguía sin celebrarse.
Una mañana, Jorge despertó a Marina con un desayuno en la cama y un anillo nuevo (el original se había perdido en el accidente).
—Casémonos —dijo simplemente.