El enorme letrero de cristal templado en la entrada principal lo dejaba claro en letras plateadas: Dricted. Un lugar con renombre internacional, conocido por ser donde nacen las verdaderas modelos y los diseñadores más brillantes de la industria. En Dricted no se aceptaba el "intento"; se exigía la excelencia.
Y en el centro de ese imperio estaba Jaqueline.
Aquella tarde, el salón principal de modelaje estaba envuelto en una tensión casi palpable. Las paredes cubiertas de espejos de piso a techo duplicaban cada error, cada paso en falso y cada gota de sudor de las jóvenes aspirantes. La música de fondo, un ritmo electrónico lento y marcado, dictaba el paso de la pasarela, pero ninguna lograba alcanzar el estándar.
Jaqueline caminaba alrededor de ellas como una pantera vigilando a su presa. Vestía un traje sastre negro impecable que estilizaba aún más su figura, y el cabello perfectamente recogido. Sus ojos, fríos y analíticos, no dejaban pasar ni el más mínimo detalle: un hombro caído, una mirada dubitativa, un titubeo en el tacón.
De pronto, se detuvo en seco en medio de la pista. Levantó una mano y la música se cortó de inmediato, dejando un silencio tenso en el salón.
—Chicas, ¿qué les pasa? —su voz resonó, firme, segura y cargada de una desaprobación evidente—. No saben ni mantenerse rectas y ¿así quieren ser modelos? Tomen un descanso de diez minutos.
Las estudiantes parecieron revivir al escuchar la orden. Algunas se dejaron caer en las bancas laterales exhalando suspiros de alivio, mientras compartían miradas de frustración. Jaqueline no les gritaba, pero su tono severo dolía más que cualquier insulto. Para ella, el modelaje no era solo caminar; era dominar la pasarela.
Mientras las chicas se hidrataban y masajeaban sus pies adoloridos por los tacones de quince centímetros, Jaqueline se acercó a la mesa de control. Una de sus asistentes le entregó una tableta con los bocetos de la nueva colección de alta costura que ella misma estaba terminando de diseñar.
A sus veinte años, Jaqueline no solo entrenaba cuerpos; creaba el arte que esos cuerpos debían portar.
—Maestra Jaqueline... —murmuró la asistente con timidez, entregándole también una carpeta de cuero negro—. Llegó esto de la oficina central. Es la propuesta de patrocinio para la Gala de Invierno.
Jaqueline tomó la carpeta sin mirarla a los ojos. Su personalidad arrogante y distante hacía que todos en Dricted mantuvieran su distancia. No buscaba hacer amigas; buscaba crear profesionales.
Al abrir la carpeta, sus ojos recorrieron los detalles del contrato. Para que su nueva colección viera la luz en el evento más importante del año, Dricted necesitaba la firma del director del conglomerado financiero más poderoso del país. Un hombre implacable, conocido por su disciplina militar en los negocios.
El nombre del ejecutivo brillaba en letras oscuras al pie de la página: Dante.
Jaqueline cerró la carpeta con un golpe seco.
Se dio la vuelta y miró de nuevo hacia el espejo, observando a las chicas que ya se ponían en pie.
—El tiempo terminó —anunció Jaqueline, cruzando los brazos con esa misma postura seria—. Posiciones. Y esta vez, quiero ver reinas en mi pasarela, no aficionadas.
El destino ya había comenzado a moverse, y Jaqueline acababa de aceptar, sin saberlo, el primer enlace que la traería de vuelta a los hombres que juraron no olvidarla.
—Quiero verlas triunfar entendido—
Editado: 06.06.2026