A la sombra de lo que brilla

Cap 4 problemas

La mañana empezó temprano.

La casa aún conservaba ese silencio suave de las primeras horas, pero ya había movimiento.

En la cocina, Dalila estaba apoyada en la encimera con una taza de café entre las manos. Vestida, lista, pero todavía presente.

Ariadna apareció unos segundos después, revisando algo en su celular.

—¿A qué hora te recogen? —preguntó.

—En quince minutos.

—Bien.

Dalila la miró de reojo.

—¿Nerviosa por el videoclip?

Ariadna soltó una pequeña risa.

—Un poco.

—Eso es bueno.

Hubo un silencio breve.

Tranquilo.

De esos que no incomodan.

Lucía pasó por el fondo, acomodando algunas cosas. Llevaba ya un tiempo trabajando con ellas. No solo ayudaba con la casa; en días como ese, cuando todo se cruzaba y ninguna podía estar, se quedaba para asegurarse de que Alba no estuviera sola.

Era española, de acento marcado, y aunque entendía bastante, el inglés todavía se le escapaba en momentos rápidos o complicados. Aun así, siempre estaba atenta.

Siempre presente.

Dalila dejó la taza.

—Lucía.

Ella volteó enseguida.

—¿Sí?

Dalila sonrió apenas.

—Hoy vamos a estar fuera casi todo el día.

—Sí, sí, yo estoy aquí.

Ariadna levantó la mirada.

—Alba sale más tarde a la universidad.

Lucía asintió.

—Yo la veo.

Dalila caminó un par de pasos hacia ella.

—Por favor… cuida a nuestra hermanita, ¿sí?

Lucía sonrió con calidez.

—Claro que sí. No te preocupes.

Ariadna añadió, con una media sonrisa:

—Cualquier cosa, nos llamas.

—Sí… yo llamo.

Dalila tomó su bolso.

—Confío en ti.

Lucía hizo un gesto suave con la cabeza.

—Todo bien.

Dalila salió primero.

Ariadna la siguió unos minutos después.

La casa quedó en silencio.

Solo el sonido de los pasos de Lucía, ordenando, acomodando, dejando todo en su sitio.

Alba bajó más tarde.

—Me voy.

—Vale —respondió Lucía desde la cocina—. Que te vaya bien.

Alba no respondió.

Solo salió.

La universidad estaba llena.

Demasiado ruido.

Demasiadas voces.

Alba caminaba sin mirar a nadie.

Se sentó.

Intentó concentrarse.

No lo logró.

—Oye…

Alzó la mirada.

Una chica.

Nueva.

—¿Sí?

—Perdón… es que creo que eres tú, ¿no?

Alba frunció ligeramente el ceño.

—¿Yo qué?

—¿No eres la hermana de…?

Dudó.

—Ariadna y Dalila.

Alba sostuvo la mirada un segundo.

—Sí.

Seco.

Corto.

La chica sonrió, con curiosidad genuina.

—Lo sabía. Las vi en una entrevista.

Alba desvió la mirada.

—Ajá.

—Debe ser increíble tener hermanas así.

Silencio.

Algo se tensó.

—¿Qué?

La chica parpadeó.

—No, solo decía que—

—¿Qué tiene de increíble?

El tono cambió.

—Oye, tranquila, yo—

—¿Qué sabes tú?

Algunos empezaron a mirar.

—No era mi intención molestarte—

Alba se levantó.

—Pues lo estás haciendo.

—Solo quería hablar—

—Pues no lo hagas.

Y entonces la empujó.

La chica perdió el equilibrio.

—¡Oye!

Después vino todo rápido.

Un golpe.

Otro.

Manos separándolas.

Gritos.

—¡Basta!

La alejaron.

La otra chica con rasguños.

Alba, en silencio.

Respirando fuerte.

Oficina.

Preguntas.

Sin respuestas.

El teléfono sonó en la casa.

Lucía dudó antes de contestar.

—¿Hola?

Inglés rápido.

Demasiado.

Lucía frunció el ceño.

—Sorry… más despacio, por favor…

Intentó seguir.

“University”

“Problem”

“Alba”

“Come”

Su expresión cambió.

—Sí… sí, voy.

Colgó.

—Ay, Dios…

Tomó su bolso y salió apresurada.

En la universidad, todo era confuso.

Le explicaron algo.

No todo.

Pero suficiente.

Y entonces vio a Alba.

Sentada.

Callada.

Y más allá…

La otra chica.

Con marcas.

Lucía se quedó inmóvil un segundo.

—Alba…

Alba levantó la mirada.

—¿Ya nos vamos?

Lucía dudó.

—Sí… sí, vámonos.

No preguntó.

No ahí.

La noche cayó pesada.

Dalila llegó primero.

—¿Lucía?

—Estoy aquí.

Su voz sonaba distinta.

—¿Todo bien?

Lucía dudó.

—Cuando llegue Ariadna… hablamos.

Dalila frunció el ceño.

Ariadna llegó más tarde.

—¿Qué pasa?

Lucía las miró.

—¿Se pueden sentar?

La cena ya estaba lista.

Pero nadie tenía hambre.

Se sentaron.

—Hoy llamaron de la universidad…

Silencio.

—Hubo un problema…

Ariadna se tensó.

—¿Alba está bien?

Lucía asintió.

—Sí… pero…

Pausa.

—Ella… fue quien golpeó a otra chica.

Silencio absoluto.

—No… —murmuró Ariadna.

Dalila no habló de inmediato.

—¿Por qué haría eso?

Lucía negó.

—No sé…

Miraron el pasillo.

La puerta cerrada.

Nadie fue.

Más tarde, en su habitación, Ariadna estaba sentada en la cama.

Pensando.

El celular vibró.

—Esmeralda.

—Hola.

—Hola… oye, te llamaba por un proyecto…

Le habló de su marca.

Ariadna aceptó.

Pero estaba distraída.

—¿Todo bien?

Ariadna dudó.

—Alba tuvo un problema hoy…

Le contó.

Silencio.

—No quiero juzgar… —dijo Esmeralda— pero cuando estuve en tu casa…

Pausa.

—Sentí que algo no estaba bien.

Ariadna bajó la mirada.

—¿Cómo que no?

—Como si estuviera enojada… o frustrada.

Silencio.

—Tal vez deberías hablar con ella.

Ariadna miró hacia la puerta.

—Sí…

Pero no se movió.

La casa quedó en silencio.

Y la puerta de Alba…

siguió cerrada.




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