La mañana no empezó bien.
No había gritos, ni discusiones…
pero el silencio era distinto.
Pesado.
Incómodo.
Alba bajó sin saludar. Tomó un vaso de agua y ni siquiera miró a sus hermanas.
Ariadna estaba en la mesa, con el celular en la mano, pero no estaba viendo nada.
Dalila sí la miraba.
Atenta.
Midiendo cada gesto.
—¿Vas a ir hoy? —preguntó Ariadna, con cuidado.
Alba no levantó la mirada.
—Sí.
Corto.
—Podemos hablar un momento antes de que te vayas —añadió Ariadna.
Alba soltó el vaso en la encimera, un poco más fuerte de lo necesario.
—No tengo ganas.
Silencio.
Dalila cruzó los brazos.
—No es opcional.
Alba la miró por primera vez.
—Para mí sí.
Y tomó su mochila.
—Llego más tarde.
—Alba—intentó Ariadna.
Pero la puerta ya se había cerrado.
El silencio volvió.
Más pesado que antes.
Dalila suspiró.
—No me gusta nada esto.
Ariadna negó, despacio.
—A mí tampoco.
Se miraron.
Y sin decirlo directamente, ambas lo pensaron al mismo tiempo.
—Cancelo hoy —dijo Dalila.
—Yo también.
—No la podemos dejar sola así.
—No.
La casa se sintió distinta sin la prisa.
Más lenta.
Más viva.
Ariadna puso música. Primero suave… luego un poco más fuerte.
Cantaba casi sin darse cuenta, moviéndose por la sala.
Dalila estaba sentada en el sofá con su laptop, revisando contratos, respondiendo correos, hablando con su manager por mensajes de voz.
—No, eso no me convence… —murmuraba—. Cambien la propuesta.
Ariadna pasó por detrás de ella girando, como si estuviera en un escenario.
—¿Otra vez negociando?
—Alguien tiene que hacerlo.
—Qué aburrida eres.
Dalila levantó la mirada.
—Y tú qué, ¿ensayando para tu videoclip en la sala?
Ariadna hizo una pequeña reverencia exagerada.
—Siempre lista.
Dalila soltó una risa.
—Ven.
—¿Qué?
—Canta algo.
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
Ariadna dudó un segundo… pero tomó el control de la música.
—Pero tú también.
—Ni loca.
—Dalila.
—Ariadna.
—Dalila.
—…
—Dalila.
—Está bien, pero no me grabes.
—No prometo nada.
Minutos después, estaban riéndose.
Cantando mal a propósito.
Burlándose una de la otra.
—¡Te estás desafinando horrible!
—¡Cállate, tú ni llegas a la nota!
—¡Claro que sí!
—¡No!
Lucía apareció en la puerta con una bandeja.
—Os hice limonada…
Se quedó mirándolas, sonriendo.
—Estáis locas.
Dalila se dejó caer en el sofá.
—Un poco.
Ariadna tomó un vaso.
—Gracias, Lucía.
—De nada, cariño.
Por un momento…
todo parecía normal.
—¿Qué hora es? —preguntó Dalila.
Ariadna miró su celular.
—Ya debería estar saliendo.
Silencio.
—Vamos por ella —dijo Dalila.
Ariadna asintió.
—Sí.
La universidad estaba llena.
Como siempre.
Pero cuando ellas bajaron del coche…
todo cambió.
—¡Es Ariadna!
—¡Y Dalila!
—¿Una foto?
—¡Por favor!
Se acercaron.
Sonrieron.
Se tomaron fotos.
Respondieron rápido.
Pero no estaban realmente ahí.
Buscaban a alguien.
—Disculpen…
Una voz más firme.
Una mujer.
—¿Podemos hablar un momento?
El tono cambió todo.
Dalila y Ariadna se miraron.
—Claro —respondió Dalila.
La oficina era fría.
Demasiado ordenada.
—Su hermana… Alba… —empezó la directora— ha tenido otro incidente hoy.
Silencio.
Ariadna se tensó.
—¿Otro?
—Sí.
La directora juntó las manos.
—Esta vez fue con una profesora.
Eso hizo que ambas reaccionaran.
—¿Con una profesora? —repitió Dalila.
—La empujó.
Silencio.
—No fue una agresión mayor, pero sí un comportamiento inaceptable.
Ariadna negó, en voz baja.
—No…
—Entenderán que esto… —continuó la directora— es grave.
Pausa.
—Si este comportamiento continúa… tendremos que considerar su suspensión… o incluso su expulsión.
Silencio.
Pesado.
—¿Dónde está? —preguntó Dalila.
—Afuera.
Alba estaba apoyada contra la pared.
Como si nada.
—Vámonos —dijo apenas las vio.
Ariadna la miró.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Esto no es nada —dijo Dalila, firme.
Alba rodó los ojos.
—Ya, por favor.
—Empujaste a una profesora —insistió Dalila.
—Me tocó primero.
—Eso no justifica nada.
—Para mí sí.
Silencio.
—Sube al coche —dijo Dalila.
El camino de regreso fue mudo.
Nadie dijo nada.
Nadie sabía qué decir.
—¿Qué está pasando contigo? —preguntó Ariadna apenas entraron a la casa.
Alba dejó su bolso.
—Nada.
—No es nada —respondió Dalila.
—Para ustedes nunca es nada.
—Estamos intentando entenderte —dijo Ariadna.
—No, están intentando controlarme.
Silencio.
—No es eso—intentó Ariadna.
—Estoy harta.
La frase cayó pesada.
—¿Harta de qué? —preguntó Ariadna, más bajo.
Alba la miró.
Directo.
—De ustedes.
Silencio absoluto.
—¿De nosotras? —repitió Ariadna.
—Sí.
Dalila apretó la mandíbula.
—Increíble.
—¿Qué cosa? —respondió Alba.
—Todo lo que hacemos por ti.
—Yo no les pedí nada.
Eso dolió.
De verdad.
Ariadna no respondió.
No pudo.
—Déjenme en paz —añadió Alba.
Y se fue.
Cerrando la puerta.
En su cuarto, el silencio era distinto.
Más denso.
Alba se dejó caer en la cama.
Tomó el celular.
Videos.
Fotos.
Comentarios.
“Las amo”
“Son perfectas”
“Las mejores”
Su expresión no cambió.