La casa estaba en movimiento.
En la cocina, Lucía se movía con soltura entre ollas y utensilios, concentrada en la cena.
—Hoy sí comen bien —murmuró—. Nada de saltarse comidas.
Arriba, Ariadna se miraba al espejo, terminando de arreglarse. Natural, pero especial. Había algo en su expresión… ligero.
Su celular vibró.
Amadeo: Estoy afuera.
Ariadna sonrió.
—Alba —llamó—, ¿puedes abrirle? Ya bajo.
—Sí… —respondió sin ganas.
Lucía asomó la cabeza.
—¿Ya llegó?
—Sí, pero estoy terminando. Alba abre.
—Vale.
Alba abrió la puerta.
Y lo primero que pensó fue que su hermana tenía suerte.
Amadeo estaba ahí, con flores, tranquilo, elegante sin esfuerzo.
—Hola.
—Pasa.
Lo llevó a la sala.
Desde la cocina, Lucía los observó de reojo.
Algo no le encajó.
—Ariadna baja en un momento —dijo Alba, dejándose caer en el sofá.
Amadeo asintió.
—No hay problema.
Alba lo miró directamente.
—No sabía que Ariadna tenía tan buen gusto.
—Ariadna tiene buen gusto en muchas cosas.
Ella sonrió.
Se inclinó un poco hacia él.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Correcto… distante.
—Depende.
Alba se levantó, caminando alrededor de él.
—A mí me gustan más las personas que no siguen tanto las reglas.
Se acercó.
Demasiado.
—¿No te aburre ser tan… perfecto?
Amadeo dio un paso atrás, sin perder la calma.
—Prefiero ser claro.
Silencio.
Alba lo sostuvo con la mirada… pero esta vez no insistió más.
—Interesante.
—Perdón, me tardé.
Ariadna bajó.
Y todo cambió.
—Valió la pena —dijo Amadeo.
Ella sonrió.
—Gracias.
Tomó las flores.
—Yo también voy a salir —dijo Alba de pronto.
—¿Ahora? —preguntó Ariadna.
—Sí.
—¿Quieres que te llevemos?
—No.
—¿Necesitas dinero?
—No.
Cortante.
El ambiente se tensó apenas.
—Ten cuidado —añadió Ariadna.
Alba ya iba saliendo.
—Sí, como sea.
La puerta se cerró.
Ariadna suspiró.
—Últimamente está… distinta.
—Se nota —dijo Amadeo.
—No sé qué le pasa.
Él pensó un momento.
—A veces… la gente está peleando cosas que no dice.
Ariadna lo miró.
—Sí… pero es mi hermana.
—Lo sé.
Pausa.
—Pero no todo depende de ti.
Ariadna asintió, suave.
—Vamos.
—Vamos.
Dalila estaba en el restaurante, pero no estaba ahí.
Escuchaba.
Respondía.
Negociaba.
Tenía una copa en la mano.
Nada más.
—Entonces cerramos esto para el próximo mes —dijo alguien.
—Perfecto —respondió ella.
La comida frente a ella seguía intacta.
Hablar tanto no dejaba espacio para disfrutar nada.
Solo bebió.
Al llegar a casa, se quitó los tacones.
—Lucía, ya llegué.
—Aquí estoy.
—¿Hay algo de comer?
—Claro.
Dalila suspiró.
—Hoy solo hablé… ni comí.
—Eso no está bien.
—Lo sé.
Más tarde, ya en su cuarto, se desmaquilló.
Se miró.
Simple.
Real.
Se puso la pijama y se dejó caer en la cama.
—Un día más brillando… aunque cueste.
Cerró los ojos.
La ciudad seguía viva.
Alba caminaba sin rumbo claro.
Entró a una cafetería.
Se sentó.
Y entonces lo vio.
Un chico.
Leyendo.
Tranquilo.
Diferente.
Él levantó la mirada.
Y se acercó.
—Perdón… ¿te molesta si me siento?
—Sí.
Pausa.
—…no.
Se sentó.
—Gracias.
—Solo quería decir que eres muy bonita.
—No necesito que me lo digan.
—Entonces lo retiro.
Se levantó.
—Espera.
Se detuvo.
—Perdón… no era contigo.
—Se nota.
Volvió a sentarse.
—Estaba teniendo un mal día.
—Yo estaba teniendo un buen libro.
Alba lo miró.
—¿De qué trata?
—Benjamín.
—Alba.
Él no reaccionó.
No la reconoció.
Y eso… le gustó.
Hablaron.
Sin presión.
Sin expectativas.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Qué te gusta?
Alba dudó.
—No sé.
—Eso también es válido.
Ella miró la mesa.
—Supongo que… salir. Estar fuera de casa.
—¿No te gusta tu casa?
Alba hizo una pausa.
—Es… complicada.
No dio más.
—¿Familia? —preguntó él, con cuidado.
Alba asintió.
—Sí.
Silencio breve.
—Ya sabes… —añadió, encogiéndose de hombros— cosas de familia.
Nada específico.
Nada profundo.
Pero suficiente para entender que algo no estaba bien.
Benjamín no insistió.
—Todos tenemos algo así.
Alba lo miró.
—¿Tú también?
—Sí… pero aprendí a no cargarlo todo el tiempo.
Esa frase se le quedó.
Salieron después.
Caminaron.
Sin prisa.
Alba se detuvo frente a una vitrina.
Se miró.
Y pensó:
“Aquí… no soy la hermana de nadie.”
Y esta vez…
no tuvo que explicarle eso a nadie.
Ni siquiera a él.