La mañana comenzó tranquila.
La luz entraba suave por las ventanas, y la casa todavía estaba en silencio.
Ariadna ya estaba en la cocina, con una taza de café entre las manos, revisando algo en su celular.
—Hoy trabajo en la tarde —comentó—. Pero mañana por fin descanso.
Lucía asintió desde la encimera.
—Ya era hora.
El sonido de pasos más firmes llamó su atención.
Dalila bajó.
Pero no como de costumbre.
Ya estaba completamente arreglada.
Cabello peinado con cuidado, maquillaje suave, ropa perfectamente elegida. Lista para salir.
Ariadna alzó una ceja, divertida.
—¿Desde cuándo te arreglas así para un desayuno?
Dalila tomó una taza y se sirvió café.
—No es solo desayuno —respondió—. Voy a pasar el día con Rubí.
—¿Todo el día?
—Sí. Empezamos con desayuno, luego compras… lo típico.
Ariadna sonrió.
—Rubí… hace años que no la veo.
—Sigue igual —dijo Dalila—. Bueno, más intensa ahora que estudia psicología.
Ariadna soltó una pequeña risa.
—Siempre le gustó analizar a todo el mundo.
—Y lo sigue haciendo.
Dalila dio un pequeño sorbo.
—Le das saludos de mi parte.
—Claro.
Alba bajó en ese momento.
Sin saludar.
Sin mirar.
Abrió el refrigerador.
—Buenos días —intentó Ariadna.
—Mmm.
Ni siquiera volteó.
Ariadna insistió.
—Voy a estar en casa en la mañana, si quieres hacemos algo juntas antes de que me vaya—
—No.
Cortante.
Dalila la miró, molesta.
—No le hagas caso —murmuró—. Está insoportable.
Alba cerró la puerta con un poco más de fuerza.
—No te metas.
—Entonces deja de actuar así.
El aire se tensó.
Ariadna intervino.
—Ya… déjenlo.
Alba simplemente se dio la vuelta y subió.
En su habitación, se dejó caer en la cama.
Miró el techo unos segundos.
Luego tomó el celular.
El chat seguía abierto.
Había ignorado el mensaje desde la noche anterior.
Frunció el ceño… y respondió:
Alba: Sí.
No tardó.
Benjamín: Bien.
Alba hizo una pequeña mueca.
—¿Eso es todo?
Escribió otra vez.
Alba: ¿Qué haces?
Benjamín: Leyendo.
Alba: ¿Siempre haces eso?
Benjamín: Sí.
Pausa.
Benjamín: ¿Quieres salir hoy?
Alba dudó.
Miró hacia la puerta.
Pensó en lo de abajo.
En sus hermanas.
En el ambiente.
Volvió al chat.
Alba: Tal vez.
Se quedó mirando la pantalla unos segundos más de lo necesario.
En la cocina, el silencio seguía presente.
Dalila dejó la taza sobre la mesa.
—No puedes seguir diciéndome “déjalo” cada vez que pasa esto.
Ariadna levantó la mirada.
—Dalila…
—No, escúchame —dijo, firme—. No es solo la adolescencia.
Pausa.
—Ya es falta de respeto.
Ariadna suspiró.
—Está pasando por una etapa—
—No —la interrumpió—. Nos habla mal. A las dos.
Silencio.
—Pero sobre todo a ti.
Ariadna bajó la mirada.
Dalila suavizó apenas el tono.
—Nosotras no le hemos hecho nada para que sea así.
No hubo respuesta.
—Solo digo que no podemos dejar pasar todo —continuó—. Tarde o temprano van a tener que venir consecuencias… de nuestra parte.
Pausa.
—Tú sabes cómo soy —añadió—. Por las buenas, soy muy buena… pero por las malas, no tanto.
El silencio se hizo más pesado.
Dalila respiró hondo.
Se calmó.
Se acercó.
—Ya me voy.
Ariadna asintió.
—Cuídate.
Dalila le dio un beso en la mejilla.
Luego un abrazo corto.
—Nos vemos en la noche.
—Diviértete.
—Siempre.
Y salió.
La noche cayó suave sobre la ciudad.
El café estaba tranquilo.
Benjamín ya estaba ahí cuando Alba llegó.
—Pensé que no vendrías.
—Yo también.
Se sentó frente a él.
Hablaron poco.
Sin presión.
—Mi familia es complicada —dijo Alba en algún momento.
Pero no explicó más.
Benjamín asintió.
—La mayoría lo es.
No insistió.
Una chica se acercó.
Alta. Segura. Naturalmente atractiva.
—Benja —sonrió—. ¿Cuánto tiempo?
Él levantó la mirada.
—Hola.
Se saludaron con familiaridad.
Nada exagerado.
Pero suficiente.
Alba observó.
Más de lo normal.
Siguió cada gesto.
La sonrisa.
La confianza.
Y ese pensamiento que apareció sin permiso:
Es más bonita que yo.
—Luego hablamos —dijo la chica antes de irse.
—Claro.
Alba tomó su taza.
Pero ya no estaba relajada.
—¿La conoces? —preguntó, intentando sonar indiferente.
—Sí.
—¿De dónde?
Él la miró un segundo, curioso.
—De hace tiempo.
—¿Hace tiempo cuánto?
Pequeña pausa.
Benjamín sonrió apenas.
—Eso sonó a interrogatorio.
Alba desvió la mirada.
—No es eso.
—Un poco sí.
Silencio.
—Solo preguntaba —añadió, más seca.
—Ajá.
Él se apoyó un poco hacia adelante.
—¿Te molestó?
—No.
Demasiado rápido.
Él sonrió.
—Claro.
Alba frunció el ceño.
—No me molestó.
—Entonces no habría cambiado tu cara.
Eso la hizo callar.
—Eso quiere decir que sí te gusté un poco —añadió él, con suavidad.
—No.
—Sí.
—No.
—Admítelo.
Alba desvió la mirada.
—No es eso…
—¿Entonces qué es?
No respondió.
Él se inclinó un poco.
Con calma.
Le tomó suavemente el mentón.
—Un poco.
Alba no se apartó.
No lo detuvo.
Se acercaron.
Lento.
Sin prisa.
Sus narices rozaron apenas.