A la sombra de lo que brilla

Cap 8

La cena estaba tranquila, envuelta en la iluminación suave del restaurante. Frente a ella, Ethan Visconti sonreía con esa elegancia natural que no requería ningún esfuerzo.

—Y pues, eso es lo que estoy hablando —dijo Dalila, dándole un sorbo a su copa—. Al parecer, la colaboración que hicimos para San Valentín fue un éxito rotundo. Las fotos quedaron preciosas.

—Sí, me enteré esta mañana —respondió Ethan, apoyando los brazos en la mesa—. El mánager estaba como loco con las interacciones en redes. Aunque, siendo honesto, yo no esperaba que esto fuera así cuando empecé.

Dalila alzó una ceja, interesada.

—¿Ah, no? ¿Cómo empezaste?

—Por pura casualidad —admitió él con una sonrisa ligera, sin una pizca de arrogancia—. Yo empecé con el modelaje hace unos años. Al principio ni siquiera me llamaba la atención, de verdad. Pero mucha gente alrededor me animaba a intentarlo. En ese tiempo, mi familia pasó por una crisis económica muy fuerte. Todo se complicó. Así que un día me miré al espejo y dije: “Bueno, ya que estoy pasando todo esto, no tengo realmente nada más que perder, ¿por qué no intentarlo?”.

Dalila lo escuchaba fascinada. Había una honestidad tan pura en su voz que la hacía sentirse profundamente identificada. Le recordó de inmediato a las noches en vela del pasado, a la muerte de sus padres y a la absoluta falta de opciones que ella y Ariadna tuvieron en su momento para salir adelante.

—Y funcionó —dijo Dalila de inmediato.

—Sí, pum, me pusieron en una campaña y despegó. Tuve mucha suerte, reconozco que la tuve, pero no me vanaglorio de eso. En este mundo de la moda nada es seguro. Hoy estás arriba y mañana nadie se acuerda de ti. Por eso, en cuanto tenga un poco más de dinero ahorrado, me gustaría invertir en algo propio. Perfumes o accesorios para hombre. Algo que sea mío y no dependa de si mi rostro sigue siendo útil para las marcas o no.

Dalila sonrió de verdad, sintiendo una calidez en el pecho que hacía mucho no experimentaba con nadie en la industria.

—Te entiendo perfectamente —le dijo ella, acomodándose en la silla—. Yo empecé en certámenes de belleza cuando llegamos a Los Ángeles, ¿sabes? Pero no me iba tan bien. Sentía que insistía en un camino que no avanzaba. Así que me dije: “Bueno, ¿por qué no me voy por otro mundo?”. Y me pasé al modelaje comercial. Hay que saber moverse antes de que el medio te coma.

Ethan la miró fijamente a los ojos, con una sonrisa ladeada y sincera.

—Pues no sé por qué no te fue bien en los certámenes de belleza —le dijo en un tono suave pero firme—. Creo que los jueces eran unos idiotas.

Dalila sintió que las mejillas se le calentaban un poco, pero le sostuvo la mirada, disfrutando del momento. La cena fluyó sin presiones. Hablar con Ethan no se sentía como trabajo; se sentía como un refugio.

Cuando regresaron a la mansión, Ethan la dejó en la entrada como todo un caballero. Dalila entró a la casa con una sonrisa en los labios, quitándose los tacones en el vestíbulo. Pero la burbuja de paz se rompió en un segundo.

Desde la cocina se escuchaban voces alteradas.

—¡Es que no hay quien te entienda! —decía la voz cansada de Lucía, en su inglés con ese marcado acento español.

—¡Pues no me entiendas y ya está! ¡Nadie te pidió que te metas en mi vida! —le gritó Alba.

Dalila apretó los dientes, caminó a paso firme por el pasillo y entró a la cocina. Alba estaba de brazos cruzados, con el rostro encendido de rabia, mientras Lucía se sujetaba la cabeza, visiblemente pálida.

—¿Qué te pasa? —soltó Dalila, poniéndose en medio—. Ella no es tu criada. Es una persona que nos ayuda y tú no tienes por qué tratarla así. Porque déjame recordarte algo: más que a nosotras, Lucía te atiende y te acompaña más a ti porque eres la que más tiempo pasa en esta casa. ¡Ten un poco de respeto!

Alba la miró con desprecio, dando un paso al frente para empecharse con ella, intentando medir fuerzas.

—Sí, claro. Ya llegaste tú a presumir tu mundo perfecto —escupió Alba—. La gran Dalila Zaid viniendo a dar órdenes.

Pero Dalila no se achicó. Seguía siendo la hermana mayor, tenía más carácter, más control y una presencia que Alba todavía no podía doblegar. Sostuvo la mirada de su hermana menor con una frialdad implacable hasta que Alba, frustrada por no poder intimidarla, soltó un bufido, agarró su mochila y se fue a su habitación, cerrando la puerta de arriba con un golpe seco.

La cocina quedó en un silencio sepulcral. Lucía se había quedado muda, temblando un poco. Dalila suspiró profundamente y la miró con preocupación.

—Lucía, ¿qué pasó? ¿Estás bien?

Lucía negó con la cabeza, con los ojos vidriosos y esforzándose por hablar con claridad en inglés.

—Ay, señorita Dalila… es que hoy no me he estado sintiendo nada bien. Me dolía mucho el cuerpo. Por eso hice algo relativamente fácil para cenar, una sopa sencilla… pero a la niña no le gustó. Me tiró una mala contestación, yo le reclamé y ahí empezó la pelea hasta que llegaron a este punto.

Dalila sintió una oleada de indignación hacia Alba, pero se concentró en Lucía. Le tomó las manos con suavidad.

—Escúchame, si no te sientes bien, por favor acepta mi invitación y quédate hoy a dormir aquí en la casa, en una de las habitaciones de huéspedes. No quiero que manejes así. Y mañana mismo te tomas el día libre. Te vas al hospital a que te revisen o simplemente te quedas a relajarte, ¿vale? Nosotras nos encargamos de todo.

Lucía la miró con profunda gratitud.

—Gracias, señorita. De verdad… pero antes de irme a acostar, tengo que decirle algo. No me atrevo a decírselo a Ariadna porque sé cómo se pone, pero… se me quedó grabado.

—¿Qué pasa? —preguntó Dalila, notando el cambio de tono.

Lucía bajó la voz, mirando hacia el pasillo.

—El otro día… vi a Alba con el novio de Ariadna, con Amadeo, en la sala. Ariadna estaba arriba. Alba se le acercó de una forma… no sé cómo decirlo, señorita, pero no estuvo bien. Coqueteándole, muy cerca. Él se apartó, pero a mí me dio mala espina.




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