La mañana comenzó tranquila. La luz del sol entraba de forma suave por los grandes ventanales de la cocina, y la mansión todavía conservaba ese silencio agradable de las primeras horas del día.
Ariadna bajó las escaleras tarareando una melodía suelta, pero se detuvo en seco al entrar a la cocina. Se sorprendió por completo al ver a su hermana frente a la estufa.
—Oye, ¿qué haces cocinando? —preguntó Ariadna, divertida—. ¿Qué es esto de estar haciendo tú misma el desayuno?
Dalila volteó con una espátula en la mano y sonrió apenas, sirviendo unos huevos en un plato.
—Le di el día libre a Lucía —explicó—. Ayer llegó sintiéndose muy mal, le dolía todo el cuerpo. Así que decidí que lo mejor era que se tomara el día para descansar por completo.
Ariadna suavizó la expresión, conmovida.
—Ay, pobrecita… Espero que no sea nada grave. Menos mal que se quedó a dormir aquí.
—Sí, era lo mejor —asintió Dalila, sirviéndose un poco de jugo.
—Ay, pero ¿sabes lo que me comentó el otro día? —añadió Ariadna, acomodándose en la barra—. Me dijo que su hijo va a venir a visitarla desde España. Creo que llega en estos días, así que le va a venir de maravilla estar descansada.
—Ay, qué bueno por ella —respondió Dalila.
Al escuchar el nombre de Lucía, a Dalila se le vino a la mente, como un balde de agua fría, todo lo que la mujer le había confesado la noche anterior sobre Alba y Amadeo. El pecho se le apretó. Miró a Ariadna a los ojos y abrió la boca, decidida a contarle la verdad sobre lo que estaba intentando hacer su hermana menor, si no fuera porque el sonido de unos pasos apagó la conversación.
Alba entró a la cocina.
Se sentó en una de las banquetas de la barra sin saludar a nadie y sin mirar a sus hermanas, manteniendo su rostro neutro y distante de siempre.
Dalila la observó fijamente. No quería arruinar la mañana de Ariadna ni empezar otra discusión gritada en la cocina, así que apretó la mandíbula y decidió guardarse el secreto por ahora. Pero se la tenía jurada. No iba a dejar que Alba siguiera jugando con fuego.
Ariadna, intentando ignorar la mala vibra, rompió el hielo mientras terminaba de alistarse para salir.
—¿Y tú qué vas a hacer hoy? —le preguntó a Dalila, tomando su bolso.
—Bueno, en la mañana tengo una sesión de fotos para otra revista —respondió Dalila, acomodando los platos en el fregadero—. Y más tarde tengo una comida de negocios con Ariel.
—¿Ariel? —Ariadna alzó una ceja.
—Sí, el cantante de rap —explicó Dalila—. Al parecer, quiere hacer negocios conmigo. Me invitó porque le interesa que yo sea la modelo principal de su próximo videoclip. Todavía no hay nada confirmado, pero vamos a comer para hablar del concepto y ver si llegamos a un acuerdo. Después de eso regreso directo a la casa.
Dalila se apoyó en la barra y miró a su hermana mayor con curiosidad.
—Por cierto, ¿por qué llegaste tan tarde anoche?
Ariadna sonrió de oreja a oreja, una expresión de puro orgullo y felicidad iluminando su rostro.
—Es que la reunión se alargó. ¿Se acuerdan de la propuesta que envié? Bueno, pues me han dado el visto bueno para invertir en mi propia línea de maquillaje. Piensan que tengo ideas muy buenas y que va a ser un éxito.
—¡Eso es increíble! —dijo Dalila con genuina alegría.
—Sí, pero esa no es la mejor parte —añadió Ariadna, mirando a sus dos hermanas, aunque fijando sus ojos brillantes en Dalila—. Después de la reunión, fui a cenar con Amadeo… y ya somos pareja oficialmente. Me lo pidió anoche.
Dalila soltó una pequeña exclamación de sorpresa, se levantó de inmediato y la abrazó con fuerza, contagiada de su felicidad.
—¡Qué buena noticia! Se notaba a leguas que se gustaban —le dijo Dalila, rompiendo el abrazo con una sonrisa pícara—. El único reto va a ser un poco sus horarios, ya sabes cómo es la vida de una estrella de la música y el calendario de un jugador de fútbol americano. Van a estar de arriba a abajo, pero estoy segurísima de que lo van a poder superar.
—Gracias, de verdad… —empezó Ariadna, pero sus palabras fueron cortadas en seco.
Alba, que había estado escuchando todo en silencio, soltó una risa corta, cargada de sarcasmo. Tiró su tenedor sobre el plato con desprecio y soltó toda su maldad.
—Ay, pues yo no estaría tan tranquila —escupió Alba, mirando a Ariadna con una sonrisa burlona—. Ustedes saben bien cómo es ese mundo. Con esos horarios… seguro que entre los dos se van a terminar poniendo los cuernos. O bueno, hermanita, de ti no lo creo. Como eres tan buena con todo el mundo y amas con tanta profundidad, tú no serías capaz. Pero él… por favor. Con tanta actriz, tanta modelo o hasta porristas que tiene alrededor, posiblemente te pueda meter el cuerno en cualquier momento.
El ambiente en la cocina se congeló. Ariadna borró su sonrisa por completo, sintiendo el golpe directo en el pecho.
Dalila estalló. La furia le subió por el cuello y golpeó la barra con la mano.
—¿Pero qué te pasa? ¿A ti quién te cre—?
—Pues bueno, ya me tengo que ir —la cortó Alba bruscamente, levantándose de la barra sin dejar que Dalila terminara la frase.
Agarró su mochila del suelo, esquivó la mirada enfurecida de Dalila y la expresión herida de Ariadna, y salió de la cocina a paso rápido. La puerta principal de la mansión se cerró detrás de ella con un eco pesado.
El aire fresco de la tarde ayudó a que Alba pudiera respirar con normalidad. Caminó varias calles, dejando atrás el veneno de la casa, hasta que llegó a la pequeña plaza cerca de la cafetería de siempre.
Ahí estaba él.
Benjamín estaba sentado en una banca de madera, con las piernas cruzadas y un libro abierto sobre las rodillas. Llevaba una chaqueta de mezclilla ligera y parecía completamente ajeno al ruido del tráfico de Los Ángeles. Al escuchar los pasos de Alba, levantó la mirada y sus ojos se iluminaron con una calma que ella no encontraba en ningún otro lugar.