Habían pasado algunos días desde el tenso desayuno en la cocina, y aunque el ambiente en la mansión seguía un poco frío, la rutina de Los Ángeles no se detenía.
Esa tarde, Ariadna entró a la sala prácticamente radiante. Tenía el celular en la mano y una sonrisa de oreja a oreja que no podía ocultar con nada. Al ver a Alba sentada en el sofá, corrió hacia ella con entusiasmo.
—¡No te lo vas a creer! —exclamó Ariadna, dejándose caer a su lado—. ¡Hicimos sold out!
Alba levantó la mirada despacio, pestañeando con sorpresa.
—¿De qué hablas?
—Del concierto en el estadio —dijo Ariadna, mostrando la pantalla de su teléfono—. Las entradas para la nueva fecha salieron a la venta hace diez minutos y se agotaron por completo. ¡En cinco minutos, Alba! El promotor acaba de transferir el adelanto del cincuenta por ciento a mi cuenta. Sacamos una muy buena plata, de verdad. Es muchísimo dinero. Y con esto, ¡vamos a poder festejar a lo grande tu cumpleaños número veinte! ¡Ya dejas los diecinueve atrás! Quiero tirar la casa por la ventana, Alba. Te mereces una fiesta espectacular aquí en la mansión.
A los ojos de Alba se les abrió una chispa de ambición inmediata. La idea de una fiesta masiva, opulenta y llena de lujo le encantó. En su mente apareció de inmediato el rostro de Benjamín. Lejos de asustarse, vio la oportunidad perfecta para arrastrarlo a su terreno, presumirle la inmensa riqueza de su familia y demostrarle que ella podía ser el centro del universo.
—¡Me parece increíble! —dijo Alba, cambiando su actitud de golpe. Abrazó a Ariadna con una efusividad que hacía meses no mostraba, y luego hizo lo mismo con Dalila, que venía entrando a la sala—. Voy a hablar por teléfono, le voy a contar a mis amigas.
Alba se dio la vuelta y subió las escaleras corriendo, con el celular ya en la mano. Dalila la siguió con la mirada, cruzándose de brazos con un gesto de total escepticismo. En cuanto escuchó la puerta de arriba cerrarse, se giró hacia Ariadna.
—La verdad, no sé si hacemos bien en festejarle "a lo grande" su cumpleaños —dijo Dalila, haciendo comillas con los dedos—. Siento que no se ha portado muy bien últimamente y no se lo ha ganado. Esta niña tiene algo. Estoy segura de que le va a contar todo a ese muchacho, Benjamín, al que le descubrí que tenía su número de teléfono.
Ariadna sonrió, restándole importancia.
—Ay, seguro que sí, pero no creo que sea el único al que invite. Le va a avisar a sus amigas.
Dalila soltó una risa seca, exasperada.
—Ay, por favor, ¿tú te crees ese cuento de que le va a contar a unas amigas? Si tú y yo sabemos perfectamente que no las tiene. Nadie aguanta su carácter más que nosotras. Y eso que yo ya voy a explotar. A veces siento que esta niña me va a hacer vomitar verde, pero bueno.
Ariadna se compadeció de su queja y le dio un toque cariñoso en el brazo.
—Trata de ser más paciente con ella, Dalila. Además, son cosas que pasan, todos pasamos por esa etapa de rebeldía. Un cumpleaños nunca debería de ser negado a nadie, y menos a nuestra hermana.
Dalila bajó la mirada y guardó silencio. Ambas se quedaron pensativas, y el peso de los recuerdos las golpeó de forma inevitable. Era imposible no recordar una y otra vez las cosas que pasaron cuando sus padres murieron; aquel tiempo oscuro en el que tuvieron que dejar de hacer bastantes cosas, privándose de celebraciones y lujos, hasta que finalmente les llegó el golpe de suerte. Primero a Ariadna con su música, y luego a Dalila con el modelaje. Recordar lo mucho que les había costado llegar hasta esa mansión ablandó el corazón de Dalila, quien suspiró y se suavizó un poco.
—Está bien —cedió Dalila—. Tienes razón. Por cierto, ¿has sabido algo de la señora Lucía?
—Sí, me comuniqué con ella hoy —respondió Ariadna —. Al parecer no es nada grave, solo una descompensación que tuvo por el cansancio. Pero ya le di unos días libres, ya que su hijo va a llegar desde España mañana mismo y lo va a ir a recoger. Eso sí, le pedí de favor que viniera de todas maneras unos días antes del cumpleaños de Alba para ayudarnos a organizar todo el banquete. Ella feliz dijo que sí.
En ese momento, Alba volvió a bajar las escaleras con una sonrisa triunfal en el rostro.
—Ya le comuniqué a mis amigos —anunció, sentándose de nuevo.
Ariadna y Dalila se miraron, preparadas para poner las cartas sobre la mesa.
—Está bien, te vamos a hacer tu fiesta, ya te lo hemos dicho —tomó la palabra Ariadna—. Invita a quien tú quieras, pero por favor, la única condición es que nos dejes también a nosotras invitar a algunas personas que queramos. La fiesta va a ser muy grande, vamos a organizar muchas actividades y queremos compartirlo con nuestros círculos.
—Sí, sí, claro, no hay problema —respondió Alba de inmediato, extasiada y superfeliz. Lo único que le importaba en ese instante era asegurarse su noche de reina.
Sin embargo, debajo de esa aparente armonía familiar, la mente maquiavélica de Alba ya había empezado a trabajar a mil por hora. No solo quería impresionar a Benjamín. Sabía perfectamente que Ariadna invitaría a Amadeo oficialmente como su nuevo novio. Alba apretó el celular en su bolsillo, diseñando un plan oscuro: usaría el alcohol, la música, el lujo de la fiesta y los celos de Benjamín como la distracción perfecta para volver a emboscar a Amadeo frente a todos, demostrándole a Ariadna que ella podía agrietar su felicidad cuando quisiera.
Alba se despidió rápidamente para seguir afinando los detalles de su "lista de invitados", dejando a sus hermanas a solas en la sala.
Dalila se dejó caer en el sofá, sacando su propio teléfono para empezar a planear a quiénes llamaría.
—Bueno, supongo que es la oportunidad perfecta para que invites formalmente a Amadeo ante toda la industria —le dijo Dalila a su hermana mayor, guiñándole un ojo—. Y yo… bueno, estaba pensando en invitar a Ethan Visconti. La verdad es que nos hemos estado escribiendo mucho desde la sesión de fotos y me encantaría que estuviera aquí.