El zumbido de los camiones de los proveedores comenzó antes de que el sol lograra calentar los jardines de la mansión. Los organizadores se movían como fantasmas eficientes, levantando carpas de tela oscura, instalando hileras de luces led que prometían transformar la noche en un sueño de neón y acomodando las barras donde correría el champán más caro de Los Ángeles. Era el escenario perfecto para celebrar los veinte años de Alba, pero el aire en la casa se sentía extrañamente denso, como la calma que precede a una tormenta.
En la cocina, sin embargo, el ambiente cobró una calidez humana que hace días se extrañaba. La señora Lucía, recuperada y con los ojos brillantes, se movía entre ollas y bandejas de plata, dictando órdenes con ese inglés atropellado por su fuerte acento español. A su lado, un par de brazos fuertes cargaba con soltura las cajas más pesadas de la vajilla fina.
—Señorita Dalila, señorita Ariadna —llamó Lucía, conteniendo una sonrisa de absoluto orgullo en cuanto las vio entrar—. Mirad, por favor. Este es mi hijo, Carlos. Acaba de llegar de España.
Carlos era un chico alto, blanco y de complexión firme. Su cabello era completamente rubio, lacio y cortado con descuido, y sus cejas, del mismo tono rubio medio, enmarcaban unos ojos claros que transmitían una timidez muy educada. Se limpió las palmas de las manos en los vaqueros antes de regalarles una sonrisa sincera que arrastraba el mismo acento de su madre.
—Un placer, señoritas. Gracias por cuidar tanto de mi madre —dijo con el pecho inflado de gratitud—. Hoy las ayudaré a echar una mano con todo lo que haga falta para los preparativos.
Ariadna sintió que se le enternecía el corazón y le sonrió de oreja a oreja, con esa cercanía que la caracterizaba cuando se baja de los escenarios.
—El placer es nuestro, Carlos. Más bien nosotras deberíamos agradecerte a ti por venir a ayudarnos, incluso cuando no es tu obligación —respondió Ariadna, dándole un toque afectuoso en el brazo—. De verdad, muchas gracias. En cuanto terminemos con todo este caos de las cajas, me gustaría que todos fuéramos a comer juntos a un restaurante para celebrar tu llegada. Te lo tienes bien ganado.
Carlos asintió con un leve sonrojo de agradecimiento, mientras Lucía los observaba con los ojos empañados por la emoción.
Dalila sonrió y le dio la bienvenida con un gesto elegante, pero su mente estaba en otra parte. El estómago se le contraía cada vez que recordaba la advertencia de su mánager: Elio iba a estar allí, camuflado entre la prensa, buscando una oportunidad para arrastrarla de vuelta a su pasado. Aprovechando el ruido de los organizadores en la sala, Dalila se escabulló por el pasillo lateral y marcó el número de Ethan. Necesitaba escuchar su voz.
—Hola, Dalila. Justo estaba pensando en ti —respondió Ethan, y su voz, pausada y varonil, actuó como un bálsamo inmediato.
—Ethan… necesito contarte algo —soltó ella, apoyando la espalda contra la pared y bajando la voz—. Mi mánager me confirmó que Elio se coló como fotógrafo oficial del evento a través de un patrocinador pesado. Quiere usar la fiesta para acercarse a mí. Tengo miedo de que arruine la noche.
Hubo un segundo de silencio en la línea, un silencio que no transmitía duda, sino una seguridad aplastante. Cuando Ethan habló, su tono fue frío, firme, casi peligroso por la absoluta calma que poseía.
—Que venga, Dalila. No tienes nada de qué preocuparte. Yo voy a estar pegado a ti toda la noche y no me voy a mover ni un milímetro. Ese fotógrafo es parte de tus recuerdos, pero yo pretendo ser tu presente. Nos vemos en unas horas, hermosa.
Al colgar, Dalila sintió un escalofrío de pura ilusión recorrerle la espalda. Ethan Visconti no lo era solo una cara bonita en las portadas; era el ancla que la mantenía firme en medio del huracán.
Cuando la noche finalmente devoró la ciudad, la mansión se convirtió en un palacio de cristal y neón. El bajo de la música del DJ vibraba en el pecho de los invitados, una mezcla exclusiva de la industria de la música, el modelaje y el deporte de Los Ángeles.
Dalila caminaba por el jardín del brazo de Ethan. Él se veía imponente, con un traje oscuro a la medida que resaltaba su porte. Se mantuvieron juntos, compartiendo risas discretas y copas de champán, ignorando que desde la zona de prensa, oculto tras el lente de una cámara profesional, Elio los devoraba con la mirada. La mandíbula del fotógrafo estaba tan apretada que parecía a punto de romperse. Desesperado por el despecho, Elio intentó romper el cordón de seguridad con la excusa de una fotografía exclusiva para una revista de moda.
—Dalila, una foto a solas, por favor —pidió Elio, con la voz cargada de una urgencia que no tenía nada que ver con el trabajo.
Dalila se detuvo. Miró a Ethan, quien simplemente le dedicó una mirada tranquila, dándole el control. Enclusión, ella se giró hacia Elio. Sus ojos se volvieron dos témpanos de hielo. Con una frialdad y una elegancia implacables, Dalila dio un paso al frente y habló lo suficientemente alto para que los reporteros de los lados escucharan perfectamente.
—Disculpa, pero solo concedo fotografías con fotógrafos acreditados que respeten el espacio de los invitados. Por favor, regresa a tu zona antes de que pida que te retiren la credencial.
Un murmullo se extendió entre los periodistas de los lados. Elio se quedó paralizado, con el rostro encendido de humillación y rabia, completamente ridiculizado frente a sus propios colegas. Tragó veneno y se retiró arrastrando los pies, con los puños cerrados.
Mientras tanto, en la entrada principal, Alba avanzaba con el mentón en alto, sintiéndose la dueña del mundo. Iba del brazo de Benjamín, quien se veía impecable y sofisticado con un traje de diseñador hecho a la medida que delataba su excelente posición económica. El dinero no le faltaba a su familia, pero Benjamín llevaba el lujo sin arrogancia, manteniendo esa mirada serena que a Alba tanto le gustaba. Alba saboreaba cada paso. En su mente distorsionada, el plan era perfecto: presentaría a su novio, brillaría ante las cámaras y observaría a Amadeo consumirse de celos en un rincón de la barra. Alba no quería destruir la casa esa noche; solo quería, por una vez en su vida, sentirse superior.