A la sombra de lo que brilla

Cap 12

La luz del mediodía se filtraba con una agresividad abrasadora por los ventanales de la mansión, iluminando el desastre que la noche anterior había dejado a su paso. Eran casi las doce. En el jardín trasero, el silencio solo se rompía por el eco apagado de los pasos de Carlos y la señora Lucía, quienes recogían copas rotas y restos de decoración con una discreción casi fúnebre.

Dentro de la casa, la resaca emocional era total. Ariadna y Amadeo se habían quedado dormidos en el gran sillón de la sala, vencidos por el llanto y el cansancio; él la rodeaba con sus brazos con una fuerza protectora, habiendo cancelado todos sus compromisos deportivos solo para no dejarla sola en su peor momento. Ethan, en cambio, se había marchado a su casa en la madrugada después de asegurarse de que Dalila estuviera a salvo. Y Dalila… Dalila ni siquiera había tenido las fuerzas para subir a su habitación. Se había quedado profundamente dormida en el comedor, con el cuerpo encogido en la silla y la cabeza apoyada directamente sobre la fría madera de la mesa.

Un quejido sordo de Ariadna al moverse en el sillón fue el detonante para que el día comenzará. Dalila levantó la cabeza despacio, sintiendo un dolor agudo en el cuello y el peso de la noche anterior en los párpados. Amadeo abrió los ojos casi al mismo tiempo, frotándose el rostro con cansancio.

Los tres se miraron en un silencio incómodo, compartiendo un dolor que no necesitaba palabras.

—Buenos días —murmuró Amadeo con la voz ronca, acomodando a Ariadna, quien se incorporaba despacio con los ojos aún hinchados.

—Buenos días —respondió Dalila, estirando los brazos con una mueca de dolor—. Vamos a… vamos a intentar olvidarnos un poco de lo que pasó ayer, ¿sí? Al menos por unas horas.

Ariadna asintió con la mirada perdida, buscando el control remoto sobre la mesa ratona. Con un movimiento mecánico, encendió la gran televisión de la sala buscando algo de ruido que llenara el vacío de la casa.

Fue el peor error que pudieron cometer.

La pantalla parpadeó y el rostro de una conocida presentadora de chismes de Los Ángeles apareció en primer plano, con un banner gigante que rezaba: “ESCÁNDALO EN LA MANSIÓN VALOIS”.

—¡No puede ser! —exclamó Dalila, poniéndose de pie de un salto, con el corazón acelerado—. ¿Cómo es posible que ya estén hablando de esto tan rápido? ¡Si solo fue hace unas horas!

Amadeo soltó un suspiro amargo, abrazando a Ariadna por los hombros al ver cómo su novia se llevaba las manos a la boca, conteniendo un sollozo.

—Tú ya sabes bien cómo es este medio, Dalila —le respondió Amadeo con el tono apagado—. La prensa de esta ciudad no duerme, y menos cuando se trata de ustedes.

En la televisión, la presentadora comenzó a pasar lista de los nombres de las celebridades, futbolistas y modelos de alta gama que habían asistido al evento. De pronto, la pantalla mostró una toma de alta definición de la alfombra roja y de la zona VIP. Las cámaras habían captado perfectamente a Benjamín llegando del brazo de Alba, resaltando su porte y su traje de diseñador, y mencionando su nombre completo con énfasis debido al peso de su apellido en el mundo de la comunicación.

Al escuchar el apellido del chico en el televisor, Dalila se quedó helada en medio de la sala. Las piezas de su mente encajaron con una violencia brutal. El déjà vu que había sentido la noche anterior al ver la forma de sus ojos claros se transformó en una certeza aterradora.

Benjamín. El apellido de su mejor amiga. El hijo del reportero más importante y temido del estado.

—Es el hermano de Rubí… —susurró Dalila, sintiendo que el suelo se le movía—. Alba estuvo saliendo con el hermano menor de mi amiga.

El impacto la dejó sin aire. Sintió una punzada de vergüenza y desesperación absoluta. Alba no solo había intentado destruir la felicidad de Ariadna; también había destrozado el corazón del hermano de la persona en la que Dalila más confiaba en el mundo. Y lo peor era que, en ese momento de caos mediático, Dalila no podía hacer absolutamente nada para cambiar lo que ya estaba hecho. Arriba, en su habitación, Alba seguía durmiendo, ajena al terremoto que había desatado.

Más tarde, mientras el escándalo seguía creciendo en redes sociales, el timbre de la mansión sonó. Dalila caminó hacia la puerta con el estómago hecho un nudo. Al abrir, se encontró de frente con Rubí.

La psicóloga no traía su habitual expresión serena; se veía preocupada, con el teléfono en la mano y la mirada cansada de quien ya se había enterado de absolutamente todos los chismes de la ciudad, tanto por la televisión como por los amargos comentarios que su hermano Benjamín había soltado al llegar a casa.

—Rubí… —atinó a decir Dalila, dando un paso atrás.

— Vine en cuanto pude —le dijo Rubí, entrando a la casa y cerrando la puerta detrás de ella—. Esto es un desastre, Dalila.

Caminaron hacia un rincón apartado de la sala para hablar a solas. Dalila se pasó las manos por el cabello, completamente superada por la situación.

—Te juro que no sé qué pasa con Alba —confesó Dalila con la voz quebrada—. Ha cambiado por completo. Ayer intentó arruinar la relación de Ariadna con Amadeo de la forma más baja posible, y ahora me entero de que hirió a tu hermano… No la entiendo, Rubí. No sé qué tiene en la cabeza.

Rubí la escuchó con atención profesional, pero también con la empatía de una amiga de años. Soltó un suspiro largo y cruzó los brazos, mirando hacia las escaleras que subían al cuarto de la menor.

—Dalila, por lo que vi y por lo que Benjamín me contó de sus actitudes previas, Alba está lidiando con un trastorno de resentimiento crónico y una distorsión profunda de su propia identidad. Vive a la sombra de dos mujeres perfectas ante el mundo, y su mente ha creado un mecanismo de defensa destructivo: si ella no puede brillar, necesita apagarlas a ustedes para sentirse poderosa. Intentó tentar a Amadeo para demostrarse a sí misma que podía quitarle algo a Ariadna, y usó a mi hermano solo como un escudo de estatus.




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