A las seis

Capítulo 19: Federico

Zapatillas John Foos negras, bermuda de jean rota, remera de Las Pastillas del Abuelo, un cordón negro atado como corbatín en el cuello, el pelo desordenado. Fede esperaba apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos, distraído. Habían quedado a las 15:30 en la entrada de Ferro. Sacó el celular y vio que eran las 15:35 y no había señales de Gaby. Siguió esperando, pero cuando se hicieron las 15:40 empezó a dudar: quizás se había acobardado.

Hablaban todos los días y, si bien Gaby no solía hablar abiertamente de sus sentimientos, sabía que era muy tímida y que le costaba el vínculo presencial con las personas. Le parecía perfectamente posible que le ganara la timidez y no apareciera en la reunión, aunque esa idea también le generaba cierta molestia.

“Gabii, vas a vnir, n?” le envió en un SMS. Pero pocos segundos después escuchó un “prip prip” que venía de la esquina y, al levantar la vista, la vio doblar y aproximarse a él. Caminaba despacio, mirando para abajo, y el pelo lacio le caía en la cara y se la tapaba. Tenía puesta una remera bastante ancha, un jean y zapatillas. Y una mochila con los colores de Hufflepuff.

Cuando llegó hasta donde estaba Fede se frenó; todo en su ser irradiaba incomodidad. Él la saludó directo con un beso en la mejilla y ella se puso tensa, sin decir nada.

—Justo te había escrito, ya pensaba que no ibas a venir —dijo Fede. Ella sonrió a medias, con la cabeza todavía gacha—. Bueno, ¿vamos? Agarramos Rivadavia y llegamos directo.

Empezaron a caminar.

Al principio Gaby iba completamente callada, robótica. Y Fede llenaba todo el espacio con palabras. Le contó cosas de su familia (muchas ya se las había contado por MSN), del colegio, de los amigos. Habló solo durante cuadras, mirándola de reojo para verla sonreír o asentir. De a poco ella se fue aflojando y hasta en algunos momentos lo miró también de reojo.

—Así que hoy le dije a Juanchi que no viniera a casa, y ahora tengo miedo de que vuelva con la novia… —contaba Fede, cuando Gaby se animó a abrir la boca.

—¿Qué era lo que me ibas a contar de Juanchi y Cromañón?

—Uh, eso… ¡cómo te acordás! —respondió Fede, intentando disimular la sorpresa.

—Sí, siempre me olvidaba de preguntarte por MSN, pero recién cuando lo mencionaste me acordé…

—Bueno, es que Juanchi tenía un primo que estuvo en Cromañón, y no zafó. Estuvieron buscándolo dos días por hospitales y lo terminaron encontrando en la morgue. Un bajón. Él quedó bastante mal porque el primo era medio su ídolo: era cuatro años más grande, pero eran re compinches. Tenía dieciocho años… un re garrón.

Ahora el que miró para abajo y quedó en silencio fue Fede.

—Uh, qué feo… Yo me acuerdo de ese día, pero hasta ahora no había conocido a nadie tan cercano a una víctima —dijo Gaby, y se animó a girar la cabeza para mirarlo.

Se encontró con los ojos achinados de Fede, que sonreía suave y le sostuvo la mirada unos segundos. Ella enseguida la bajó de nuevo, y él volvió a llenar el espacio.

—Pero bueno, es la vida, viste. Ya pasó un montón de tiempo y el tiempo todo lo cura… Uh, mirá, ya estamos llegando al parque. ¿Habrá llegado alguien?

Cruzaron la calle y entraron por el lado de la feria de libros.

—Más tarde tenemos que venir a dar una vuelta —dijo él.

—Sí, pero ahora vayamos al monumento que ya son cuatro y cuarto… —respondió ella.

Caminaron hasta la estatua y, cuando estaban llegando, vieron varios grupos de personas alrededor. Pero justo abajo del monumento había dos chicos: uno rubio y alto, con gesto severo, que escuchaba serio a una chica un poco más bajita, vestida con un chupín azul claro y una remera arriba de otra, flequillo que le tapaba un ojo y muchas pulseras en los brazos.

—Ahí están Rodrigo y Hanna. Vamos.




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