Nos encontramos;
quizás no somos,
pero aquí estamos.
Perdón, mi niña,
por tener miedo
de que te escurras entre mis dedos.
Es que no sé ser optimista;
quizás me dé por la conquista.
Quizás también
por apreciar eternamente
y no olvidar.
Esa belleza casi divina,
con la torpeza que me lastima.
Aun así,
¡qué magnífica simplicidad
con la que haces que haya en mí, felicidad!
Sé que la incertidumbre
de que no sea duradero
nos llena de pesadumbre y de agujeros.
Igualmente, cariño mío,
¡cómo te quiero, cómo sonrío!
Te soy sincero: tengo brío.
Por ti, mi amor,
resisto el frío de noches largas,
de días sombríos,
de tardes amargas
y madrugadas perdidas.
Recuerda: mi amor por ti será eterno
porque estará aquí, en mis cuadernos.