—¿Cómo que solo el 50% de la calificación? —murmuré en voz baja, pero con los ojos abiertos de par en par, mientras la secretaria deslizaba la hoja de resultados sobre el escritorio. Sentí cómo algo me apretaba el pecho. Una mezcla rara entre calor, vergüenza y ese nudo que aparece cuando uno sabe que está a punto de hacer el ridículo. Mis manos empezaron a sudar.
—¿O sea que… no entré al colegio? —Mi voz salió más alta de lo que quería. Demasiado clara. Demasiado expuesta.
La secretaria levantó la vista. Tenía una sonrisa leve, amable, casi automática. De esas que uno aprende a usar cuando trata con gente nerviosa todo el día. Me miró sin apuro, como si yo no estuviera a punto de colapsar frente a ella.
—¿En serio no entré? —volví a decir, ahora más rápido—. Mi papá sí que va a estar enojado… ¿no puedo volver a hacer el examen? ¿Por favor? ¿O hay otra solución? —Las palabras empezaron a atropellarse entre sí. Yo mismo podía escucharlo: estaba entrando en pánico.
La secretaria soltó una pequeña risa, apenas un jadeo acompañado de una sonrisa más amplia. Y ahí pensé: —¿En serio se está riendo de mí? ¿Quién se cree esta tipa?
—Tranquilo —dijo con una voz dulce, casi cantada—. La mayoría de los que vienen casi nunca ganan los exámenes.
—¿Ah… no? —respondí, con la duda colgándome de la garganta.
—No, jajaja —rió otra vez—. De hecho, el examen ni siquiera es necesario. Esto es un bachillerato. —Volvió a reír.
—Esto no es una universidad.
Me quedé en silencio. Mi mente, en cambio, empezó a disparar preguntas como balas: —Entonces… ¿para qué hacen exámenes? ¿Cuál es el maldito punto de estresar a medio mundo? ¿Es una broma colectiva?
—Así que tranquilo —continuó—. Hacemos estos exámenes solo para conocer a nuestros futuros alumnos con anticipación.
Me quedé paralizado. Las cejas levantadas. La boca entreabierta. Una mezcla incómoda entre alivio, enojo y vergüenza acumulada.
—¿En serio? —dije, sin poder ocultar el tono.
Fue en ese momento cuando noté detalles que antes no había visto. O tal vez sí los había visto, pero estaba demasiado ocupado entrando en crisis. La secretaria tenía una mancha de labial rojo intenso en el cuello, justo cerca del escudo bordado en su camisa blanca. Su maquillaje era… raro. El labial perfectamente marcado contrastaba con unas sombras rosadas demasiado cargadas en los párpados. La base, un tono más claro que su piel, le daba un aspecto extraño bajo la luz de la oficina. Su cabello castaño claro estaba completamente liso, recogido en una cola alta que se movía apenas cada vez que giraba la cabeza. Y sus tacones… ese sonido seco y constante cuando caminaba de un lado a otro del escritorio, toc, toc, toc, como si marcara el ritmo de un reloj.
Mientras ella hablaba sobre la importancia de conocer a los estudiantes, sobre el proceso de admisión y no sé cuántas cosas más, yo solo pensaba: —¿Por qué se ve así? ¿Ese maquillaje es intencional? ¿Esto qué es… el Capitolio?
—¿Qué es esto? ¿El Capitolio? —dije en voz alta.
Silencio. Un silencio espeso. Incómodo. De esos que duran solo unos segundos, pero se sienten eternos.
—¿Qué? —La secretaria arqueó una ceja.
Sentí cómo la vergüenza me subía hasta la cara.
—Eh… yo… —empecé a decir, mirando a todos lados como si hubiera algo interesante en las paredes—. Qué linda taza. —Ella bajó la mirada y sonrió con entusiasmo.
—Muchas gracias, qué amable. Es mi favorita. Mi hija de seis años me la regaló este año en el Día de las Madres.
—Qué lindo —respondí—. Se nota que ama esa taza.
—Siii —dijo alegremente—, me encanta.
Wow. Su capacidad para captar el sarcasmo es nula. Pero sí que ama esa taza. La taza estaba rajada. El mango claramente pegado con pegamento. Las letras que decían “Te amo mamá” estaban desgastadas. Y encima, la usaba para sostener un pequeño cuadro con una foto de ella y su hija en un columpio, en algún parque cualquiera. No me imagino cómo trata las cosas que odia.
—Bueno —dije al fin—, entonces mucho gusto. Paso por retirarme. —Me levanté de la silla.
—Espere un momento —dijo ella.
Me quedé quieto. Literalmente congelado. Y terminé sentándome de nuevo, lentamente.
—Sí… dígame —respondí, con duda.
—Lo esperamos el lunes a las dos de la tarde.
—¿Por qué? —pregunté, ahora genuinamente confundido.
—Como le comenté, el examen no tiene valor, pero queremos conocer a nuestros próximos estudiantes. Se le asignará al grupo de las dos de la tarde. Serán cinco días, con algunas clases de matemáticas y lenguaje. Vendrá de dos a cuatro y media.
—Jajaja… como clases vacacionales —dije, medio en broma, esperando que ella se riera conmigo.
—Sí —respondió—. Lo estaremos viendo el lunes.
¿Lo está diciendo en serio? ¿Quién carajos quiere venir a estudiar en vacaciones? Y… ¿lunes seis? Me harán venir a estudiar el día de mi cumpleaños.
—De acuerdo —dije al final, con una amabilidad tan forzada que hasta yo la sentí—. Aquí estaré.
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Editado: 12.01.2026