A Media Vuelta

CAPITULO 3: Encuentro

—H-hola —dije, casi en un susurro.

Solo alcé la mirada un segundo, lo justo para confirmar que había alguien frente a mí, antes de volver a bajarla. No suelo hablar con personas cuando salgo a la calle. Prefiero no hacerlo. Pensar menos. Exponerme menos.

—Disculpa —dijo él—, ¿vienes a las clases del colegio?

El silencio se estiró entre los dos. Sentí cómo el aire se me acumulaba en el pecho.

—S-sí —respondí—. Sí… es acá.

—Apenas creo que me hicieran venir a clases en diciembre —agregó, soltando una risa corta, incrédula.

—Jajaja, dímelo a mí.

Mi risa salió más fácil de lo que esperaba. Incluso levanté un poco la mirada, sin darme cuenta. —No le encuentro sentido a esto, en realidad —continué—. Se supone que son vacaciones… y de paso es mi cumpleaños.

—¿Qué? ¿Es tu cumpleaños? —dijo, sorprendido—. ¿Jajaja, en serio?

—Sii… qué tortura —suspiré.

—No pues, feliz cumpleaños… creo.

—Gracias.

Y nos reímos. De verdad. Sin forzarlo.

Fue entonces cuando me di cuenta de algo extraño: ya no estaba tan nervioso. No del todo, al menos. No me esperaba empezar a hablar con alguien justo en la puerta del colegio, y mucho menos sentirme así de… cómodo. No sabía por qué. Tal vez porque su voz sonaba amable. Tal vez porque no se parecía en nada a los chicos de mi colegio anterior, esos que se creían graciosos solo por repetir insultos y usar camisetas de fútbol como si fueran uniforme obligatorio. Qué pésimo gusto por la moda. Es como escupirle en la cara a un diseñador.

Él no era así. Llevaba jeans grises, una playera de mangas largas arremangadas de un gris un poco más oscuro, y tenis negros. Colores neutros. Sencillos. Bonitos.

O wow…

Salí de mis pensamientos de golpe.

—¿Qué es eso? —pregunté sin pensar.

—¿Qué cosa? —dijo, confundido.

Señalé con un gesto torpe. —Lo que tienes en el cuello.

—Ahhh —rió—. Mi collar.

Lo levantó con la mano derecha.

—Es un atrapasueños. Me lo dio mi hermana hace algunas semanas.

Sonreí, apenas. — Me gusta… se te ve muy bonito.

Él levantó la vista hacia mí. El silencio cayó de golpe, incómodo, espeso. Sentí cómo el calor me subía al rostro.

—N-no, o sea… —empecé—. El collar es muy bonito.

Hablé más rápido. —No es que tú no te veas bien, claro que te ves bien, o sea.

—JAJAJA —se rió.

Me detuve en seco.

—Oyeee, no da risa. —dije, medio serio, medio avergonzado, mientras tiraba de uno de los hilos de mi suéter. —El punto es que me gusta tu collar.

—Muchas gracias —respondió, todavía sonriendo—. Qué amable de tu parte… —Hizo una pausa.—Puedo conseguirte uno si algún día quieres alguno.

—Me… me parece la idea —dije, con una sonrisa tímida.

—Pero tendrás que dejar de mover ese pie —agregó—, o tendré que conseguirte otros tenis de tanto gastarlos en la acera.

Me congelé. No me había dado cuenta de que estaba moviendo el pie en círculos sobre el suelo. Lo detuve al instante.

—Dios… qué torpe. Respondí nervioso mientras me rascaba la cabeza.

—Tranquilo —dijo—. Yo también estoy nervioso por hoy.

—Me tranquiliza no ser el único —respondí, bajito.

De pronto abrió los ojos un poco más, como si algo se le hubiera olvidado.

—¡Ay, perdón! —dijo—. No me presenté. Qué tonto. —Sonrió, una sonrisa abierta, sincera.

—Me llamo Diego.

Algo en esa sonrisa se me quedó atorado en el pecho.

—Jajaja, olvidamos presentarnos —respondí, contagiándome de su energía—. Yo me llamo Carlos.

—Mucho gusto, Carlos.

Extendió la mano.

Dudé un segundo antes de tomarla, pero lo hice. Su mano era suave, cálida. Sentí un pequeño golpe de adrenalina recorrerme el cuerpo, como si ese gesto tan simple fuera demasiado para mí.

—Mucho gusto, Diego.

Cuando alcé la mirada, noté los risos definidos de su cabello, el collar balanceándose ligeramente, el brillo tranquilo en sus ojos. Y entonces me miró directamente. Sonrió. Y el mundo, otra vez, se detuvo. Pensé demasiadas cosas al mismo tiempo. Que no debía sentir eso. Que era solo un saludo. Que no significaba nada. Que, aun así, algo había cambiado. Corté el momento antes de ahogarme en él.

—Vamos —dije—. Creo que no nos queda mucho tiempo para llegar al aula.

—Cierto —respondió—. Nos quedan cinco minutos.

Miró hacia la puerta del colegio.

—¿Crees que ya hayan llegado los demás? —pregunté.

—No lo sé —dijo, volviendo a verme—. ¿Vamos?

—Vamos.




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