La tarde entraba por la ventana en forma de luz tibia, de esas que no queman, solo acompañan. El cuarto estaba en silencio por unos segundos, hasta que desbloqueé el teléfono y dejé que la música llenara el espacio.
The Life — Fifth Harmony.
La canción empezó suave, conocida, casi reconfortante.
Me quedé parado frente al espejo, observándome sin verme del todo. El reflejo mostraba a alguien normal: camiseta sencilla, jeans, el cabello todavía un poco desordenado. Nada especial. Y aun así… algo se sentía distinto.
Canté en voz baja, sin mucha fuerza, como si el cuarto fuera el único testigo permitido. No lo grité, no lo exageré. Solo dejé que la letra se acomodara en mí, como si hablara de cosas que no sabía cómo decir en voz alta.
Mis hombros se movieron solos. Un paso a la izquierda. Otro a la derecha.
Ever since I'm young I'm tryna get it right
Every year I'm looking for the gold
Don't sleep 'til we see the daylight
Living big going up on the rope
I like seeing all the bright lights
Keep it up, pour it up for the night
Two times, I'mma get it two times
Double up, run it back on my mind
Sonreí sin darme cuenta, siguiendo el ritmo con los pies, girando un poco frente al espejo, como si nadie pudiera verme… aunque yo estuviera ahí, viéndome todo el tiempo.
—Ok, basta —murmuré, aunque no me detuve.
Giré frente al espejo, levanté una mano como si sostuviera un micrófono invisible y me reí de mí mismo. No era felicidad desbordada, no era euforia. Era algo más simple… ligereza.
Give it up for the kids
Eating good, getting lit
Living life, feeling rich
Oh, I, oh, I (this is the life)
We're the best in the biz
Breaking off, betting chips
Living life, feeling rich
Oh, I, oh, I, yeah
El primer día ya había pasado. El más difícil. El de los nervios, las miradas nuevas, las palabras medidas. Este era el segundo. Y, de cuatro, no estaba nada mal.
Me acerqué más al espejo, bajé un poco la música y me observé con atención. Había algo en mis ojos que no había notado antes. No era seguridad, pero tampoco era miedo. Era expectativa.
—Tranquilo, Carlos —me dije—. Solo vas a clases.
Solo eso. Aunque mi mente, traicionera, decidió no cooperar.
Diego apareció sin avisar, como un pensamiento que no pide permiso. Su sonrisa de ayer. Su voz tranquila. La forma en que me había hablado como si ya me conociera de antes.
Negué con la cabeza, intentando espantar la idea.
—Es solo un amigo —susurré—. Un amigo nuevo.
Cerré la mochila con un cierre seco, como si con eso también cerrara mis pensamientos. Revisé que llevara todo: cuaderno, lapiceros, el cuaderno de hojas nuevas que todavía olía a papel limpio.
Apagué la música.
El silencio volvió, pero ya no era el mismo de antes. No era pesado. Era cómodo.
Salí del cuarto y el sonido de la casa me envolvió: pasos lejanos, una puerta que se cerraba, el murmullo cotidiano de un día normal. Todo seguía igual, y aun así yo sentía que iba un poco más ligero.
Mientras caminaba hacia la salida, pensé en lo rápido que podía cambiar una rutina. En cómo una conversación breve, una risa compartida, podía alterar la forma en que se siente un lugar. El colegio ya no se me antojaba tan ajeno. Ni tan frío. Ni tan intimidante.
No porque hubiera cambiado… sino porque alguien dentro de él ya no me hacía sentir solo. Ajusté la mochila sobre mis hombros, respiré hondo y abrí la puerta.
Segundo día.
Cuatro en total.
Y por primera vez desde que supe que tendría que venir en vacaciones, pensé que quizá… solo quizá… no iba a ser tan malo.
El colegio estaba casi vacío cuando llegué. Demasiado vacío. El eco de mis pasos se colaba por los pasillos blancos, rebotando contra las paredes claras como si yo fuera el único error en un lugar perfectamente ordenado. Avancé despacio, con la mochila colgando de un solo hombro, preguntándome —otra vez— por qué me ponía tan nervioso venir aquí.
Entonces lo vi.
Diego estaba sentado en uno de los escritorios del aula, inclinado ligeramente hacia adelante, con el celular entre las manos. La luz que entraba por las ventanas altas le caía justo encima, marcándole los rizos del cabello, dibujando sombras suaves sobre su rostro. Parecía tranquilo. Demasiado.
Me quedé parado en la puerta un segundo de más. ¿Le pido su número hoy? Tal vez sí. Tal vez no. Tal vez debería haberlo hecho ayer, pero claro… ayer olvidé el teléfono en la cama, como el idiota profesional que soy.
#303 en Joven Adulto
#1664 en Otros
#24 en No ficción
traumas y depresión, bullying y conflictos familiares, romance juvenil lgbt+
Editado: 24.01.2026