Clara
Siempre he pensado que el silencio de la madrugada era distinto.
No es pesado como el de la noche ni promete como el del amanecer, es solo… una clase de espacio suspendido, donde los pensamientos no tienen a dónde huir.
Generalmente uso este tiempo para escribir: una nota, una escena, un capítulo o alguna idea suelta. Es mi forma de canalizar mis pensamientos, emociones y sentimientos, en algo que, después de un tiempo, me permita reconocer lo que pasa en mí.
Escribí cuatro libros.
En cada uno de ellos, estamos Mateo y yo.
Escenarios variados desde un reino encantado hasta la bulliciosa ciudad de Nueva York, primeros encuentros a través de una rosa mágica o buscando la verdad en un caso policial, respuestas diferentes ante el mismo suceso: la traición.
En una, él decide quedarse a luchar por nosotros, aunque eso lo hiera más de lo debido.
Otra, yo soy quien se va, por miedo a que mis sentimientos me mantengan cautiva en la incertidumbre de una relación.
La tercera, ambos nos reencontramos despues de tiempo… solo para descubrir que jamás nos olvidamos, pero las circunstancias no nos permiten regresar.
Y la última… bueno, no importa realmente, nunca volvemos a estar juntos en ninguna historia.
Me giro por enésima vez en la cama.
Las sábanas blancas se encuentran frías, aunque llevo envuelta en ellas desde hace un tiempo, mis ojos arden debido al cansancio de cerrarse sin conciliar realmente el sueño y mi mente se niega a obedecer, manteniendose activa.
No puedo dormir.
Me levanto con resignación y buscando un poco de alivio.
El pasillo de la villa se ha sumido en penumbras cuando salgo descalza, arrastrando la bata conmigo, la misma que no me he quitado desde que me encerré en el baño de mi habitación.
La cena de ensayo terminó casi enseguida de que me retirara en el baile, el ruido de felicidad y emociones compartidas dejó de golpear a mi puerta de un momento a otro; pensé que entonces podría dormir, pero no parece que el ruido fuera el culpable… por lo menos, no el que se origina del exterior.
Intento no pensar demasiado, solo camino rumbo a la habitación de Elena, dejando que el frío del piso traspase la delgada tela de mis calcetines y toco la puerta con los nudillos, un golpecito suave, pero aun así temo molestar al mundo por ello.
Noah es quien atiende.
Su cabello oscuro está despeinado, con el rostro medio dormido y logrando abrir uno de sus ojos para dar conmigo.
–Clara… ¿todo bien?– se despierta de golpe al reconocerme.
¿Cuándo ha estado todo bien? ¿Cuál fue el momento en que las cosas se sintieron tan ajenas? Y ¿Cuándo me volví yo ajena al mundo?
Niego con la cabeza antes de responder.
–No puedo dormir– susurro, pero él logra escucharme.
No hace preguntas ni comentarios.
Solo se mueve a un lado, dejandome pasar en un silencio comprensivo.
Elena ya se encuentra sentada al borde de la cama, con su cabello rubio suelto, los ojos atentos a mi persona incluso antes de verme por completo.
Ha encendido la lámpara que está junto a su cama, dejando ver un poco la habitación: desordenada y llena de bolsas que, supongo, serán vaciadas más tarde cuando se alisten para la boda.
–Ven– dice, abriendo los brazos en mi dirección.
Me acerco lentamente, temiendo que en cualquier momento me pida irme y dejarla descansar para su gran día, pero incluso yo puedo reconocer que ese escenario es imposible, porque ella jamás haría algo como eso.
Una vez, ella estuvo en cama durante tres días porque durante las vacaciones con su familia, salió a la nieve sin ninguna chamarra o abrigo.
Ella es alergica al frío.
Y a pesar de eso, cuando la fui a visitar, ella se dio cuenta que mis pensamientos se agolpaban dentro de mí, sacandome las palabras con necesidad… apoyandome a pesar de su condición.
Logro sentarme junto a ella, dejando que Elena me envuelva entre sus brazos y descanso mi cabeza en su hombro.
Noah nos observa un segundo más desde la puerta antes de acercarse sigilosamente a Elena y murmurar algo sobre ir por un vaso de agua, antes de desaparecer… dejandonos a mi mejor amiga y a mí en la privacidad de la habitación.
El silencio que ha quedado no me resulta incómodo, nunca lo ha sido junto a ella.
–¿Es debido al baile?– pregunta por fin, con una suavidad casi maternal.
No respondo de inmediato.
Me encojo un poco en su abrazo, apoyando la frente en su hombro y sintiendo por primera vez en la noche, que puedo descansar.
–Ha sido por todo– logro admitir.
Elena no me interrumpe, incluso parece que su respiración se ha silenciado para mí, permitiendome expresar lentamente…
–Pensé que había aprendido a ser fuerte cuando era una adolescente– continúo– A no necesitar… a no esperar nada de nadie, despues de lo que sucedió con Mateo.