Mateo
La madrugada siempre me ha parecido una especie de prueba.
No es tan honesta como la noche ni tan optimista como la mañana, es solo ese punto incómodo donde los pensamientos creen que ganaron y salen todos al mismo tiempo, sin orden ni permiso.
Estoy sentado al borde de la cama, con la camisa desabotonada y el traje colgando frente a mí como si fuera una decisión pendiente.
Sonrío sin querer, porque a pesar de la oscuridad, el color se muestra con orgullo.
Creo que a Clara le gustaba tanto, porque el amarillo tambien era el único color que no sabía mentirle.
Paso los dedos por la tela con cuidado, como si pudiera arrugarla con solo pensarlo demasiado fuerte y me pregunto si es una tonteria usarlo.
¿Acaso lo notará? ¿Lo malinterpretará?
No estoy seguro.
Me inclino hacia adelante y dejo que la cadena de plata caiga entre mis dedos.
El dije de plata descansa en mi palma, tibio debido al calor de mi piel y la piedra en su centro refleja un poco de la luz que comienza a entrar por la ventana y pienso, inevitablemente, en todas las veces que Clara me llamó su lugar seguro… sin saber que ella era el mío.
–Mañana– murmuro, como si escucharlo aunque sea en voz baja, lo hiciera realidad.
Mañana la veré de nuevo.
Mañana quizá me escuche.
Mañana tal vez me quede callado otra vez…
El miedo no es nuevo, tampoco lo es el amor que siento por ella, pero lo que si es distinto la certeza incómoda de que no decir nada ya no es una opción para mí.
He pasado demasiados años ensayando discursos imaginarios, conversaciones que nunca sucedieron, finales que siempre terminaban conmigo mirando el techo de una habitación ajena y el recuerdo de Clara alejandose una vez más.
No quiero volar y tampoco intento salvar nada, solo quiero decirle la verdad sin adornos, aceptando lo que venga a continuación.
Me levanto, dejando el traje listo sobre la silla junto a la puerta y vuelvo a colocar el dije bajo mi camisa, cerca del corazón.
Como siempre.
Desde que mi versión más joven entendió que no se supera a alguien con quien nunca dejaste de ser tú y compró este collar como prueba de ello.
Cuando el cielo comienza a aclararse, respiro hondo.
Tal vez hoy no cambie toda mi vida, pero si puedo cambiar el rumbo de esta historia.
💍
Si alguien me hubiera dicho que el día de la boda de Noah, mi mejor amigo, iba a empezar conmigo parado en mi habitación y usando un traje amarillo (el color favorito de Clara), con el corazón a punto de salirse por mi garganta…
Probablemente le hubiera dicho a ese alguien que dejara de llenarse el cerebro con tantas películas románticas.
Y sin embargo, aquí me encuentro.
El traje no es de un amarillo chillón, por supuesto, ese tono solo le queda bien a una persona.
Sino de un tono suave, casi dorado, como si alguien hubiera intentando capturar la luz de la mañana y convertirla en tela.
Cuando me veo en el espejo, pienso en ella de inmediato, aunque para ser justos, siempre estoy pensando en Clara.
En esta ocasión, recuerdo cuando me dijo que el amarillo la tranquilizaba los días en que se estresaba y tambien como era una promesa silenciosa de que nada malo podía pasarle con el color puesto.
Supongo que, hace meses cuando Noah me preguntó el color que usaría para la boda, quise darle eso… aunque fuera tarde.
Salgo de mi habitación con el corazón martilleandome con fiereza el pecho y solo doy un par de pasos en dirección a la salida al jardin que rodea la villa, cuando me la encuentro antes de la ceremonia.
Justamente en el portón que divide el patio interior, donde fue la cena de ensayo y la fiesta posterior a la boda, el silencio que se asienta no es incómodo en absoluto, solo expectante.
Ella lleva puesta una bata blanca con su nombre escrito en la espalda con letras rojas, Elena tiene una gama de colores favoritos muy interesante, su cabello está suelto contra la ligera brisa matutina y el rostro lo lleva aún sin maquillaje, dejandome ver las preciosas pecas que adornan su piel.
Clara sigue tan hermosa como siempre, no importa si trae un vestido de gala o una bata, zapatos de tacón o descalza, maquillaje o no…
Su belleza es como las tardes de primavera, no importa cuantas veces las vea, siempre sorprenden.
Se gira al escuchar mis pasos y por un segundo, al reconocerme, no dice nada.
Yo tampoco.
Existen silencios que pesan y otros que solo existen para no arruinar el momento, me inclino a que este es el segundo.
–Hola– dice al fin.
–Hola.
Brillante conversación, Mateo.
Excelente.
Un maestro de la comunicación… ¿Un poco de humildad, por favor?