Al llegar a la casa, Ximena se encerró de inmediato en el baño. Siguió todas las instrucciones con el corazón saliéndosele del pecho. Sin embargo, cuando esperó el tiempo indicado y miró el aparatito, este marcaba negativo.
Ximena se quedó fría, pero muy dentro de ella algo le decía que esa primera prueba podía fallar. Quería asegurarse bien y no quedarse con ninguna duda. Para no levantar sospechas saliendo otra vez a la calle, sacó su celular y le marcó a una de sus mejores amigas.
—Oye, ¿me puedes hacer un paro gigantesco? —le dijo Ximena bajito por el teléfono—. Cómprame una prueba de embarazo, porfa, y te la pago en cuanto llegues.
La amiga soltó una risita del otro lado de la línea:
—¡Ah, ok, loca! Está bien, no te preocupes, ahorita te la llevo.
Unos minutos después, sonó la puerta. La amiga le entregó la pequeña bolsa en secreto, le deseó suerte con una mirada cómplice y se despidió.
Ximena no perdió ni un segundo. Se metió de nuevo al baño, desempacó el segundo aparato e hizo todo el procedimiento por segunda vez. Puso la prueba sobre el lavabo y comenzó a contar los minutos más largos de toda su vida, con las manos juntas en el pecho.
Cuando por fin se acercó a revisar... ahí estaba. Dos líneas bien marcadas: positivo.
El corazón le dio un vuelco enorme y una lágrima de emoción se le escapó por la mejilla. La corazonada que había tenido durante semanas era real: venía un bebé en camino.