A pesar de las sombras

Capítulo 2: El territorio neutral y el primer impulso

Para los alumnos de la Técnica N° 2, la plaza ubicada justo detrás del predio de la escuela no era un espacio verde cualquiera. Era una especie de zona franca, un territorio neutral cargado de historias, leyendas urbanas y miradas furtivas. En esa plaza se cruzaban todas las emociones de la adolescencia. Era el lugar donde los chicos iban a resolver disputas a puñetazos cuando las discusiones de pasillo subían de tono, pero también era la cuna de los romances más apasionados y clandestinos del colegio.

Pero, sobre todo, la plazita era el refugio de escape. Cuando salíamos de la exigencia del taller y nos quedaba ese tiempo muerto de entretiempo antes de ingresar a las clases teóricas —o antes de tener que correr para no perder el colectivo de vuelta a nuestros pueblos—, nadie quería quedarse en el patio bajo la mirada atenta de los preceptores o los profesores. La plaza nos abriría los brazos con su sombra, sus bancos desgastados y esa sensación impagable de libertad a solo unos metros del timbre.

Aquel día me tocó salir de la jornada de taller. Traía el cansancio habitual de las horas entre máquinas, el olor a metal y la cabeza puesta en la rutina de siempre. Había ido un momento al quiosco a comprar algo cuando Brisa se me acercó con esa sonrisa de cómplice que presagiaba problemas..

Brisa era del turno mañana y tenía la habilidad de enterarse de absolutamente todo lo que pasaba en la escuela.. Hacía días que me venía insistiendo con el mismo tema: —Tania, tenés que conocerlo. Un amigo mío quiere con vos, de verdad. Tenés que darle una oportunidad para hablar —me había dicho en más de una ocasión.

Mi primera respuesta siempre había sido un no rotundo. —Brisa, sabe que estoy de novia con Lizandro —le respondía yo, tratando de sonar firme y de convencerme a mí misma.

Estar con Lizandro no me despertaba mariposas ni grandes ilusiones, pero era lo correcto, lo seguro, lo previsible.. En mi cabeza, romper esa tranquilidad implicaba un lío que no tenía ganas de encarar, y menos aún sabiendo lo estrictos que eran en mi casa.. Sin embargo, la insistencia de Brisa rozaba lo insoportable. Tenía esa forma de pedir las cosas en la que no te dejaba espacio para dudar, remando contra mis negativas hasta que logró ablandar mi resistencia..

—Está bien, solo voy a hablar dos minutos y me voy —terminé cediendo, suspirando mientras me acomodaba la mochila al hombro.

Nos dirigimos hacia la plazita de atrás. A esa hora, el sol caía sobre el césped arbolado y el murmullo de los grupos de chicos dispersos le daba un ambiente agitado pero familiar. Allá al fondo, esperando con una postura relajada pero atenta, estaba Jeremías.

Cuando nos cruzamos las miradas por primera vez en persona, me invadió un nerviosismo absurdo. Jeremías pertenecía al turno mañana y, aunque yo tenía una idea vaga de quién era por los pasillos, jamás lo había tenido tan cerca.. Al principio no supe muy bien cómo reaccionar. En mi cabeza yo me lo imaginaba de otra manera, tal vez más distante o creído, pero la realidad me descolocó por completo.

Brisa nos presentó rápido con un gesto de la mano y, con la misma agilidad, se abrió paso hacia otro grupo de amigos para dejarnos espacio a solas. Nos quedamos los dos ahí, flotando en un silencio un poco torpe. Para romper el hielo y salir del centro de la plaza donde todos podían vernos, empezamos a caminar sin prisa, a paso lerdo, costeando el borde de una pared lateral que pertenece a una construcción vieja al costado del predio..

El trayecto era lento. Ninguno de los dos sabía muy bien qué decir para empezar. Yo sentí el peso de estar haciendo algo que no debía, la culpa lejana por Lizandro y esa adrenalina extraña de estar frente a alguien que me miraba con una atención desarmante.. Caminamos unos metros en silencio, escuchando el crujido de nuestras pisadas sobre las hojas secas, hasta que nos detuvimos al abrigo de esa pared que nos tapaba de la vista del resto de los chicos.

Me giré para mirarlo, buscando una palabra ingeniosa o una pregunta formal para romper la tensión. Pero antes de que pudiera articular media frase, Jeremías se frenó en seco, me miró fijo a los ojos con una mezcla de picardía y seguridad absoluta, y me soltó a bocajarro: —¿Qué no era que me iba a dar un beso?

La pregunta me tomó completamente con la guardia baja. Abrí la boca para contestarle que estaba loco o para protestar, pero ni siquiera logré emitir un sonido.. Sin dudarlo un segundo, él se inclinó hacia adelante, recortó la distancia que nos separaba y me besó..

Fue un beso rápido, dulce e inesperado que paralizó el tiempo. En ese segundo preciso, el ruido de la ciudad, el recuerdo de mi casa en El Timbó Viejo, la culpa por Lizandro y el miedo a la mirada de mis padres desaparecieron del mapa.. No hubo aviso previo ni rodeos; Simplemente ocurrió, ahí, en el costado olvidado de la plazita de atrás.

Cuando se separó apenas unos centímetros, me quedé mirándolo con la respiración entrecortada y los esquemas rotos. La chica enojada, aburrida y predecible que había subido al colectivo esa mañana se había quedado atrapada en el pasado.. Sin saberlo, en ese rincón de la plaza acaba de empezar el romance que pondría mi mundo patas arriba..




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