Ese beso en la plazita cambió el tablero por completo. Al volver a mi casa esa tarde, el peso del secreto comenzó a hacerse sentir, pero sorpresivamente no venía acompañado de culpa. Para ser sincera, yo todavía estaba formalmente de novia con Lizandro el día que Brisa me insistió y aceptó conocer a Jeremías.. Visto desde afuera, le había sido infiel, pero por dentro mi conciencia estaba tranquila..
Lo de Lizandro y yo siempre había sido una maraña de confusión.. Durante mucho tiempo ni siquiera sabíamos bien qué éramos o hacia dónde íbamos, hasta que en un punto acordamos intentar salir de novios.. Pero al poco tiempo de empezar, él me había sido infiel a mí primero.. Así que, en el fondo, ese beso sorpresivo con Jeremías tuvo también un sabor a pequeña venganza personal, a cerrar una cuenta pendiente..
El final con Lizandro no tuvo gritos, ni escenas dramáticas, ni conversaciones extensas aclarando la situación.. Simplemente dejamos de hablarnos de la nada.. Ninguno de los dos se molestó en mandar un mensaje o en buscar al otro en los recreos.. El vínculo se fue desdibujando en el silencio, sin un punto final decretado en palabras, pero con la certeza de que ya no había vuelta atrás.. Mi cabeza y mi corazón ya estaban ocupados en otra frecuencia.
Lo que empezó a pasar con Jeremías fue algo totalmente distinto a todo lo que yo conocía.. Al principio, tengo que admitirlo, entre con desconfianza.. Pensaba que él iba a ser como el resto de los chicos, que se cansaría rápido o que se comportaría de forma opuesta a lo que decía.. Pero Jeremías me preguntó en cada detalle.. Resultó ser un chico increíblemente fiel, lindo, gracioso y, sobre todo, transparente y sincero con lo que sentía..
Con él me pasó algo mágico: era imposible estar triste a su lado. Tenía esa capacidad única de hacerme reír todo el tiempo, de desarmar cualquier malhumor con una broma o una ocurrencia.. Además, hacía por mí cosas que nadie más había hecho jamás. Me consentía en mis caprichos, me compraba detalles sin que yo se los pidiera y me llenaba de mimos.. Tenía un radar especial para leerme: si yo estaba mal, enojada o abrumada por la presión de mi casa, él se daba cuenta al instante sin necesidad de que se lo explicara, buscaba la forma de resolverlo y me hacía sentir contenido y segura..
Antes de conocerlo, yo me sentí enojada con el mundo, confundida y aburrida de mi rutina.. Después de que Jeremías llegó a mi vida, todo cambió de color: me sentí profundamente enamorada, llena de alegría y por primera vez conforme con lo que estaba viviendo..
Sin embargo, la sombra de mi casa y el estricto control de mis padres seguían ahí, amenazas. Mi mamá sospechaba algo desde el principio porque yo le hablaba de él cada vez que encontraba la oportunidad, pero sabíamos que el verdadero problema sería mi papá y su sobreprotección inflexibles.. Para poder vernos sin levantar sospechas, Jeremías y yo tuvimos que construir nuestra propia geografía clandestina..
Nuestros refugios eran contados pero sagrados. En la escuela, aprovechábamos el área de taller cuando podíamos, resguardándonos cerca de "la víbora", esos bancos largos de cemento donde el flujo de alumnos nos permitía cruzar miradas y palabras rápidas.. Pero nuestro verdadero punto de encuentro seguro fuera del ámbito escolar era la Terminal Nueva, cerca de la zona de los baños.. Entre el movimiento incesante de viajeros, maletas y colectivos que entraban y salían de San Miguel de Tucumán, nosotros encontramos unos minutos de paz para abrazarnos y ser nosotros mismos..
Cada cita a escondidas era una montaña rusa de emociones. Por un lado estaba la felicidad absoluta de estar con él, pero por el otro, un frío paralizante en el estómago.. Sentía pánico de que mis padres aparecieran de la nada, de que algún conocido o familiar del pueblo me viera caminando con él, o de que alguien sacara una foto con el celular y se la mandara a mi papá.. Vivía con la adrenalina a flor de piel, midiendo cada paso, sabiendo que el peligro de ser descubiertos flotaba en el aire..
La cómplice silenciosa de toda esta aventura en mi casa era Zahida, mi hermana, a quien le confiaba lo que pasaba, mientras que me cuidaba a espaldas de Abel, mi hermano menor, para que no fuera a hablar de más.. Jeremías, por su parte, sentía el doble de presión que yo.. Le dolía tener que esconderse porque su deseo sincero era hacer las cosas bien, hablar de frente y construir una relación normal en lugar de empeorar el conflicto..
A pesar de las mentiras piadosas y los malabares con los horarios del colectivo de regreso a El Timbó Viejo, estábamos viviendo el amor en su estado más puro.. Íbamos a ciegas, apostándolo todo por esos minutos juntos en la terminal o en la escuela, sin sospechar que el calendario avanzaba hacia una fecha inevitable: la fiesta de mis quince años, el escenario donde nuestro secreto saltaría por los aires de la manera más insospechada....
Editado: 13.09.2026