A Prueba De Hielo

Luna

Capítulo 1: Luna Vega
"A veces, lo más valioso se esconde debajo de una capa de hielo."

El hielo nunca me había mentido.
Cuando patinaba, no importaban las notas de los entrenadores, ni las miradas de las rivales, ni los susurros en los pasillos de la Federación. Sobre la pista, solo existía yo, la música y el frío que se convertía en algo parecido a la libertad.
Esa tarde, sin embargo, el hielo no pudo salvarme del correo que me esperaba en el móvil.
—Vega, ¿vas a quedarte ahí toda la tarde o piensas moverte?
La voz de Carla Mendoza, mi entrenadora, me sacó de mi ensimismamiento. Estaba en el centro de la pista, con los patines aún calientes del entrenamiento, y el móvil vibraba en mi taquilla como un recordatorio de que el mundo exterior existía.
—Ya voy —respondí, deslizándome hacia el borde con una elegancia que solo la danza sobre hielo podía darme.
Carla me miró con esa mezcla de orgullo y preocupación que llevaba meses mostrando. Desde que Marcos Beltrán, mi compañero de pareja, se lesionó la rodilla, sabía que mi futuro en la Federación era incierto. Pero yo no quería pensar en eso. Quería patinar.
—Tienes un mensaje de la Federación —dijo Carla, alargándome el móvil con una expresión seria—. Mejor lo lees ahora.
Mi corazón dio un vuelco. La Federación Nacional de Patinaje no escribía por correo electrónico para decirme "qué bonito patinas hoy". Los correos de la Federación siempre traían noticias importantes. Y las noticias importantes, en mi experiencia, solían ser malas.
Abrí el correo con los dedos temblorosos.
"Estimada patinadora Luna Vega:
Por la presente, la Federación Nacional de Patinaje le comunica que, debido a la lesión de su compañero de pareja, Marcos Beltrán, y en virtud de la Gala Benéfica Anual, ha sido designada para formar pareja con el patinador Damián Soler durante un período de entrenamiento de un mes..."
No necesité leer más.
Damián Soler.
El nombre resonó en mi cabeza como una patada en el estómago. Damián Soler, el patinador individual que había ganado tres campeonatos nacionales y se creía el rey del hielo. El mismo que había dicho en una entrevista que la danza sobre hielo era "un pasatiempo bonito, pero no deporte de verdad". El que siempre me miraba como si yo fuera una principiante que acababa de ponerse los patines.
—No —dije en voz alta, devolviéndole el móvil a Carla como si el correo pudiera morderme—. No, no, no.
—Vega...
—No voy a patinar con él. Prefiero retirarme.
Carla suspiró, con esa paciencia de quien ya sabía que iba a tener que calmarme.
—Escúchame, Luna. Es una gala benéfica. No es una competición. Es una oportunidad para que te vean, para que demuestres lo que vales. Y además, es solo un mes.
—Un mes con él —repetí, con el tono de quien está diciendo "un mes en el infierno"—. Carla, ese loco me llamó "bailarina de salón" en el último campeonato. Delante de todos. Dijo que mi estilo no era profesional.
—Y tú le llamaste "robot con patines" —respondió ella con una sonrisa—. No creo que él lo haya olvidado.
No pude reprimir una sonrisa. Era cierto. Sí lo había llamado exactamente eso, y delante de su entrenador, Sergio Rovira. Damián Soler se había quedado tan blanco que parecía parte del hielo.
—Pero eso fue hace un año —dije, intentando justificarme—. No hemos hablado desde entonces.
—Pues ahora van a tener que hablar. Y mucho. Porque tienen un mes para crear una coreografía desde cero. Y además, la coreografía la va a diseñar Rovira.
Abrí los ojos como platos.
—¿Rovira? ¿Sergio Rovira? ¿El coreógrafo de Damián?

—El mismo. La Federación ha decidido que sea él quien los entrene a los dos. Dice que es la mejor manera de garantizar una coreografía de nivel.
Me pasé una mano por el pelo, intentando procesar la información. Sergio Rovira era uno de los coreógrafos más prestigiosos del país. Había trabajado con patinadores de élite, había coreografiado galas internacionales... y era el mentor de Damián Soler. Eso significaba que, durante un mes, iba a estar bajo su tutela. Y bajo la sombra de Damián.
Carla me puso una mano en el hombro. Su tono se suavizó.
—Luna, sé que es difícil. Sé que Soler es arrogante, prepotente y que tiene un ego más grande que la pista de hielo. Pero también sé que tú eres mejor que eso. No dejes que tu orgullo te impida brillar.
Hizo una pausa, y noté que sus ojos se volvían más serios.
—Y además, piensa en esto: Marcos no va a volver a patinar contigo. Su lesión es grave, y probablemente no competirá al menos durante un año. Tú necesitas una nueva pareja si quieres seguir en la élite. Y esta gala es tu mejor escaparate. Si consigues hacer una buena coreografía con Soler, aunque solo sea durante un mes, los patrocinadores te mirarán con otros ojos. Las federaciones internacionales te tendrán en cuenta. Puede que incluso encuentres una pareja estable después de la gala. No lo veas como un castigo. Velo como una oportunidad para que te vean, para que recuerden que Luna Vega sigue aquí, y que es una de las mejores. Porque lo eres.
Esa última frase me desarmó. Carla no soltaba cumplidos a la ligera. Si decía eso, era porque lo sentía. Y lo que había dicho sobre los patrocinadores y las federaciones... era cierto. Llevaba meses estancada, sin competiciones importantes, sin visibilidad. Marcos se había lesionado justo cuando empezábamos a despuntar, y desde entonces, mi carrera estaba en pausa.
Esta gala podía ser el empujón que necesitaba.
—Un mes —repetí, como si fuera una sentencia.
—Un mes —confirmó Carla—. Y después, si quieres, le lanzas un patín a la cabeza.
Me reí a pesar de todo. Carla siempre sabía cómo arrancarme una sonrisa.
—Esta bien —dije, guardando el móvil en la taquilla—. Un mes. Pero si Soler me vuelve a llamar "bailarina de salón", juro que le clavo la cuchilla del patín en el ego.
—Eso es lo que me gusta de ti, Vega —dijo Carla, dándome un golpecito en la espalda—. Nunca te rindes.
Me giré para mirar la pista. El hielo brillaba bajo las luces, frío y sereno, esperando mis siguientes pasos. Durante un mes, iba a compartir ese hielo con el hombre al que más odiaba en el mundo. Bajo la supervisión de Sergio Rovira.
Ojalá el hielo se abriera y me tragara.
Pero el hielo, como siempre, no me mentía.
Y esa tarde, mientras me deslizaba hacia el centro de la pista, supe que lo que venía no iba a ser fácil.



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En el texto hay: romance juvenil, patinaje, enemiestolover

Editado: 06.08.2026

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