El hielo nunca me había fallado.
Sobre la pista, no existían las dudas. No existían las expectativas de mi familia, ni las miradas de los jueces, ni los comentarios de los rivales. Solo yo, la precisión de mis saltos y la certeza de que cada movimiento estaba bajo mi control.
Esa tarde, sin embargo, el hielo no pudo protegerme de la noticia que me esperaba en el vestuario.
—Soler, tienes un correo de la Federación.
La voz de Sergio Rovira, mi entrenador y coreógrafo desde hacía ocho años, me sacó de mi concentración. Acababa de completar un salto triple perfecto, y el aterrizaje había sido tan limpio que ni siquiera había levantado virutas de hielo.
—Dame un minuto —respondí, sin detenerme.
—Es urgente —insistió Rovira, con un tono que no admitía réplica.
Me detuve en seco y deslicé hacia el borde de la pista. Mi entrenador no era de los que interrumpían un entrenamiento por tonterías. Si decía que era urgente, lo era.
—¿Qué pasa? —pregunté, quitándome un guante para coger el móvil.
—La Federación ha tomado una decisión sobre tu temporada.
Abrí el correo con el ceño fruncido. No me gustaban las decisiones de la Federación. Generalmente implicaban burocracia, papeleo y pérdida de tiempo. Pero lo que leí a continuación era mucho peor que el papeleo.
"Estimado patinador Damián Soler:
Por la presente, la Federación Nacional de Patinaje le comunica que, en virtud de la Gala Benéfica Anual, ha sido designado para formar pareja con la patinadora Luna Vega durante un período de entrenamiento de un mes..."
Sentí que el hielo se abría bajo mis pies.
¿Luna Vega?
—No —dije en voz baja.
—¿No, qué? —preguntó Rovira, acercándose.
—Que no. Que no voy a patinar con ella.
Sergio Rovira suspiró, con la paciencia de quien llevaba ocho años lidiando con mi genio.
—Damián, no tienes elección. La Federación ha hablado.
—Pero yo no puedo patinar en pareja. Yo soy patinador individual. Siempre lo he sido.
—Y ahora, durante un mes, serás patinador en pareja —respondió Rovira con una calma irritante—. Y además, con una de las mejores patinadoras de danza del país. Deberías sentirte halagado.
Me reí, pero no era una risa de alegría. Era una risa amarga, de incredulidad.
—¿Halagado? ¿Yo, halagado por patinar con la bailarina de salón?
—No la subestimes, Soler. Vega es buena. Muy buena. Y tú lo sabes. La gala es dentro de un mes.
Apreté la mandíbula. Sabía que Rovira tenía razón. Luna Vega era una patinadora excepcional en su disciplina. Su conexión con la música, su fluidez, su capacidad para contar historias sobre el hielo... era algo que ni siquiera yo podía negar.
Pero eso no significaba que quisiera patinar con ella.
Maldije en voz baja.
—No me gusta —dije, guardando el móvil en la taquilla con más fuerza de la necesaria.
—No te gusta porque no puedes controlarlo —respondió Rovira, con una media sonrisa—. Y eso, Soler, es exactamente lo que necesitas.
Lo miré con los ojos entrecerrados. Mi entrenador llevaba años diciéndome que necesitaba aprender a soltarme, que el control absoluto no era la única forma de patinar, que había belleza en el caos.
Y ahora, la Federación me estaba dando una lección práctica: iba a tener que patinar con Luna Vega, la antítesis de todo lo que yo representaba. Ella patinaba con el alma, con la emoción, con la música. Yo patinaba con la técnica, con la precisión, con el control.
Éramos polos opuestos.
Y, sin embargo, íbamos a tener que compartir el hielo.
—Un mes —dije, como si la frase fuera un veneno que tuviera que tragar.
—Un mes —confirmó Rovira—. Y no será fácil. Vega es tan testaruda como tú. Pero si logran entenderse, la gala será inolvidable.
—¿Y si no logramos entendernos?
Rovira se encogió de hombros.
—Entonces será un desastre. Pero al menos será un desastre entretenido de ver.
Soltó un bufido que casi fue una risa. Pero Rovira no había terminado. El coreógrafo se acercó un paso más y bajó la voz, como si estuviera a punto de compartir un secreto que yo necesitaba escuchar.
—Mira, Damián, voy a serte sincero. Llevas meses sin competir, sin salir en los medios. Los patrocinadores empiezan a olvidarse de ti. Las federaciones internacionales miran a otros nombres. Necesitas visibilidad. Y esta gala benéfica, aunque no sea una competición oficial, es una oportunidad perfecta. Si patinas bien, si la coreografía es memorable, si la gente habla de ti... los contratos volverán. Los patrocinadores volverán. No lo veas como una humillación. Velo como una estrategia. Un mes de entrenamiento en pareja, una gala, y luego vuelves a tus individuales con más fuerza y, sobre todo, con más nombre. Porque el talento lo tienes, Soler. Pero el talento, si no se ve, no sirve de nada.
Guardé silencio. Odiaba admitirlo, pero mi entrenador tenía razón. Llevaba meses en el dique seco, viendo cómo otros patinadores ocupaban las portadas de las revistas, cómo las marcas deportivas firmaban contratos con rivales que antes estaban por debajo de mí.
Y esa gala, por muy ridícula que me pareciera la idea de patinar con Luna Vega, podía ser mi billete de vuelta a la élite.
—Eres un pesimista, Rovira —dije finalmente, con un tono menos agresivo que antes.
—Soy un realista, Soler. Ahora, quítate los patines y descansa. Mañana empieza el entrenamiento con Vega. Y te sugiero que llegues con una actitud mejor que esta.
Rovira se giró y se alejó, dejándome solo en el vestuario. El silencio de la pista vacía me envolvió, y por un momento, me dejé caer en el banco y apoyé la cabeza contra la pared.
Luna Vega.
Recordaba la primera vez que la había visto en una competición. Había sido hace tres años, en el Campeonato Nacional Juvenil. Ella patinaba en la categoría de danza, y yo en individuales. En aquel momento, la había observado desde la grada, con la arrogancia de quien creía que su disciplina era la única que merecía respeto.
Y entonces ella había empezado a patinar.
La música era suave, melódica, y Luna se había movido como si el hielo fuera una extensión de su cuerpo. No había saltos espectaculares, ni giros imposibles. Solo fluidez, emoción y una conexión con el público que yo jamás había logrado en mis competiciones.
Cuando terminó, el público la ovacionó de pie.
Y yo, desde la grada, había sentido algo que no supe identificar: envidia, admiración, curiosidad.
Luego, en el pasillo, los periodistas me habían preguntado mi opinión sobre ella. Y yo, con la soberbia de los diecinueve años, había respondido:
—Es una bailarina de salón. Bonita, pero no es deporte de verdad.
Esa frase se había publicado en los periódicos y había llegado a oídos de ella.
Y desde entonces, ella me odiaba.
Cerré los ojos y respiré hondo. Había sido un idiota. Lo sabía. Pero en aquel momento, era más fácil ser arrogante que admitir que una patinadora de danza me había robado el aliento.
Ahora, tres años después, el destino y la Federación nos daban una segunda oportunidad. O quizás, una venganza.
—Un mes —repetí en voz baja, dirigiéndome al hielo vacío—. ¿Cómo voy a sobrevivir un mes con ella?
El hielo, como siempre, no respondió.
Empecé a sentir que esta vez no lo tenía todo bajo control.
Y eso, precisamente, era lo que más me aterraba