Llegué a la pista con diez minutos de antelación.
Era mi ritual. Llegar antes, sentir el frío vacío, escuchar el silencio antes de que los patines lo rompieran. Siempre me ayudaba a concentrarme. Pero esa mañana, el ritual no funcionaba. Mi estómago era un nudo de nervios y mi cabeza no dejaba de repetir el mismo pensamiento:
"Vas a patinar con Damián Soler."
Me apoyé en la barandilla y observé el hielo. Estaba impecable, recién pulido, brillando bajo las luces como un espejo. Parecía mentira que algo tan frío pudiera ser tan hermoso.
—¿Vas a quedarte ahí toda la mañana o piensas entrar?
La voz de Carla sonó a mi espalda. Me giré y la vi con su chaqueta azul de la Federación y una expresión que mezclaba diversión y advertencia.
—Estoy preparándome mentalmente —respondí, sin moverme.
—No necesitas prepararte mentalmente. Necesitas entrar, ponerte los patines y demostrar que eres mejor que él.
Soltó una risa corta.
—¿Y si resulta que no soy mejor?
—Entonces le lanzas un patín a la cabeza, como dijiste, y te retiras con dignidad.
Me reí a pesar de los nervios.
Entré en el vestuario y me cambié. El ritual de los patines era casi sagrado: calcetines térmicos, patines ajustados, cordones bien atados, un par de saltos en el sitio para comprobar que todo estaba en su sitio. Cuando salí a la pista, el frío me golpeó la cara y, por un instante, todo se sintió normal.
Hasta que vi a Damián en el borde de la pista.
Estaba hablando con Sergio. Llevaba una chaqueta negra y sus patines colgaban de su hombro. Su postura era la de siempre: recto, seguro, con esa arrogancia que parecía decir "yo sé que soy el mejor, y tú también lo sabes". No había cambiado nada. Ni su forma de moverse, ni su expresión seria, ni esa mandíbula apretada que lo hacía parecer un dios del hielo enfadado.
Me detuve en seco. Mi corazón dio un vuelco, y no estaba segura de si era por los nervios o porque, a pesar de todo, Soler seguía siendo el patinador más atractivo que había visto en mi vida.
—Vega —dijo Rovira al verme, con una sonrisa profesional—. Me alegra que hayas llegado temprano. Ven, quiero presentaros formalmente.
—Ya nos conocemos —respondí, con un tono que pretendía ser neutral pero que salió más frío de lo que quería.
Damián me miró y sus ojos se entrecerraron ligeramente. No sonrió. No dijo nada. Solo me observó, como si estuviera evaluándome.
—Sí, nos conocemos —dijo finalmente, con una voz que no transmitía ninguna emoción—. Hace tiempo.
—Sí—afirmé—. En el Campeonato Nacional. Tú me llamaste "bailarina de salón" delante de los periodistas.
—Y tú me llamaste "robot con patines" —respondió él, sin inmutarse—. Creo que estamos en paz.
Me quedé sin palabras. ¿Estábamos en paz? ¿Él creía que eso era todo? ¿Que se podían borrar años de rencor?
—Esta bien —dijo Rovira, aplaudiendo una vez para romper la tensión—. Ya veo que se conocen lo suficiente. Ahora, al grano: tenemos un mes para preparar una coreografía para la gala. La música la he elegido yo, y es una mezcla de ambos estilos: un poco de tu técnica, Soler, y un poco de tu fluidez, Vega. Va a ser un desafío, pero creo que juntos pueden hacer algo espectacular.
Damián y yo nos miramos. No hubo complicidad en esa mirada. Solo una especie de aceptación resignada.
—Vamos a ello —dijo él, deslizándose hacia el centro de la pista.
Me quedé en el borde, observándolo. Rovira había puesto la música, y Damián empezó a moverse. No era un ensayo completo, era más bien una demostración. Un recordatorio de que, aunque yo odiara su actitud, su técnica era impecable. Cada salto, cada giro, cada movimiento parecía calculado al milímetro. No había emoción en su patinaje, pero había precisión. Y mucha.
—¿Vas a quedarte ahí mirando o vas a patinar? —me preguntó, deteniéndose justo delante de mí.
—Estaba observando —respondí, deslizándome hacia la pista—. Para saber qué es lo que tengo que corregir.
—¿Corregir?
—Tu estilo. Es perfecto, pero no tiene alma.
Él arqueó una ceja. No parecía ofendido. Más bien, parecía divertido.
—¿Y el tuyo tiene alma?
—El mío tiene alma, emoción y musicalidad. Cosas que tú, con todos tus saltos perfectos, nunca vas a entender.
Damián se rió. No era una risa burlona. Era una risa corta, casi sorprendida, como si no esperara que yo le respondiera con tanta seguridad.
—Vega, llevamos cinco minutos en la pista y ya estás intentando darme lecciones. Esto va a ser un mes muy largo.
—Para ti, Soler. Para mí va a ser un mes de aprendizaje.
—¿Aprendizaje?
—Sí. Aprenderé a patinar con un robot.
La sonrisa de Damián desapareció. Pero no vi enfado en sus ojos. Vi algo que no supe interpretar. Yo no era tan fácil de intimidar como él pensaba.
—Vega —dijo, con un tono más serio—. Si vamos a hacer esto, tenemos que dejar atrás los insultos y las pullas. No podemos permitirnos perder tiempo en discusiones.
—De acuerdo —respondí—. Pero solo si tú dejas de llamarme "bailarina de salón".
—Nunca he vuelto a decirte eso —dijo, y por primera vez, su sonrisa parecía sincera—. Y tú deja de llamarme "robot".
Nos estrechamos la mano. Fue un gesto breve, sin demasiada fuerza, pero suficiente para sellar un acuerdo frágil.
—Bien —dijo Rovira desde el borde de la pista—. Ahora que ya han hecho las paces, vamos a empezar. Quiero verlos patinar juntos. No coreografía, solo movimiento. Sigan mi ritmo.
La música empezó. Era una melodía suave, con un ritmo pausado que invitaba a fluir, no a saltar. Damián se movió con su precisión habitual, y yo intenté seguirle, pero algo no encajaba. Él iba demasiado rápido, yo demasiado lenta. Él buscaba la perfección técnica, yo buscaba la conexión con la música. Chocábamos en cada giro.
—¡Paren! —gritó Rovira—. Esto no funciona. Están patinando como si fueran dos solistas en la misma pista, no una pareja.
Damián y yo nos miramos. Era cierto. Estábamos tan concentrados en demostrar quién era mejor que ni siquiera estábamos intentando coordinar.
—Necesito que se miren —dijo Rovira, acercándose—. Que se escuchen. Que sientan el ritmo del otro. El patinaje en pareja no es técnica, no es emoción. Es confianza. Y ustedes dos no confían ni un segundo en el otro.
Damián me miró. Por primera vez, no vi arrogancia en sus ojos. Vi incertidumbre.
—Vega —dijo en voz baja—. Confía en mí.
Las palabras resonaron en mi cabeza. ¿Confiar en él? Está loco. Loquísimo.
Respiré hondo.
—Vamos a intentarlo —respondí.
La música empezó de nuevo. Y esta vez, en lugar de chocar, intentamos fluir. Él ajustó su ritmo al mío, y yo ajusté el mío al suyo. No fue perfecto. No fue mágico. Pero fue un comienzo.
Y, al final del ensayo, mientras me quitaba los patines en el vestuario, no pude evitar pensar que, debajo de toda esa arrogancia, Soler quizás era más humano de lo que yo quería admitir.
No, no. Qué va. Son ideas mías.