Me despierto exaltada por el susto, con el cuerpo empapado en sudor frío.
Otra vez su rostro apareció en mis sueños.
¿Cuándo llegará el día en que deje de soñar con él? ¿Cuándo dejará de doler?
Me encojo en posición fetal mientras las lágrimas recorren mis mejillas sin poder detenerse.
Cuando por fin amanece, me levanto de la cama y me preparo para ir a la escuela.
Termino de arreglarme y bajo al comedor.
—Buenos días, hermana. —saluda Alicia, mi hermanastra.
—No soy tu hermana.
Tomo una manzana de la mesa y salgo rumbo a la escuela.
(...)
Ya en el salón, observo a mis compañeros conversar entre ellos.
Tan absorta estoy en mis pensamientos que no noto cuando alguien toca mi hombro. Me giro sobresaltada y doy un pequeño salto al encontrar a Phoenix demasiado cerca de mí.
—¿Tienes un lápiz para prestarme? —pregunta con una amable sonrisa.
¿Por qué sonríe? ¿Qué pretende?
—L-lo siento... no puedo prestártelo.
Bajo la mirada, aterrada por su cercanía.
—¿Por qué no?
Levanto la vista lentamente y, reuniendo el poco valor que me queda, respondo:
—Tengo androfobia.
—No tienes por qué tenerme miedo.
Intenta acariciar mi mejilla, pero el pánico se apodera de mí. Salgo corriendo del salón sin importar los murmullos de mis compañeros.
Me apoyo contra los casilleros e intento recuperar el aliento.
—Perdón, no quise asustarte.
Me doy la vuelta y quedo frente a Phoenix.
—Tengo miedo, Phoenix.
Su expresión se llena de preocupación.
—¿De qué?
—De que me hagas lo mismo que él me hizo.
Me derrumbo en llanto al recordar aquel día.
El día que lleva años persiguiéndome.
—Jamás te haría daño, Yasmin. Ni aunque quisiera podría hacerlo. Solo déjame estar a tu lado.
Lo miro directamente a los ojos. Es la primera vez, en mucho tiempo, que logro sostener la mirada de alguien.
—Prométeme que no vas a herirme.
—Te lo prometo.
Quiero creerle, pero el miedo sigue aferrado a mí.
Sin previo aviso, todo se vuelve negro y caigo desmayada en sus brazos.
(...)
Despierto en la enfermería de la escuela.
Giro la cabeza y, por un instante, creo ver a la persona que destruyó mi vida sentada a mi lado.
Mi respiración se acelera.
—¡Vete! ¡Fuera de aquí! —grito mientras comienzo a golpearlo desesperadamente.
—¡Te odio! ¡Maldito desgraciado! ¿Por qué me hiciste eso? ¡¿Por qué?!
—¡Yasmin, cálmate! ¡Soy yo, Phoenix!
Me sostiene de los brazos y, presa del miedo, le doy una patada.
—¡No me toques! ¡No me toques! ¡Que se vaya!
La enfermera entra de inmediato, saca a Phoenix de la habitación y luego vuelve para abrazarme.
Le devuelvo el abrazo mientras lloro desconsoladamente sobre su hombro.
Lo odio.
Por su culpa mi vida nunca volvió a ser la misma.
Por su culpa quedé marcada para siempre.
Una herida que nada en el mundo podrá borrar.