YASMIN DUNCAN.
Yo tenía todo controlado.
Regla 1: comer en el establo, donde no hay gente.
Regla 2: caminar pegada a la pared en los pasillos para que nadie me roce.
Regla 3: si alguien se acerca mucho, irme.
Hoy falló la regla 2.
Segundo año saliendo de matemática. Pasillo lleno. Un chico de tercero corriendo con una mochila. Me roza el hombro. Sin querer. Fue un segundo.
Pero para mí fue como volver a ese día. A lo que me pasó. A cuando un chico abusó de mí y me dejó marcada de por vida.
Me quedé sin aire.
No grité. No pude. Salí corriendo. Todos me miraron raro. La rara, la retraída, la reservada. Otra vez.
Corrí hasta el único lugar donde no hay gente. El establo.
Me tiré al piso, atrás de Luna. Con las rodillas contra el pecho. Sin poder respirar.
PHOENIX SULLIVAN.
Yo estaba cepillando a Luna cuando Yasmin entró corriendo y se tiró al piso.
Yo soy un pan de dios, jamás lastimé a nadie de ninguna forma. Y lo primero que aprendí con caballos asustados es que si te les acercás cuando tienen miedo, los asustás más.
Entonces no me acerqué.
Me quedé a 3 metros. Me senté en el piso también, para estar a su altura. Pero lejos.
— Yasmin — dije bajito, no a ella, a Luna—. Luna también se asusta cuando alguien la toca sin permiso. Mirá cómo respira.
Luna respiraba fuerte. Yo respiré fuerte con Luna. Para que se escuche.
Yasmin me miraba llorando, sin poder hablar.
— No te voy a tocar — le dije—. Te lo juro. Jamás toco a nadie sin permiso. Ni siquiera si te estás cayendo. Vos me tenés que decir "Phoenix, me podés tocar". Si no, no.
Seguí respirando. Fuerte. Lento. Con Luna.
— Si querés, respiramos juntos. Si no querés, yo me quedo acá igual, sin decir nada. Vos tenés las riendas. Vos mandás.
Pasaron 2 minutos. 3 minutos. Yo seguía respirando.
Yasmin, de a poquito, empezó a respirar como Luna. Como yo.
— ¿...te podés quedar? — dijo bajito, con voz rota—. Pero ahí. Lejos.
— Acá me quedo — le dije—. A 3 metros. Todo lo que necesites.
Se calmó. No del todo. Pero pudo respirar.
Me miró. Yo seguía lejos.
— Un chico... me rozó... en el pasillo — me dijo, llorando—. Y me acordé. De lo que me pasó. De cuando abusaron de mí.
No me contó detalles. Yo no le pregunté detalles. No hace falta.
— Gracias por contármelo — le dije—. ¿Querés que llame a alguien? ¿A Erin? ¿A la psicóloga? ¿O querés que nos quedemos acá los tres, vos, Luna y yo?
— Acá — dijo.
Nos quedamos en silencio 10 minutos más. Yo a 3 metros. Ella abrazada a sus rodillas.
Cuando ya podía pararse, vio algo en el banco. La pulserita de hilo que yo le había dejado ayer. Violeta. Como Luna.
— ¿La dejaste vos? — me preguntó.
— Sí. La hice yo. Pero no te la di en la mano porque no te quería tocar sin permiso. Por eso la dejé ahí. Si no la querés, la tiro.
Yasmin la agarró. Se la puso. Le quedaba grande.
— ¿Por qué sos así conmigo? — me preguntó—. Todos los chicos cuando les digo que no se enojan. Vos no.
Me encogí de hombros.
— Porque soy un pan de dios. De verdad. Jamás lastimé a nadie de ninguna forma. No sé cómo se hace para lastimar. Mi mamá dice que yo nací sin eso. — la miré, siempre lejos—. Y porque vos tratás de alejarme por miedo a salir lastimada. Y tiene sentido que tengas miedo después de lo que te pasó. Pero lo que vos no sabés, Yasmin, es que yo jamás podría lastimarte aunque quisiera. Aunque lo intentara. No me saldría.
Yasmin se limpió las lágrimas. Por primera vez me miró sin bajar la cabeza al segundo.
— ¿Mañana vas a estar acá también?
— Todos los días — le dije—. A 3 metros si querés. A 1 metro si me decís que puedo. Pero acá.
Se paró. Se acomodó la pulsera violeta. Caminó hasta la puerta del establo. Antes de irse, se dio vuelta.
— Gracias por no tocarme — me dijo.
Y se fue.
Yo me quedé con Luna. Con el corazón latiéndome fuerte. Porque entendí que para Yasmin Duncan, que un chico no la toque, es la forma más grande de decirle "te quiero".
Y yo la quiero. Pero a su ritmo. Con sus riendas.