*PHOENIX SULLIVAN.*
Pasaron 3 días desde lo del mensaje.
Yasmin está distinta. No más alegre. No menos retraída y reservada con todo el mundo. Con todo el mundo sigue igual: 2 metros, no me toquen.
Conmigo, el chico del establo, ahora pide 1 metro siempre. A veces medio metro. Pero nunca me toca. Yo nunca la toco.
Hasta hoy.
*YASMIN DUNCAN.*
No dormí bien desde que lo bloqueé. Sueño feo. Sueño que vuelve.
Hoy en el establo no me sale respirar como Luna. Me sale llorar.
Phoenix está a 1 metro, cepillando a Luna. Como siempre.
— Chico del establo — le digo.
— Acá estoy.
— Hoy quiero... — me trabo. Nunca pedí esto desde lo que me pasó. Desde que mi ex mejor amigo abusó de mí, no dejo que nadie me abrace. Porque los abrazos me hacen acordar a cuando él me abrazaba antes.
Phoenix no me interrumpe. Me espera.
— Hoy quiero un abrazo — digo bajito, y me da vergüenza—. Pero no sé cómo se pide. Y no sé cómo quiero que me abracen. Me da miedo que me aprieten fuerte.
Phoenix deja el cepillo. Se sienta en el piso, a 1 metro. Con las manos sobre sus rodillas, a la vista. Para que yo vea que no me va a agarrar.
— Entonces me enseñás vos — me dice—. Porque yo soy un pan de dios que jamás lastimó a nadie de ninguna forma, pero tampoco sé abrazar si no me enseñan. Mis hermanos me enseñaron a abrazar fuerte. Pero vos no querés fuerte. ¿Cómo lo querés?
Lo pienso. Nunca nadie me preguntó cómo quería que me abracen.
— Quiero... quiero que sea de costado — digo—. No de frente. De costado me da menos miedo. Y flojito. Y que yo lo pueda cortar cuando yo quiera.
— De costado, flojito, y vos cortás cuando querés — repite Phoenix, como si fuera una clase—. ¿Y con las manos? ¿Dónde?
— En el hombro. No en la cintura. En el hombro.
— En el hombro — dice—. Perfecto. Yo no me voy a mover hasta que vos te acerques. Vos tenés las riendas.
Me paro. Me tiemblan las piernas.
Camino ese medio metro que nos separa. Me siento al lado de él, de costado, no de frente.
Le pongo mi mano en su hombro. Él pone su mano en mi hombro. Flojito. Como si Luna me tocara con la nariz.
Contamos juntos.
— Uno... dos... — dice él bajito.
A los tres segundos le toco el brazo dos veces. La seña que inventamos para "ya está".
Él me suelta al segundo. No un segundo tarde. Al segundo.
Me quedo al lado. No me alejo corriendo. Por primera vez después de un abrazo no quiero correr.
— ¿Estuvo bien? — me pregunta.
— Sí — digo, y lloro un poquito, pero bien—. Fue mi primer abrazo desde... desde él. Y no me dio miedo. Porque fui yo la que lo pidió. Y fui yo la que dijo cuándo parar.
Phoenix sonríe. Tiene los ojos rojos también.
— Gracias por enseñarme a abrazarte — me dice—. Lo hice bien porque vos me enseñaste.
Y por primera vez entiendo algo:
Yo trato de alejar a los chicos por miedo a salir lastimada. Pero el chico del establo jamás podría lastimarme aunque quisiera. Aunque lo intentara. Porque es un pan de dios que jamás lastimó a nadie de ninguna forma.
Y si algún día alguien me vuelve a abrazar, quiero que sea así. De costado, flojito, en el hombro, y cortando cuando yo quiero.
Y que sea él.
*PHOENIX SULLIVAN.*
Yasmin me pidió un abrazo.
Un abrazo de costado, flojito, de 3 segundos, en el hombro, que ella corta.
Fue el mejor abrazo de mis 17 años. Porque me lo pidió ella. Porque me enseñó ella.
Y entendí que para Yasmin Duncan, que pasó lo que pasó y quedó marcada de por vida, un abrazo no es un abrazo.
Es decir: hoy confío en vos medio metro más que ayer.
Y medio metro para ella es un mundo.