Narra Briatny
Salí de la ducha después de regresar del instituto.
El vapor aún cubría parte del espejo del baño. Pasé la mano por el cristal empañado y observé mi reflejo.
Lucía agotada.
Los moretones sobresalían sobre mi piel como recordatorios silenciosos de las últimas noches. Algunos ya comenzaban a tomar tonos amarillentos, mientras que otros seguían oscuros y dolorosos.
Suspiré.
Tomé un paño de algodón y limpié con cuidado las zonas que más me dolían, buscando un poco de alivio.
—¿Dónde es que me dijiste que ibas a ir? —preguntó mi madre desde la puerta.
Di un pequeño salto del susto.
No la había escuchado acercarse.
—A casa de Diana, mamá. Tenemos que hacer un trabajo.
Me envolví rápidamente en una bata.
Las mangas largas ayudarían a ocultar los golpes.
—Está bien.
Salí del baño con el cabello aún goteando agua. Algunas gotas descendían por mi cuello mientras caminaba hacia mi habitación.
Cerré la puerta detrás de mí.
—¿Vas a cambiarte de ropa?
La voz de mi hermana me hizo sobresaltarme por segunda vez.
—Sí, Dileny. Necesito que salgas.
Me acerqué al clóset sin mirarla.
—¿Te sientes bien?
La pregunta me hizo detenerme un instante.
Al parecer, mi voz cansada me había delatado.
—Sí, hermanita. Solo... estoy cansada.
No me giré.
Me limité a hablarle dándole la espalda.
Dileny permaneció unos segundos en silencio.
Luego salió de la habitación.
Ella siempre había sido así.
Comprensiva.
Observadora.
Empática.
Era una de las cosas que más admiraba de ella.
Quizás no entendía todos los problemas del mundo, pero siempre parecía darse cuenta cuando alguien estaba sufriendo.
Incluso cuando ese alguien intentaba ocultarlo.
Un fuerte viento golpeó la ventana.
Las ramas de los árboles se agitaron violentamente.
Parecía que pronto llovería.
Abrí el clóset y saqué un suéter con gorro.
Perfecto.
Ocultaría los moretones de mi familia.
Y también de Diana.
Debajo me puse una blusa blanca de tirantes. Nada demasiado llamativo.
Como siempre, completé el atuendo con unos pantalones cargo.
Eran cómodos y prácticos.
Mi combinación favorita.
Salí hacia la cocina para buscar mi botella de agua justo cuando mi padre llegó.
Entró en silencio.
Demasiado silencio.
Pidió que le sirvieran el almuerzo.
Comió poco.
Sin hablar.
Luego se sentó en una esquina del sillón de la sala.
Mi madre lo observó durante unos segundos.
Después nos miró a nosotras.
Conocía perfectamente esa mirada.
La misma que significaba:
"No hagan ruido."
"No discutan."
"No alteren la paz."
Mi padre estaba estresado.
Y todos lo sabíamos.
—Tendrás que irte en taxi —me susurró mi madre.
Asentí.
—Ven, te daré dinero para el pasaje.
Fuimos a la habitación de mis padres.
Mi madre abrió un cajón de su tocador y sacó algunos billetes cuidadosamente doblados.
—Me saludas a Dianita.
Sonrió antes de darme un beso en la frente.
—Lo haré.
Salí de la casa cerrando el portón con cuidado.
Las viejas bisagras siempre rechinaban.
Al mirar hacia la calle vi algo que me hizo detenerme.
El automóvil de Thaner pasó a toda velocidad frente a la casa.
Tan rápido que apenas pude distinguirlo.
Entré de nuevo tras el portón por puro reflejo.
—Dios lo ayude... —murmuré.
Sabía exactamente hacia dónde se dirigía.
A casa de Walther.
Esperé unos segundos antes de continuar mi camino.
Caminé varias cuadras.
En mi vecindario era difícil encontrar taxis.
Entre el ruido cotidiano de la ciudad reconocí un vehículo familiar.
Mario.
El conductor me saludó apenas me vio.
Antes de trabajar como taxista había sido recolector de basura.
Era una de esas personas que conocían a medio barrio.
Y probablemente a la otra mitad también.
—¿A dónde la llevo? —preguntó mientras ajustaba el espejo retrovisor.
—A casa de Diana.
—Entendido.
Durante el trayecto comenzamos a conversar.
Hablamos del instituto.
De las tareas.
De profesores.
De amigos.
—Todo es mejor cuando tienes amigos que hacen que las horas pasen volando.
Acomodé mi cabello detrás de la oreja.
El viento que entraba por la ventana comenzaba a sentirse más frío.
—Vaya que sí.
Mario sonrió.
—¿Y hay alguien que la haga suspirar?
Casi me atraganto.
—Claro que no.
Me crucé de brazos.
—Debo mantener mi promedio si quiero aplicar a una beca.
Mario soltó una carcajada.
—Esa es la mejor respuesta que he escuchado.
Luego volvió a mirar la carretera.
—Pero siempre es lindo tener a alguien que te saque ese brillo especial de los ojos.
Hizo una pausa.
—Ese chico... o chica... que te haga vivir un poquito más.
—Aprecio el consejo, Mario, pero no quiero distracciones.
Tomé mi mochila.
—Perdería tiempo, y necesito invertirlo bien.
—Ya veremos qué opina el tiempo.
Me guiñó un ojo.
Negué con la cabeza mientras reía.
Minutos después llegamos.
La casa de Diana se encontraba al final de un largo sendero rodeado de árboles frutales.
Algunas flores de colores decoraban los bordes del camino.
Empujé el enorme portón de entrada.
—¡¡DIANAAA!!— La voz de Denis, el hermanito de Diana, resonó por todo el patio. —¡Llegó tu amiga! ¡La que tiene pecas!
Solté una carcajada.
—Vamos, Denis. Me conoces desde hace cuatro años. No es posible que todavía no te sepas mi nombre.
Puse las manos en la cintura fingiendo indignación.
El pequeño se sonrojó.
Luego salió huyendo en su bicicleta vieja.