Narra Edward Cullen
—La princesa se encuentra indispuesta en este momento. —Informé al joven mensajero real proveniente de una dimensión del Norte, quien había sido enviado para presentar una propuesta "jugosa", como él mismo la había descrito con un vocabulario poco digno de un emisario real.
—Le ruego, mi señor. —Suplicó, inclinándose una vez más. Ya había hecho más reverencias de las que el protocolo exigía.— El Rey Nertur no brindará una mejor propuesta que la que hoy le presentamos. Su Majestad, la princesa Briatny, no puede rechazar tal petición.
Hablaba como si ella no tuviera derecho a negarse.
Como si la decisión ya estuviera tomada y la voluntad de la princesa fuera un simple trámite.
Debo admitir que aquello me desagradó.
Los guardianes y yo permanecíamos frente a la residencia real, firmes como estatuas. Ninguno se movía un solo centímetro. Mi deber, como segundo al mando cuando la princesa se encontraba fuera de Nunca Jamás, era recibir a cualquier enviado de otros reinos y decidir hasta dónde podían llegar.
Con el mayor tacto posible, traté de sacar a Bri de aquel aprieto. Sabía perfectamente que esa supuesta propuesta comercial no era más que una elegante excusa para pedir la mano de la princesa en matrimonio.
Y también sabía algo más.
Que, cuando Bri descubriera aquellas insinuaciones, el primero en recibir su enojo sería yo.
—Lamento hacerle saber que la princesa mantiene una agenda demasiado ocupada en estos momentos. —Acomodé la corbata de mi uniforme. Procuraba mantener una presencia impecable; representaba a la Casa Real incluso cuando la monarca no estaba presente.— Y, siendo completamente honesto, temo que el resto de la semana tampoco dispondrá de tiempo para recibir audiencias.
El muchacho no tardó en responder.
—Su Majestad, el rey Nertur de Encanta, me ha comunicado que puede allegarse hasta este reino, si la princesa no puede atenderlo en el suyo.
Aquello me tomó por sorpresa.
No porque la idea fuera imposible, sino porque era evidente que acababa de improvisarla. Buscaba cualquier resquicio para cumplir con la misión que le había sido encomendada.
Viéndome contra la pared, decidí responder.
—Sería un honor recibir a Su Majestad en nuestro reino. —Hice una respetuosa reverencia.— Pero me temo que, sin la autorización expresa de vuestra princesa, heredera de Nunca Jamás...— Hice una breve pausa. Había que recordarle con qué clase de autoridad pretendían negociar. —...no podemos aceptar visitas de reinos vecinos.
Durante un instante, vi algo en sus ojos.
Una pizca de malicia.
Pequeña.
Casi imperceptible.
Pero suficiente para comprender que aquella respuesta no le agradaba.
—Comprendo. —Sonrió apenas, como quien decide qué cartas mostrar y cuáles guardar para una próxima partida.— De ser así, informaré al Rey Nertur de todo lo mencionado.
Se colocó sobre la cabeza el gorro ceremonial adornado con gemas preciosas que representaban el emblema de Encanta. Después nos dedicó una última reverencia antes de subir al carruaje que lo esperaba a unos metros de la residencia.
Observé cómo se alejaba por la arena de la costa de Nunca Jamás.
Solo entonces respiré con tranquilidad.
Había conseguido librar a Bri de aquel embrollo.
No porque creyera que cualquier patán mereciera el honor y el privilegio de desposar a mi niña.
Sino porque el Reino era uno de esos lugares a los que convenía mirar siempre con cautela.
El Reino de Encanta, conocido entre las dimensiones por las aguas curativas que nacían desde las entrañas de un enorme volcán semiactivo, capaces de sanar males que muy pocos hechizos podían remediar, sin superar a nuestra princesa, claro.
Pero también era un reino cuya historia se había escrito entre guerras.
El padre del Rey Nertur, el rey Magnat, había sido durante años una autoridad digna de admiración. Su nombre imponía respeto incluso antes de pronunciarse. Sin embargo, tras su muerte y el ascenso de su hijo al trono, el prestigio de Encanta había comenzado a desmoronarse poco a poco.
Hoy, lo único que mantenía a flote a aquel reino era la inmensidad de sus dominios del Norte y la riqueza que brotaba de sus tierras.
Sabía que aquel encuentro escondía mucho más que una simple estrategia.
La propuesta comercial era solo una parte del plan.
La otra... mucho más importante.
Conseguir que la heredera del trono de Nunca Jamás viajara hasta el Reino de Encanta. Y eso era precisamente lo que más me preocupaba. Su presencia en aquel reino no sería un simple viaje diplomático; durante todo el tiempo que permaneciera allí estaría bajo la vigilancia de los "Informantes", los ojos y voces que convertían cualquier movimiento de la nobleza en noticia para todas las dimensiones.
—Hermano. —La voz de Cristian me detuvo apenas crucé la puerta. Había permanecido observando la conversación desde el interior de la residencia.— Esa propuesta era muy importante para Bri. —Enderezó la espalda con la elegancia que siempre lo caracterizaba.— Ambos sabemos cuáles eran las verdaderas intenciones del Rey Nertur. Y es precisamente por eso que no debías rechazarla.
Aquellas palabras me obligaron a detenerme.
Giré lentamente hasta encontrarme con sus ojos.
—Espero que lo que acabas de decir sea una broma. —Me llevé una mano al rostro, frotándome los ojos con evidente cansancio.— Porque, de ser cierto, es de muy mal gusto.
—Sabes perfectamente que jamás bromearía con un asunto de esta importancia. —Se acomodó los lentes con total serenidad.— No estoy diciendo que me agrade. Estoy diciendo que actuaste en contra de lo que dicta nuestro deber.
Sentí cómo la paciencia comenzaba a abandonarme.
—¿Me estás reprendiendo por negarme a ofrecer a nuestra princesa como si fuese una mercancía de intercambio? —Me acerqué por puro impulso, incapaz de ocultar mi incredulidad.