Desde el inicio de los tiempos existen las reglas y ellas son las que nos diferencian como ser vivo pensante.
Deberías tomarte un tiempo y pensar quienes somos sin reglas, el ser humano podría coexistir sin la existencia de estas, pues donde vivo te aseguro que dudarían aquello.
Nací y crecí en un pequeño pueblo alejado de la sociedad, Jackson un pueblito que no muchos se atrevían a visitar, y es que para separarnos de los libertinos tenemos reglas estrictas.
Muy pocos turistas visitaban este pueblo y cuando lo hacían salían con una hermosa reseña, donde apodaban a este pueblo como el pueblo callado, donde los habitantes eran tan educados que después de las 6:00 pm teníamos prohibido salir afuera.
Lo cierto era que aborrecíamos a los turistas, ellos solo venían a contaminarnos, sus pensamientos inadecuados también su libre expresión era algo que molestaba al consejo de cofundadores.
Debíamos ser personas de bien, apartar a la oscuridad de nosotros, alejarnos de aquello que nos causara lujuria, deseo o pasión.
Para sanar todo aquello, está la iglesia, la cual es el templo sagrado de Jackson, o quizás solamente era su perdición.
Todos pecábamos, todos mentíamos. Somos hijos del pecado, eso nunca cambiaría.
Aunque ahora, aprendimos a ocultar todo lo que sentíamos. Vivir una doble vida nunca fue fácil.
Reglas.
Una persona adultera, será desterrada de Jackson. Esperamos que nuestro señor los perdone por tal ofensa.
Si robas, nuestro señor te ve.
Él no perdonará a los que miente.
No matarás, ya que nunca obtendrás el perdón.
Los fundadores crearon sus reglas, con el fin de apartar la maldad de nosotros. Sin saber que lo prohibido, solamente sirve para desatarnos
Lo prohibido es tentación, la cual se convierte en deseo. Dejamos fluir lo que sentimos, aunque estos sean, nuestros instintos más bajos.
Reacciono dando un respingo sorpresivo cuando Damián toca mi hombro. Sonrió con pesadez, tratando de que pasaba desapercibida mi cara de aburrimiento.
— Endereza los hombros. — susurró mi madre, la perfecta Abigaíl James.
Todo en Abigaíl James es perfecto, tiene unos cuarenta y tantos años, pero se conserva bastante bien. Llevaba su cabello castaño muy largo, el cual yo también había heredado y vestía con ropa de diseñador. Para ella la familia James Park era de la realeza y había que demostrarse como tal.
Mi padre Vladímir se encontraba en la puerta recibiendo a los invitados personas exclusivas y los más adinerados de Jackson, quienes cargan y viven diariamente con la hipocresía.
Vladímir Park, a sus cincuenta años, era un hombre guapo y bien conservado. Sus ojos verdes oscuros le aportaban algo a su piel pálida que resultaba atractiva.
Miré la enorme sala donde casi todos los invitados estaban sentados en la mesa a la espera de los anfitriones de dicha reunión, porque no me cabía duda de que mis padres organizaban esta dichosa cena cada mes para presumir que su fortuna crecía cada vez más. Y no todo era gracias a nuestro señor.
Mi padre era dueño de una exitosa empresa de bienes raíces, mientras mi madre era ama de casa a tiempo completo, según ella. La realidad es que se esforzaba en ser muy servicial con los demás.
Claro, porque nadie puede ser más bondadoso que los James Park.
Miro hacia la mesa, encaminándome a ella con pasos lentos, pero precisos. Me distraigo cuando veo a Damián arrastrar una silla con cuidado para que yo me siente. Le sonrió agradecida, tomando asiento.
Damián es el ideal de novio perfecto según mi madre; lo cierto es que me parecía el ser más estúpido que he conocido en mi vida.
Un niño de papá que brindaba sonrisas por doquier, para mí parecía un Ken estúpido que todo lo hacía por Barbie, pero yo nunca quise ser Barbie. Miro su cabello rubio efectuando una mueca disimulada.
—¿Por qué Diana no vino?—le preguntó en un susurro a Damián.
— ¿Mi madre se encontraba indispuesta, sabes cómo es ella?
Si la conozco muy bien, Diana Sanders es una mujer muy amable pero bastante tímida y parte de su timidez venia del maltrato de su esposo el poderosisimo padre gael.
Mamá se para frente a la mesa, haciéndole señas a las personas del servicio para que empiecen a servir la cena mientras toma asiento junto a mi padre en la cabecera del gran comedor.
— Bien, vamos primeramente a darle las gracias a nuestro señor – dice Gael, el padre de la suprema iglesia y para mí el mayor pecador de Jackson.
— En unos días tendremos unas cuantas personas ocupando esas sillas vacías – comentó Gael señalando el espacio vacío en el comedor.
Miré a mi madre levantando una ceja, a lo cual ella negó, haciéndome saber que no sabía nada.
— ¿De qué está hablando, padre? – murmuró uno de los invitados.
El padre Gael soltó una risa que terminó en una tos seca, lo que lo hizo beber un poco de agua antes de contestar.
— La familia Peterson decidió unirse al consejo.
Un silencio incómodo se instaló en la sala. Los Peterson llevan años viviendo aquí y nunca les interesó la iglesia ni mantener cualquier clase de roce con nadie del pueblo.
Y eso cada día aumentaba más mi curiosidad por ellos, eran personas a las que no les importaban las críticas de los demás.
— Oh, creo que debí invitarlos a la cena mamá sonríe con incomodidad llevándose una mano al pecho.
La escudriñó con la mirada, sabiendo que no le importa el no haberlos invitado, ya que para Abigaíl los Peterson eran plagas al no congregarse.
— Ellos son personas de bendición para la iglesia; su donación es bien recibida por nuestro señor.
Gael levanta las manos hacia arriba y sonríe mostrando su hilera de dientes amarillos.
Miro hacia mi padre, quien levanta una ceja.
— ¿Cuántas libras donaron? — Preguntó mi padre, hablando por primera vez en el transcurso de la noche.
Mi padre no era un hombre muy hablador, era del tipo callado, pero que nada le pasaba desapercibido, tanto así que conocía cada uno de los secretos de Jackson y sabía mantenerse al margen mientras no afectara a la familia.