Sangre y otras obsesiones
Sara.
No matarás, dios no perdona a los que matan.
Diría que el cielo gris acompañaba mi estado de ánimo, tal vez sumándole las calles desoladas, habían pasado dos días del terrible asesinato de Freya roce que su alma descanse en paz.
Manteníamos las esperanzas de que se hallaría el culpable el sheriff y la agencia de policías estaban trabajado sin parar en busca de huellas o cualquier pista que podía llevar a cabo a encontrar el causante de tal desgracia.
Habíamos cooperado yo era una de la que estaba a completa disposición para cualquier interrogatorio lo cierto era que nada de lo que podía decir ayudaría.
Freya había acudido a mi casa un día antes de ese suceso, se encontraba un poco inquieta, recuerdo que me había contado algunos de sus problemas familiares. Había roto en llantos porque su padre estaba muy enfermo también me había agradecido el hecho de que estuviera hay para ella.
Pero después de ese día no la había visto en la universidad y tampoco la había visto en la iglesia.
La autopsia que habían revelado decía que murió a causa de asfixia y que la daga que estaba enterrada en su pecho lo hicieron post mortem algo que atemorizaba más a los habitantes.
Durante años en Jackson nunca había pasado ese tipo de sucesos, por ende era normal sentir miedo. Yo me había dedicado a escuchar la mayoría de conversaciones de mis padres.
Mi padre regreso horas después del suceso de la iglesia y se había mantenido en reuniones un tanto difíciles los fundadores no sabían qué hacer para aplacar el miedo de los habitantes la iglesia la habían cerrado temporalmente hasta que el sheriff creyera que era buen momento para volver a abrirla.
No fue una de las mejores ideas, los habitantes tenían miedo tanto así que después de cierta hora no salían de sus casas, temían lo peor y no los culpaba.
Habían visto el cuerpo de alguien caer inerte sobre un pulpito, sabían que alguien lo había hecho como convivirías sabiendo que podías estar hablando con un asesino, alguien que le había perdido el temor a nuestro dios.
Todos estábamos de luto, la universidad había dado una semana para recomponernos, las calles se volvían más silenciosas y mi curiosidad aumentaba.
Los últimos cuatro días me las había pasado mirando por la ventana de mi habitación, había algo en la familia vecina que llamaba mi atención más de lo que debería.
Janet y su esposo se habían mostrado solidarios con la familia afectada, se había expandido la noticia de que habían pagado los gastos médicos del padre de freya algo que los catalogaba como buenas personas.
Aun así tenían algo que no me convencían, o quizás solo era su hijo.
Había repetido la escena como si de un bucle se tratara y sabía que había algo en la sonrisa que Jaece me había dado en la iglesia, algo me decía que él sabía que aquello ocurriría lo que alimentaba mi curiosidad.
Será el asesino y si lo fuera porque lo había hecho.
Mire por la ventana el momento en el que Dalton y Dexter salían los dos estaban vestidos con ropa negra Dalton llevaba una libreta en las manos y Dexter parecía que discutía con él.
De que estarían hablando miraba a Dexter mover las manos con exasperación a lo que Dalton solo negaba con la cabeza. De un momento a otro su mirada se elevó hacia mi ventana y vi cuando Dalton alzaba una mano en señal de saludo.
Levante la mano y decidí alejarme de la ventana, parecía una cobarde.
Mire la pequeña cajita en mi mesita de noche y me acerque a esta la abrí y coloque dos pastillas en mi boca.
Alice mi vestido blanco, acomode mis guantes y Salí.
Cuando estaba bajando las escaleras escuche la voz de amelia y mi madre lo cual era raro. Amelia en presencia de mi madre siempre guardaba silencio era evidente que no se llevaban bien, pero trataban de disimularlo.
Cuando se sumó otra voz a la conversación detuve mis pasos.
— Nuestro dios se lo revelo en sueños — amelia soltó una risita como si de un cuento de hadas se trataba.
— Son la pareja perfecta todo Jackson lo sabe — ahora se escuchó la voz de mi madre.
Retome mi camino encontrando a mi madre con su habitual postura elegante sentada en el mueble de frente a ella y con una taza de lo que parecía ser te encontraba Jaece vestía un traje gris y su habitual cabello desordenado estaba peinado hacia atrás dándole un aspecto más arreglado.
Su mirada recayó en mí y sus ojos mostraban diversión, formo una sonrisa en sus labios y se puso de pie, se acercó a mí con pasos decididos tomo mi mano bajo un guante con lentitud y deposito un casto beso.
— Señorita james — susurro.
Su voz ronca me enviaba escalofríos a mi espina dorsal, respire su cercanía. Que bien olía a lavanda y menta, me gustaba aquello.
Pude comprobar su estatura tan cerca y efectivamente mi cabeza llegaba a sus hombros, sus ojos grises eran penetrantes tenia algo que me atraia.
— Sara — la voz de amelia hizo que volviera en sí.
Mire a Jaece quien mordía su labio con una mueca divertida. Se estaba burlando de mí.
Baje la cabeza en señal de saludo y camine hacia mi madre tome asiento viendo como Amelia se despedía, aún me parecía rara esta situación.
Jaece volvió a tomar asiento y su mirada recayó en mí como si estuviera evaluando mi reacción, toque mis guantes y mire a Abigaíl la cual movía su taza con suma elegancia.
— Había invitado a Janet a tomar el té, pero no pudo venir y en su lugar se presentó Jaece — anunció mi madre la cual le dedico una de sus sonrisas amables a Jaece.
— Que amable de tu parte — susurre mirándolo.
No sé por qué pensaba que jaece no era ese tipo de persona, no sé tal vez tenía una idea errónea hacia el tampoco sabia porque me encontraba a la defensiva él a mí no me había hecho nada.
— Abigaíl me contaba algunas cosas del pueblo, ha sido una charla amena — dijo me fijé que al sonreír se le formaban pequeños hoyuelos en la mejilla.