Iras a la iglesia en domingo.
Sara.
Ese momento en el que sabes que el mal gano. No existen las personas buenas, hay situaciones que te hacen ver la verdadera cara de la moneda.
Jackson no es un pueblo de bien, al contrario, necesitaban ser salvados, éramos hijos del pecado y pronto buscaríamos el perdón.
La iglesia, como todos los domingos, estaba llena de habitantes y como no si su miedo fue aplacado en el momento en que el gran sheriff moreno encontró una pista esencial para dar con el asesino de todas las víctimas de Jackson. Una huella, el sheriff pensaba que éramos estúpidos.
Pero no todo era lo que parece, a veces la verdadera enemiga de todos nosotros se encontró en nuestra mente y ¡ay de quien trate de luchar contra ella!
Me encontraba sentada al frente viendo al padre Gael dar su sermón sobre la avaricia, mientras mi mirada se enfocaba en Damián, quien estaba sentado cerca de mí, concentrado en lo que su padre decía.
Este era mi momento tomaré el control y atraeré más caos. De vez en cuando tienes que aprender a quitar caretas.
Toco mi vestido con nerviosismo mientras me pongo de pie interrumpiendo al padre para tomar el micrófono, lo mejor de todo es cuando te das cuenta de que puedes ser libre sin temor a que nadie te manipule.
—Perdonen mi atrevimiento —tomo un suspiro mientras agarro el micrófono con fuerza.
Todos están pendientes a mí a la espera de que diga algo que no sé si jugara en mi contra.
— Hace años nuestro señor dalias me unió en un lazo que pronto se convertiría en matrimonio con Damián Sanders — miro a Damián mientras continuo — pido perdón a nuestro señor porque he fallado, fui presa del pecado. Sé que no podrás perdonarme Damián, por eso estoy rompiendo nuestro compromiso —suelto el micrófono limpiando una lágrima imaginaria de mi mejilla.
Camino hacia la puerta ignorándolos a todos, no me importa que piensen total, sus pecados nunca serán limpios.
— Sara — detengo mis pasos cuando la escucho llamarme.
—Como te atreves — la furia está reflejada en su rostro mientras se acerca a mí con pasos rápidos.
Diana Sanders, la más callada y santa, siempre siendo dominada por su esposo. Tal parece que sacó las garras.
— Soy una pecadora, acaso quiere eso para su hijo — sonrío.
—Nunca te creí tu fachada de niña buena, siempre has sido una hipócrita — me evalúa de pies a cabeza mientras cada vez más se acerca a mí.
—Se siente reflejada en mi querida suegra, recuerdo haberla visto escabullirse como una vil ramera y todo para complacer sus bajos instintos.
La cara de Diana había perdido el color mientras me miraba, no sé tal vez temor.
“Le convendría sentir temor”
Poso mi mano en su mejilla mientras acomodo su cabello detrás de su oreja.
—No le dijeron que el adulterio es el pecado más atroz — pronuncio mientras retomo mi camino.
Sabes lo que son los escalones.
Son aquellos que te impulsan a subir de nivel cada día más, en mi caso de posición necesita poder y siendo la Sara buena nunca lo iba a conseguir.
Romper mi compromiso con Damián era como una especie de liberación, nunca lo amé y tampoco lo amaré.
Lo miro caminar con pasos lentos como si de un zombi se tratara mientras veía las lágrimas caer por su mejilla.
— Porque lo has hecho — miro su cara de tristeza sintiendo un gran dolor en mi pecho.
—Este compromiso fue más una obligación — pronunciado mientras él niega con la cabeza.
— No, fue una obligación, yo te amo Sara — se acerca a mí y yo retrocedo.
—Pero yo no te amo a ti —susurro lo suficiente alto para que me escuche.
Sus pasos se detuvieron mientras yo retomo mi camino.
Jackson seguirá ardiendo, todos pecamos y pronto seremos castigados, pero no se me puede culpar por simplemente tratar de escalar.
Abro la puerta de mi casa y subo la escalera hasta llegar a mi habitación.
Un poco asombrada miro la nota que esta vez se encuentra en mi cama, la tomo leyéndola con rapidez.
Recordar.
Es momento de recordar que Sara no puedes olvidar que eres la culpable. Ellos quisieron callar tus instintos, pero fue en vano porque ha llegado la hora de que ella despierte.
Recuerda aquella niña que transportó de callar aquellas voces en su cabeza que la inducían a hacer cosas malas. Resulta que entrego su corazón a la persona menos indicada.
Miro mi reflejo en gran espejo, mis ojos se ven más oscuro mientras una sonrisa siniestra aparece en mi rostro, tal parece que estoy viendo una persona totalmente distinta. Pero soy, yo toco el espejo con manos temblorosas mientras un fuerte dolor de cabeza hace que lleve las manos a esta recordando aquel momento.
Una gran sonrisa surcó sus labios, mientras su mano ensangrentada tocaba mi rostro.
—Creo que a los lobos nos atrae las ovejas — susurra.
Soy yo acabo de verme junto a un trato de cerrar los ojos para ver si visualizó su rostro, pero me resulta imposible. ¿Quién era él?
El fuerte dolor de cabeza hace que sienta como si está fuera a explotar y en ese momento ellos hicieron acto de presencia.
Viven conmigo, son parte de mí, ellas nunca me dejarán jalo mi cabello con fuerza mientras niego con la cabeza sintiendo como si callera a un pozo oscuro y sin salida.
Miro mi reflejo notando esa mirada perdida.
— He regresado, Sara —niego con las lágrimas bajando por mis mejillas.
No podía hacer nada, ellas eran parte de mí, por años él trató de callarlas porque ellas no son buenas, me incitan a derramar sangre.
Les atrae la muerte.